Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.

sábado, 18 de noviembre de 2017

Wikipedia confabula contra Arreola

… venero a los que mediante la palabra
han manifestado el espíritu,
desde Isaías a Franz Kafka.
Juan José Arreola


Agazapada en una aparente cotidianeidad doméstica, Elinor llevaba varios meses deseando enviudar y escribiendo un mismo cuento: el de un hombre que, al tiempo que estudiaba Abogacía, se iba convirtiendo paulatinamente en un rinoceronte, sin percatarse de que durante el lance literario algo le estaba ocurriendo a ella misma, hasta que una mañana, tras un sueño intranquilo, la susodicha señora Elinor, esposa del juez Joshua McBride, se despertó convertida en Juan José Arreola.


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En mercadolibre.com se ofrece un ejemplar de la edición príncipe de Confabulario; cuesta 2,500 pesos. Se trata de uno de los dos mil libritos que tuvo aquel tiraje, salido de la imprenta el 30 de agosto de 1952. El libro apareció como el segundo título de la colección Letras Mexicanas del Fondo de Cultura Económica, editorial fundada en 1934 por Daniel Cosío Villegas, y entonces ya dirigida sapientísimamente por Arnaldo Orfila. Su autor, oriundo de Zapotlán el Grande, Jalisco (Ciudad Guzmán), era un joven —entonces tenía treinta años— excéntrico, Juan José Arreola Zuñiga (1918-2001). Había llegado por vez primera a la Ciudad de México en 1937, con una exigua fortuna —“para poder hacer el viaje vendí mi único patrimonio: la máquina de escribir Oliver que me regaló mi padre cuando cumplí catorce años y la escopeta de retrocarga calibre 24 que le compré a Daniel Zúñiga. Después de pagar el boleto me sobraron trece pesos, que es todo lo que tengo para llegar a México”—, pero dueño de una férrea voluntad —discurriendo de puerta en puerta, pronto se convirtió en vendedor estrella de sandalias— y de una cultura tan dilatada para su propia biografía que, seguramente, en ocasiones le resultó estorbosa. 



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Entre quienes leen sin tomarse la molestia de acudir jamás a un diccionario, cunde la creencia de que un prosista mexicano del siglo pasado, erudito y afecto a los bestiarios, fue quien acuñó la palabra migala. El error se extiende, toda vez que la Referencia de Referencias de hoy día, Wikipedia, dispone en español una entrada para La migala —nótese el artículo singular femenino, por favor—, y ninguno para el vocablo migala… ¿Quiere ello decir que la enciclopedia en línea por antonomasia —la palabra Wikipedia prácticamente ha convertido enciclopedia en un anacronismo— se ha olvidado del bicho o que sencillamente no existe? Ni lo un ni lo otro. En el texto alusivo a La migala —“… un relato breve del escritor mexicano Juan José Arreola… Este cuento forma parte de la obra titulada Confabulario, publicada en 1952…”—, el lector responsable encontrará el hipertexto con el vínculo para enterarse de que la dichosa migala es una tarántula de patas rosadas (Avicularia avicularia). La falsa idea de que el jalisciense se sacó a la migala de la tatema también se extiende entre los lectores que, antes o después, además de Arreola, han leído a Kafka, y establecen excesivos paralelismos entre el Odradek y la migala.


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El primero de la colección Letras Mexicanas del FCE —en la que a la fecha se han publicado ya más de medio millar de títulos— fue Obra poética de Alfonso Reyes (1889-1959); Confabulario fue el segundo. Seguirían el poemario El nuevo Narciso, de Enrique González Martínez (1871-1952), y la antología de cuentos El diosero, de Francisco Rojas González (1903-1951). 


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En 1919, el editor alemán Kurt Wolff publicó Ein Landarzt (El médico rural), de Franz Kafka (1883-1924). En “Preocupaciones de un padre de familia”, uno de los catorce relatos que componen el libro, el praguense revela los primerísimos informes de que disponemos acerca del Odradek. Casi nada aporta acerca del origen y significado etimológico del vocablo, pero la descripción física del Odradek, aunque pequeña —menos de cien palabras en su traducción al español—, ha dado para que una legión de sociólogos, filólogos, filósofos y hasta esotéricos variopintos hayan escrito miles de páginas intentando descifrar la criatura. Sabemos que es un ser animado —“es muy movedizo y no se deja atrapar”—, parlante y —lo que a mí me parece francamente espeluznante— que posee la facultad de reír. ¿Es pernicioso? La última oración del cuento de Kafka responde: “No parece que haga mal a nadie; pero casi me resulta dolorosa la idea de que me pueda sobrevivir”.


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En 1952, Arreola ya era un autor publicado: también bajo el sello del Fondo, pero en su colección Tezontle, había debutado con Varia invención (1949). En su edición príncipe, Confabulario incluía veinte cuentos. Los tres primeros: “En verdad os digo”, “El rinoceronte” (“Durante diez años luché con un rinoceronte; soy la esposa divorciada del juez McBride.”) y uno que al paso de los años se ido afianzando reputación canónica, “El guardagujas”. En el volumen Narrativa completa editado por Penguin Random House (2016), Confabulario se integra por veintinueve narraciones; la selección de textos y su orden corresponden a la edición definitiva del libro que, varios años atrás, hizo el propio Arreola y Joaquín Diez-Canedo para el volumen de sus Obras publicado por Joaquín Mortiz; en ella, entre “El rinoceronte” y “El guardagujas”, aparece “La migala”. 


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Salta a la vista que el cuento de Arreola es dantesco. Su narrador, quien no deja de pensar en Beatriz, transita por noches infernales “en espera de la picadura mortal” de la migala. Por eso, resulta chabacano que Wikipedia nos venga a informar que una migala, en realidad “es de carácter tímido y huidizo, por lo que no suele mostrarse agresiva, aunque si se siente amenazada puede llegar a lanzar sus propios excrementos para defenderse. Es usado como animal doméstico”.




miércoles, 15 de noviembre de 2017

Receta casera

Por ahora creo que la primera edición de “Receta casera” ocurrió en 1971, cuando se incluye en la sección “Variaciones sintácticas” de Palindroma (Joaquín Mortiz). Es decir, hablamos de hace 46 años, los mismos que tiene la novela Mundo macho del novelista catalán Terenci Moix. Probablemente tengo razón. Quiero pensar, en todo caso, que Juan José Arreola publicó el texto —una varia invención— antes de 1975, Año Internacional de la Mujer, cuando se la ONU organizó aquí en México la I Conferencia Mundial de la Mujer. De lo que podemos estar ciertos es de que hoy varias instituciones del Estado mexicano —el Inmujeres y el Conapred en primera fila, supongo— pegarían el grito en el cielo patrio si alguien se atreviera a publicar un texto como el aludido. “Eran otros tiempos”, como en estos días anda tan socorrido argumentar. Como sea, la incorrección política —incluso moral, dirían algunas personas— es tan indiscutible como su excelencia literaria.

Si no lo has leído, échatelo: “Receta casera”, de Juan José Arreola.

sábado, 11 de noviembre de 2017

Dirección conocida

La gente siempre, en todas las épocas,
ha estado aterrorizada por el presente.
Marshall McLuhan, intervención en Our World (1967).


La globalidad en tiempo real fue inaugurada hace medio siglo, en blanco y negro: el 25 de junio de 1967 se difundió Our World, el primer programa de televisión transmitido en vivo vía satélite a los cinco continentes. Participaron catorce países: ocho europeos, tres americanos —incluido México—, Australia, Japón y, de África, Túnez. Desgraciadamente, uno de los dos polos ideológicos de aquel mundo quedó fuera: la URSS y cuatro países más del bloque del Este decidieron no involucrarse en el evento, en protesta por la Guerra de los Seis Días, librada a principios de aquel mes entre Israel y la coalición árabe formada por Egipto, Jordania, Irak y Siria. Con todo, la emisión se llevó a cabo; el primer segmento, una entrevista al teórico Marshall McLuhan, se transmitió desde Toronto, y uno poco más de dos horas después, para el cierre, desde Londres, los Beatles estrenaron All you need is love.
Aunque la canción se acredita como obra del dúo Lennon&MacCarney, se sabe que fue John quien escribió la letra… Uno de sus versos dice: There's nowhere you can be that isn't where you're meant to be…, lo que podríamos traducir como sigue: No hay ningún lugar donde puedas estar que no esté en donde estás destinado a estar.

Dirección es destino. Si nos desentendemos de los pormenores, en la inmensa mayoría de las biografías es posible trazar una línea recta que va del nacimiento al deceso de las personas. La fatalidad se encuentra no en la meta sino en el camino: la ruta destina. Incluso, en la medida en la que se pueda caracterizar el punto de origen, es factible prever el rumbo que tomará una vida. Por eso casi todos resultamos lamentablemente predecibles. Por eso las grandes novelas suelen pender de los pequeños detalles. Por eso una historia resulta interesante cuando la ruta prevista a partir de las circunstancias presenta virajes. Aventura es peripecia, cambio de suerte, giro… El camino más aburrido entre dos puntos es la línea recta.

Prácticamente no sabemos nada de la aplastante mayoría de hombres y mujeres que vivieron antes que nosotros; por ejemplo, hoy por hoy, casi nadie sabe nada de sus tatarabuelos. En contadísimas excepciones, tenemos noticias de la vida de algunas personas por lo que otra gente contó. Sócrates sería un botón de muestra, porque lo que sabemos de él se lo debemos a un puñado de coetáneos suyos, pero sobre todo a uno solo, su pupilo Platón, al grado que no resulta excesivo decir que Sócrates es hoy más un personaje platónico que un personaje histórico. En el extremo opuesto, hay otros, incluso en menor cuantía, de quienes conocemos su historia sólo por sí mismos… Verbigracia, Yosef ben Matityahu, quien nació en Judea cuatro años después de que Jesús de Nazaret fuera crucificado en el Gólgota. Sabemos de esto y más porque él mismo escribió Vita, para algunos, la primera autobiografía de la Antigüedad, en la que consignó que su llegada al mundo sucedió en el seno de una familia de sacerdotes, “en el primer año del reinado de Gayo Calígula” —esto es en el 37 d. C.—. ¿Qué personaje se ajustará más a la realidad? ¿Sócrates de quien sabemos solamente por otros, o Yosef ben Matityahu? “Los testimonios de que disponemos para reconstruir su biografía se hallan casi exclusivamente en su obras, de modo que nuestros conocimientos sobre su vida, por una parte, responden con garantías a la verdad, al proceder de una fuente fidedigna; pero, por otra, a veces adolecen de la parcialidad al ser ofrecidas por el propio protagonista, sin contraste de opiniones y datos objetivos” (Joaquín González Echegaray, Flavio Josefo. Salamanca, 2012). 

Yosef ben Matityahu participó en la Gran Revuelta Judía (66-73 d. C.), como comandante en jefe en Galilea. Cuenta en Vita que intervino a regañadientes y sabiendas de que era una estupidez ofrecer resistencia al imperialismo romano, de tal suerte que más bien intentó pacificar a los alzados judíos. Sin embargo, en su libro de historia La guerra de los judíos dice que fortificó la ciudad, que preparó a su pueblo para pelear y que su intervención fue enjundiosa. ¿A quién debemos creerle, a él o a él mismo? Como haya sido, en el 67 fue capturado por los legionarios y llevado a juicio ante el general Tito Flavio Vespasiano, y ahí su destino torció el rumbo y no dio el paso previsible a la muerte: resulta que Yosef congenió con el romano, a quien predijo que aplastaría el levantamiento judío y que se convertiría en emperador… En efecto, dos años después, en diciembre del 69, Vespasiano sería declarado emperador de Roma. ¿Se cumplió el vaticinio del judío fariseo o su designio proyectó las acciones del militar? A Vespasiano el poder no le cayó del cielo, tuvo que pelear aguerridamente contra los ejércitos fieles al emperador Vitelio. Pero triunfó y se convirtió en Imperator Caesar Augustus. Ese mismo año liberó Yosef ben Matityahu y le cambió de nombre: Titus Flavius Iosephus, quien en adelante haría vida en el ombligo del mundo civilizado, Roma, siempre cerca de los poderosos. Culto y prestigiado, se dedicó a escribir historiografía. Parte de su obra, como la de sus colegas Tácito, Suetonio y Plinio el Viejo, también sufragados por el emperador, se ocupó de probar que Vespasiano estaba predestinado a ser un gran emperador de Roma. Porque esa es una de las funciones de narrar lo sucedido: convencernos de que no hay ningún lugar donde puedas estar que no esté en donde estás destinado a estar. 

sábado, 4 de noviembre de 2017

Cacomixtle

The proper definition of a man is
an animal that writes letters.
Lewis Carroll


Es imperdonable que Juan José Arreola no haya incluido al cacomixtle en su Bestiario. El hombre debió de haberse topado con estos bichos cientos de ocasiones; consideren sus condicionantes de arranque. En cuanto al sitio, el más cosmopolita de nuestros grandes prosistas nació en un pueblote, en efecto superlativo, pero todavía bien afincado en la ruralidad: Yo, señores, soy de Zapotlán el Grande. Un pueblo que de tan grande nos lo hicieron Ciudad Guzmán hace cien años. Pero nosotros seguimos siendo tan pueblo que todavía le decimos Zapotlán… —escribió él mismo—. Es un valle redondo de maíz, un circo de montañas sin más adorno que su buen temperamento, un cielo azul y una laguna que viene y se va como un delgado sueño. Y en cuanto al tiempo, el último juglar mexicano llegó al mundo rayando el siglo XX: Nací el año de 1918, en el estrago de la gripa española, día de San Mateo Evangelista y Santa Ifigenia Virgen, entre pollos, puercos, chivos, guajolotes, vacas, burros y caballos. Traigo a colación estas palabras suyas para subrayar el hecho de que el maestro Arreola tuvo una conciencia histórica sólida, en la que incluía su contexto fáunico. Sin embargo, a la hora de confeccionar su Bestiario, no atendió a la biota de su propio hábitat.
Tengo en mis manos la edición de marzo de 1958 de la Revista de la Universidad de México; en sus páginas 6 y 7, “Punta de plata”, cuatro viñetas de Héctor Xavier y sendos textos de Juan José Arreola, en conjunto, primera piedra del colosal monumento literario que a la postre sería su librito Bestiario: “Las focas”, “La hiena”, “El hipopótamo” y “El rinoceronte”. El artículo incluía una nota introductoria en la que el payo jalisciense —como se autodenominó durante la famosa entrevista con Emmanuel Carballo (Protagonistas de la literatura mexicana)— desembucha la raíz fenomenológica tanto de sus apuntes como de los dibujos: proceden directamente del natural, y las reflexiones que los informan tienen el mismo lugar de origen: Parque Zoológico de Chapultepec. Así se explican en ellos algunos rasgos de la más pura obscenidad y, el aroma persistente del estiércol salvaje. Luego, ya en la edición canónica de Bestiario, incorporaría noticias sobre 19 animales más: el sapo, el bisonte, aves de rapiña, el avestruz, el carabao, felinos, el búho, el oso, el elefante, topos, camélidos, la boa, la cebra, la jirafa..., en fin, pero del cacomixtle ni media palabra, ¡caray! ¡Una, pena, Juan José!: se te fue vivo el pequeño prociónido, y tú te nos fuiste muerto sin decir nada de este omnívoro de mastodonte potencial poético…

Por principio, el nombre: tal como podríamos proferir refiriéndonos a tlacuache —nahualismo de tlacuatzin, un marsupial marmosa—, cacomixtle es palabra que designa a un ser que ya existía en Mesoamérica antes de la llegada de los españoles. El Diccionario de la lengua española de la RAE establece que el vocablo proviene del náhuatl claco/tlaco 'medio' y miztli 'león'. De ahí habrá que derivar que la bestia es no un león de medio pelo, sino un medio león… Podríamos dejar aquí la acotación etimológica, pero cómo indultar la pifia histórico-zoológica de la RAE: ¿cómo pudo el náhuatl haber consagrado una palabra para león, si en materia de grandes felinos por estos lares no pasábamos de jaguares, ocelotes y pumas…? Peccata minuta…, medio-gatote, que no medio-león, hay que partir de la hipótesis de que el cacomixtle, siendo una fiera mediocre, es bipolar. Resulta difícil creer que se salven de este trastorno los ejemplares que sobreviven en los lugares del país en donde la gente los conoce con otros nombres —goyo, güilo y siete rayas—. Ocurre que su lamentable definición sin fronteras no sólo es nominal: el pobre cacomixtle —aunque no hay uno, sino dos: el norteño (Bassariscus astutus) y el cacomixtle a secas (Bassariscus sumichrasti)— seguramente sufre un fuerte un conflicto de identidad. Encuentro que los gringos, tan zopencos a la hora de pronunciar mexicanismos, al cacomixtle le llaman ring-tailed cat, gato de cola anillada, y lo describen tomando cachos de aquí y allá: a cat-sized carnivore resembling a small fox with a long raccoon-like tail… (Laboratorio de Investigación de Ciencias Naturales del Museo de la Universidad Tecnológica de Texas) Gato, zorro, mapache… Y, claro, no faltan quienes le ven pinta de tejón, aunque el error más frecuente es confundirlos con zarigüeyas, lo cual ya es inexcusable; es como decir que la carne de iguana o de víbora o cualquiera que no sea de res sabe a pollo. Otro misterio del cacomixtle: emite una gran variedad de sonidos, incluso cliqueos, ladridos y chirridos… O sea, ¿el cacomixtle chirriladra? No me parece exagerado decir que el cacomixtle existe como para gastarse fortunas en análisis freudiano y darwiniano… Esto manifestaba yo hace poco, lo cual mi buen amigo Pepe Limón apostilló: Al caminar proyecta una confusión. Debate de sombras ante el dilema evolutivo del yo definitivo. La extinción le negó la heráldica de león… 

Arreola no solamente debió de haber visto en Jalisco varios cacomixtles; en la Ciudad de México, a la que llegó a residir en 1936, había y hay todavía muchos. Son parte de la fauna local, no exótica, sino nativa. El cacomixtle es tan chilango como una torta de chilaquiles, y su exotismo, que lo tiene, no es por prodecencia; se trata más bien de una extravagancia, como la del ocapí —esa jirafa que se achaparró para robarle las ancas a una cebra— o del ornitorrinco —un mamífero venenoso que pone huevos—, por indefinición.

sábado, 28 de octubre de 2017

Fantasmas

Nadie quiere ser parte de una ficción,
y menos aún si esa ficción es real.
Paul Auster, La habitación cerrada.


Es jueves. Aunque un fragor eléctrico amenaza, no está lloviendo. Es posible que hayan pasado algunos cuantos minutos después de las siete de la tarde… El frío prematuro que lengüetea desde el lunes la ciudad ahora, engorroso, arrecia un poco más: no tarda en caer la noche. Sin haber acordado nada previamente, O y Ye se encuentran en la entrada del mismo café en el que justo hace dos semanas se habían reunido. Se topan uno a otro frente a la puerta de vidrio: “Empuje”. Por descontado, ninguno muestra mayor sorpresa…, ni siquiera intercambian un saludo formal; sus gesticulaciones no pasan de un veloz reconocimiento y un esbozo de sonrisa. Uno de ellos empuja, abre y cede el paso al otro… Se forman detrás de un par de mujeres, vestidas en forma casi idéntica: un outfit compuesto de overol de gabardina color caqui y blusas holgadas, una azul y la otra negra.

— Azul y Negro…, ¿recuerdas?

— ¿Dos colores…? ¿La mar y la noche? ¿El Danubio y el Corsario?

— No. Recuerda Fantasmas de Auster.

— Ya: el protagonista y el antagonista de la novela, ¿o al revés?

— No, así como dices: Azul es quien, contratado por Blanco, tiene que vigilar todo el tiempo a Negro.

— ¿Qué van a querer hoy, chicos? –les pregunta el joven que atiende en la caja, desde una alegría absolutamente imposible.

Los dos han llegado al medio siglo y resienten aquel “chicos” como patada de mula en el hígado, pero aguantan y callan. Gente de rutinas y gustos fijos, ordenan:

— Expreso americano, venti –pide Ye.

— Igual –dice O.

Pagan y, mientras esperan sus bebidas, comienzan a conversar:

— Entonces, ¿te seguiste de largo con las otras dos?

— Sí…, en realidad son tres novelas distintas y un solo retablo verdadero. 

— Pero son tres libros.

— Bueno, no.

— ¿No?

Entonces viene una exposición que podría sintetizarse como sigue: la editorial catalana Libros del Zorro Rojo puso en circulación en noviembre de 2015, en un solo volumen, la Trilogía de Nueva York de Paul Auster (Newark, New Jersey; 1947). 

— Una edición espléndida.

El libro se editó a partir de la traducción al español de Maribel de Juan, inicialmente realizada para Anagrama. Como se sabe, la antología se integra por Ciudad de cristal, Fantasmas y La habitación cerrada, novelas publicadas originalmente de 1985 a 1987 por el sello inglés Faber & Faber. Fernando Diego García, cabecilla de Libros del Zorro Rojo, consiguió un objeto bello, conservable…



— Lo mismo logra con casi todas sus producciones.

— Envidiable, de veras. La edición incluye trece ilustraciones a todo color de Tim Burns.

— Novelas negras con ilustraciones a todo color. 

— ¿Novela negra? Bueno, sí, en las tres cunde la intriga y en cada una de ellas el trabajo de un detective aparece en primer plano. Aunque también podríamos afirmar que son novelas de especulación.

— ¿Filosófica?

— Por ahí el propio Auster recuerda que especular viene del latín speculatus, es decir, espejo. Especular es también espejearse uno mismo.

— Ciertamente, como Azul, quien mientras espía a Negro desde la habitación del edificio de enfrente está sobre todo al acecho de sí mismo.

— Ahora que lo mencionas, caigo en la cuenta de que Fantasmas debió de titularse La habitación cerrada

— ¡Y viceversa! En La habitación cerrada, Paul Auster narra detalladamente cómo la persecución de un fantasma, Fanshawe, convierte en un ser fantasmagórico al protagonista de la novela.

— Y ya puestos a cambiarles el nombre, Ciudad de cristal debió ser Ciudad de espejos. Las tres son novelas que especulan sobre la identidad de las personas, la identidad reflejada en los otros.

— Y también sobre la escritura: novelas de detectives y de escritores…: de escritores involucrados en aventuras detectivescas y de detectives que escriben. Thrillers de narradores. En Fantasmas, Azul vigila a Negro y escribe informes para Blanco.

— Y en La habitación cerrada, Fanshawe se convierte en un escritor de enorme éxito cuando, después de su desaparición, su amigo de infancia, el narrador de la novela, decide publicar sus manuscritos…

— Un narrador protagonista anónimo, por cierto.

— Durante alguna de las charlas que Azul y Negro sostienen…

— El detective disfrazado, ¿cierto?

— Sí…, Negro, quien también es escritor, hablando de Nathaniel Hawthorne, el novelista gringo del XIX…

— Espera…

— …

— ¿No escribió Hawthorne una novela que se llama Fanshawe?

— Sí, su primera novela, aunque no la publicó con su nombre.

— De ahí sacó entonces Auster el nombre del personaje.

— Seguro… Te decía: Negro afirma que un escritor, en cierto modo, no tiene vida propia mientras se esfuerza en escribir historias que doten de sentido la vida de sus personajes.

— En la literatura las vidas tienen sentido, deben tenerlo…; acá, en la vida real, no.

— Una idea constante en la Trilogía de Nueva York: naces, mueres, y todo lo que ocurre en medio no tiene ningún sentido.

— Y el narrador de La habitación cerrada aporta varios ejemplos: vidas de gente de carne y hueso en las que resulta palmario la ausencia total de sentido…

— Oye, ¿pero serán realmente las vidas de gente de verdad… o inventos de Paul Auster para fundamentar su arenga? Ojo: en Ciudad de cristal, Peter Stillman se inventa vida y obra de un fantasma: urde la existencia de Henry Dark y lo hace pasar como un personaje histórico.

— Henry Dark…, Negro en Fantasmas.

— Y en La habitación cerrada, Fanshawe, para ocultarse del narrador, se hace llamar Henry Dark.

— ¡Es verdad! Tiene sentido…

— O el sin sentido que quiere demostrar Auster.

— ¿Y lo consigue?

— …

— …

— ¿Nos vamos?

— Nos vamos.

sábado, 21 de octubre de 2017

Cuenca de tiempo

“Tenochtitlán” se localiza 28 kilómetros al sureste del Zócalo… Vayamos…


Supongamos estás en la esquina de Pino Suárez y Corregidora, el vértice sur levante de la Plaza de la Constitución. Frente a ti, del otro lado de la enorme plancha —22 mil metros cuadrados de concreto hidráulico estrenados en agosto—, puedes admirar la vetusta Catedral Metropolitana de la Ciudad de México, y a tu derecha una construcción aun más vieja, las Casas Nuevas de Cortés, hoy Palacio Nacional. El reloj acaba de marcar las diez de la mañana. Justo ahora, dale la espalda al Zócalo y comienza a andar por Pino Suárez. Metros más adelante vas pasar junto a la escultura conmemorativa de la fundación de México-Tenochtitlán:
cinco mexicas —tres hombres, una mujer y un escuincle— miran la señal prometida por Huitzilopochtli: sobre un nopal, un águila devora una serpiente. Avanza hasta Venustiano Carranza y ahí a la derecha… Tu trayecto apenas inicia: con mucha suerte —de que no te pierdas, de no te llueva a cántaros, de que no te asalten, de que no te atropellen…— te llevará unas seis horas de caminata llegar a tu destino, la mayor parte de la cual la transitarás por la calzada Zaragoza. En el cruce con Ermita-Iztapalapa vas a salir del territorio de la capital del país para entrar al temible Estado de México. Toma la carretera Federal 190 México-Puebla…
Diez kilómetros más adelante, unos metros antes de llegar al sitio arqueológico de Tlalpizáhuac, da vuelta a la derecha en Ley 6 de enero, calle por la que deberás llegar hasta Hidalgo, para seguir por esa avenida —luego cambia de nombre a Prolongación Agricultores—, siempre con rumbo sur, hasta Xico. Otra vez dobla a la derecha y dos cuadras más abajo camina hacia el oriente por Campesinos, calle que pasos más adelante cambia a Quintín González, enseguida a Pioquinto González y, después a Begonia. Estás cerca: llegando al entronque con Gardenia anda a la izquierda para continuar por Betunia: a media cuadra, en la acera norte, verás el portón de la Escuela Secundaria Técnica 115 “Tenochtitlán”.



Estamos en el municipio mexiquense de Ixtapaluca, en la ladera occidental de un pequeño cerro, El Elefante. Tal topónimo debieron de habérselo puesto hace poco —en América, paquidermos sencillamente no había—; de hecho, en cartografía elaborada a principios del siglo XX encuentro que la prominencia todavía era llamada Tlapacoyan —hoy sin n—.
Medio siglo atrás, un mapita de 1859 muestra como los lagos de Xochimilco y Chalco entonces seguían conectados, y el agua llegaba hasta Tlapacoya. La superficie que hay entre lo poquito que queda del lago de Chalco y El Elefante la ocupa hoy un denso y lastimero caserío, Valle de Chalco Solidaridad, una inundación extrema de pobreza. 
Partiendo de la EST “Tenochtitlán”, emprendamos camino hacia el este… Medio kilómetro de ascenso para alcanzar el lomo norte de El Elefante. La cumbre ofrece una panorámica vespertina de la cuenca: hacia oriente, podemos contemplar la muralla volcánica de la Sierra Nevada —el Telapón, el Tláloc, el Iztaccíhuatl y el Popocatépetl—; hacia el sur, los confines de la Zona Metropolitana del Valle de México; hacia el occidente, el apelmazado tapete citadino tendido sobre Chalco y Xochimilco, con la Sierra de Santa Catarina al fondo, y hacia el norte la conurbación de Ixtapaluca trepando imparable el cerro El Pino… Bajando por la ladera opuesta vas a encontrar la zona arqueológica de Tlapacoya —el acceso está sobre Cerrada del Silencio—, en la que es posible apreciar los restos de un basamento piramidal de un edificio ceremonial que data del Preclásico Superior, contemporáneo a Cuicuilco. Vestigios ciertamente notables, pero hay más…

El cerro de Tlapacoya, entonces una isla, fue uno de los escenarios en los que algunos grupos humanos debutaron en América; el entorno lacustre les permitió una vida semisedentaria basada en sistemas de manutención preagrarios. “Durante el Pleistoceno Tardío, la cuenca de México contenía un extenso y poco profundo lago que proveía de atractivos recursos a los primeros ocupantes humanos”. De acuerdo con recientes estudios (Gonzalez, Silvia et al. “Earliest humans in the Americas: new evidence from Mexico”. Journal of human evolution #44, 2003), dataciones mediante determinaciones de radiocarbono directo (AMS) demuestran que el cráneo humano encontrado en Tlapacoya en 1968 —descubierto accidentalmente cuando se construía un camino— es uno de los dos rastros humanos más antiguos de toda el continente, con una antigüedad de 10,200 años —el otro corresponde a un cráneo hallado en el cerro del Peñón, también en la cuenca de México, unos 300 años más antiguo—.
No es casual entonces que de este sitio, tan cerca de la “Tenochtitlán” y no tan lejos de la Gran Tenochtitlán, provenga el más arcaico objeto de cerámica encontrado en toda la cuenca de México, la llamada figurilla de Zohapilco, realizada alrededor del 2300 a. C. Se trata de la representación de una mujer, “notable por su especificidad estilística”, de 5.2 centímetros de alto. “El análisis petrográfico y mineralógico… permite colegir que la figurilla fue fabricada en Tlapacoya mismo” (Christine Niederberg, Zohapilco. INAH, 1976).

Saliendo de la zona arqueológica, encuentro un panteón, un buen sitio para descansar un rato mientras oscurece y hacer un poco de aritmética mental… La distancia temporal entre la EST 115 “Tenochtitlán”, erigida en terrenos ejidales en 1986, y la fundación de la gran Tenochtitlán es de apenas 661 años. La distancia entre el arribo de los primeros grupos humanos a la cuenca de México y el inicio de la producción cerámica es de más de 5,800 años.

Leo en la placa de una de las tumbas que la mujer ahí enterrada falleció justo el mismo año en que yo nací, a la edad de 52.

sábado, 14 de octubre de 2017

Ciudad de cristal

Impuntuales, los dos llegaron al mismo tiempo. Si alguno de ellos hubiera consultado su celular —ninguno usa reloj— habría advertido que estaban presentándose cuarenta y dos minutos después de la hora acordada. La coyuntura resulta anómala ya que ambos son gente reputada como formal y respetuosa de las agendas, la propia y las de los demás. Más raro aun, nadie ofreció disculpas. Enseguida de un saludo raudo y sobrio, entraron juntos a la cafetería. No había nadie haciendo fila. Embetunado de una amabilidad ramplona que rayaba en la grosería, un sonriente efebo les dio la bienvenida.

— ¿Qué van a tomar, amigos?

Al menos no los llamó chicos. Ye pidió un expreso americano.

— ¿Tamaño?

— Grande…, es decir, venti.

— Igual para mí –dijo O.

Cada quien pagó su consumo. Sin hablar, aguardaron sus bebidas en la barra. Luego otearon por un lugar en donde sentarse… Nada, el sito estaba atestado.

— ¿Afuera?

— Afuera.

O y Ye salieron para instalarse en la única mesa desocupada. Tragos a sus sendos vasos desechables… Dejaron pasar un par de minutos, tal vez para aclimatarse al fatigado fragor que la gente acomodada en el resto de las mesas provocaba, una estridencia más bien apagada, sin risas, interrumpida constantemente por esquirlas de silencio… La tristeza sigue instalada en la ciudad, pudo pensar cualquiera de ellos. O también: mucha gente sigue con el ánimo agrietado, sin resanar…

— ¡…! —suspiró alguno de ellos, quizá ambos. 

— El terremoto del 19 de septiembre…

— ¿Cuál?

— ¿Cómo que cuál? Pues el que ocurrió aquí, en la Ciudad de México.

— Sí, pero a cuál te refieres…, ¿al temblor o al sismo?

— ¿…?

— Al mañanero del 19 de septiembre todo mundo le llama temblor, y al que sucedió 32 años después, exactamente el mismo día, pero a las 13:14 horas, le llamamos sismo.

— Ya… El temblor de 1985. El sismo de 2017.

— Ajá.

— Ok. Entonces me refiero al sismo…

— Te refieres pues al del martes de hace dos semanas, no al del jueves de finales del siglo pasado.

— Sí. El sismo del martes 19 de septiembre de 2017 me sorprendió mientras leía una novela de Paul Auster –en sincronizado movimiento, los dos levantan su café y beben. Por la cabeza de uno y otro pasa un pensamiento fugaz: ¡’uta, qué fuerte estuvo!

— …

— …

— ¿Qué novela de Auster? ¿La nueva? 1234 se llama, ¿no?

— No, 4321. Pero no, la nueva no, más bien la más vieja, la primera…

— ¿La más vieja? The Invention of Solitude, de 1982.

— Esa es su primera obra narrativa…, pero no es una novela, es un libro autobiográfico.


— Entonces Squeeze Play. Ésa sí es novela y también fue publicada en 1982.

— Correcto: es novela, y previa a la que estaba yo leyendo cuando empezó a temblar…, pero considera que no la firma Paul Auster, sino…

— Bueno, sí: Paul Benjamin, un sobrenombre, un pseudónimo… De acuerdo, entonces… Déjame pensar… ¡Ya: qué inapropiado resulta que el 19 de septiembre te haya pillado en la Ciudad de México leyendo City of Glass!


— Así fue… Ciudad de cristal

— ¿Pero ya la habías leído, no?

— Pues yo creía que sí.

— ¿…?

— Es que la traía confundida con The Brooklyn Follies.

— Esa es mucho más reciente: 2005.

— Y Ciudad de cristal es la primera novela de La trilogía de Nueva York.

— Ojo: la primera edición es de 1985.

— Sí, pero preferiría no subrayar eso…

— Ok, a un lado cualquier coincidencia telúrica… Entonces nos quedamos en que es la primera novela que Paul Auster firmó como Paul Auster…

— Y en la que aparece un personaje que se llama, precisamente, Paul Auster.

— Bueno, en estricto sentido, no. Recuerdo que en la novela hay dos personajes que se llaman Paul Auster: un detective, que nunca aparece...

— Claro…, el detective y el escritor.

— ¿El escritor que se hace pasar por el detective?

— No, no, no… Está Paul Auster, el detective al que buscan por teléfono; Paul Auster, el escritor, y además otro escritor, Daniel Quinn…

— Ya recuerdo: Quinn es otro escritor, el protagonista de la novela, el que se hace pasar por Paul Auster, el investigador privado.

— En efecto: Quinn, aunque sus libros no los firmaba con su verdadero nombre, sino como William Wilson.

— Novelas de misterio, ¿no? 

— Sí, protagonizadas por su detective narrador, un tal Max Work.

— A ver…, Quinn se hacía pasar por William Wilson para escribir novelas en las que, en primera persona, Max Work relata sus aventuras. 

— O Wilson poseía a Quinn para que escribiera como si fuera Work.

— También, aunque Wilson termina siendo el menos real: más allá del pen name, era una especie de médium para que Quinn conectara con Work.

— Claro, Quinn es el verdadero escritor.

— ¿Verdadero? Quinn es un personaje. En Ciudad de cristal Paul Auster narra la historia de Quinn, quien se hace pasar por Paul Auster, el detective, y además conoce a Paul Auster, el escritor.

— ¿Y qué caso tiene?

— ¿Qué caso tiene escribir una novela en la que uno mismo aparezca como personaje?

— No, ¿qué caso tiene Paul Auster, el detective?

— Ah, ya… Bueno, al parecer su trabajo es socorrer a Peter Stillman, evitar que lo maten.

— ¿Que lo mate quién?

— Peter Stillman… Recuerda: Paul Auster es contratado por Peter Stillman hijo, aunque en realidad quien paga es la esposa, para que siga a Peter Stillman padre, puesto que teme que quiera matarlo.

— Ajá, un posible filicidio.

— Pero no te cuento más… Si no te acuerdas, léela de nuevo…

— Ajá…, el próximo terremoto…

— … que caiga en 19 de septiembre.

Agotado el asunto, se acabaron su café, se levantaron y se fueron…, simultáneamente.