Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.

viernes, 22 de septiembre de 2017

México asolado

Más o menos hace mil años, fueron conminados por su dios patrono a emprender un largo y penoso andar hacia el sur. Partieron de una isla blanca, “el lugar de las garzas”, en donde, según relata Fernando Alvarado Tezozómoc (c. 1525-1610), habían vivido durante mucho tiempo: “… se hallaban radicados, esparcidos allá en Aztlán, los chichimecas, los aztecas, durante 1014 años, según resulta del cómputo anual de los ancianos; y entonces se vinieron a pie para acá” (Crónica mexicáyotl, 1598). En algún momento del éxodo, su dios tribal, Huitzilopochtli, decide que cambiarán, además de residencia, también de apelativo: “Ahora ya no será vuestro nombre el de aztecas, vosotros seréis mexicas, y allí les embijó las orejas” (Códice Aubin, 1576). Mexicas ya y ya con las orejas embijadas —es decir, teñidas con bija o achiote—, vinieron a erigir su ciudad capital en un insignificante islote situado en medio del “lago de la Luna, el Meztliapan, como se llamaba esotéricamente el lago de Texcoco”…, claro, insignificante hasta el momento preciso en que un ave regia, el águila representante de un colibrí zurdo, el fiero Huitzilopochtli, se posó sobre un nopal para devorar una serpiente. “Allí, donde fue arrojado el corazón del primer sacrificado, allí debía brotar el árbol espinoso, el árbol del sacrificio, que representa el lugar de las espinas, Huitztlampa, la tierra del Sol…” (Alfonso Caso. El pueblo del Sol. FCE, 1953). Así que después de andar a salto de mata por la cuenca de México durante unos 150 años, en 1325 aquellos parias peregrinos decidieron fundar Tenochtitlán. Tendría que pasar otra centuria para que los mexicas, antes aztecas o aztatecas, a partir de entonces también tenochcas, comenzaran su historial imperialista: no sería sino hasta 1428 que conseguirán liberarse del yugo tepenaca de Azcapotzalco, y además, en alianza con Tetzcuco y Tlacopan, someterlo. El centro hegemónico de la cuenca pasó a México-Tenochtitlán, y ahí no se detuvieron sus afanes belicosos: “El pueblo azteca, como todo pueblo imperialista, tuvo siempre una excusa para justificar sus conquistas, para extender el dominio de la ciudad-estado Tenochtitlán —explica Antonio Caso—, y convertir al rey de México en el rey del mundo, Cem-Anáhuac tlatoani, y a México-Tenochtitlán en la capital del Imperio que titulaban CemAnáhuac tenochca tlalpan, es decir ‘el mundo, tierra tenochca’”. De la expansión del poderío del pueblo elegido por Huitzilopochtli dependía la continuidad del mundo: sus conquistas, y los tributos y los sacrificios correspondientes, eran indispensables para que el sol siguiera dando vida. El empuje mitológico resultó a todas luces funcional: cien años después, cuando Cortés azuzó y comandó la rebelión indígena que lo destruiría, el imperio que había comenzado en un yermo islote que ningún otro pueblo reclamaba, el Colhúa-Mexica, alcanzaba las dos costas y había sometido a pueblos más adelantados. La mitología dispensó una coartada simbólica a los aguerridos tenochcas, legitimando, tanto frente a los hombres como ante las divinidades, su marcha imperialista: para ello, conectaron su identidad con la gente de Tula (600-1165) y su cosmogonía con los colosos de Teotihuacán (100-750): “las dos ciudades que precedieron a los mexicas… sirvieron para que éstos las tomaran como referencia inmediata en su relación con lo divino y con la grandeza humana” (Eduardo Matos. Tenochtitlán. FCE, 2006).

Los mexicas creían que Teotihuacán, la misteriosa ciudad en ruinas, había sido edificada por gigantes. De por sí eso ya era un portento, aunque era lo de menos: lo trascendente era que en aquella ciudad los dioses habían creado el sol del maíz, el sol del hombre nahua, su sol: el Quinto Sol, porque antes de ello, se habían sucedido ya cuatro, uno a uno: cuatro eras, cuatro mundos distintos con sendos tipos de gente. Conocemos el mito cosmogónico de los antiguos mexicanos gracias a una serie de documentos testimoniales, entre ellos, el más antiguo y quizá el más importante, la Piedra del Sol. La llamada Leyenda de los Soles es referida también en otros monumentos, en códices e informes de indígenas y religiosos. Destacan la Historia de los Mexicanos por sus Pinturas (c. 1533), el Manuscrito de 1558, el Códice Vaticano (copia hecha en 1563 de uno anterior), los Anales de Cuauhtitlán, la Sumaria relación y la Historia chichimeca de Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, y la Historia de Tlaxcala de Muñoz Camargo. Si bien en lo fundamental cuentan lo mismo, presentan algunas diferencias entre sí en el orden de las eras, los cataclismos y las mutaciones que causaron. Roberto Moreno y de los Arcos (1943-1996) elaboró un lectura integradora de todas las fuentes —“Los cinco soles cosmogónicos”. Estudios de cultura náhuatl. UNAM. V. 7, 1967—, según la cual el orden de los Soles sería el siguiente: Tierra, Viento, Fuego, Agua y Movimiento, regidos por los dioses y colores Tezcaltipoca/negro, Quetzalcóatl/blanco, Tlalocatecuhtli/rojo, Chalchiuhtlicue/amarillo y, otra vez, Quetzalcóatl/¿verde?, respectivamente. Al final del primer Sol, Nahui-Océlotl, a los gigantes se los comieron los tigres; cuando terminó Nahui-Ehécatl, los hombres mutaron en monos; la siguiente era, la de Nahui-Quiáhuitl, concluyó y la gente se transformó en aves; la cuarta época, la de Nahui-Atl, acabó y la humanidad se volvió un cardumen inmenso de peces, y el Quinto Sol, el de los mexicas, habría de finalizar con la destrucción total a causa de horrorosos terremotos… El acabose del mundo de los mexicas desembarcó en Yucatán y luego de costear hasta la tierra de los totonacos avanzó tierra adentro hacia el Altiplano; conforme se fue acercando a la gran Tenochtitlán fue ganando fuerza, alimentándose con el encono de los pueblos subyugados.

No sé si México viva hoy un Sexto o Séptimo Sol…, siento en cambio que vive asolado, y que nos urge cambiar de mundo.

sábado, 16 de septiembre de 2017

Alerta en la cuenca

A story has no beginning or end:
arbitrarily one chooses that moment of experience
from which to look back or from which to look ahead. 
Graham Greene, The End of the Affair.



Hace tres días —jueves 7 de septiembre—, justo a las once de la noche con 49 minutos y 18 segundos, a 58 kilómetros de profundidad en un punto localizado a 133 kilómetros al suroeste de Pijijiapan, Chiapas, se desató una fuerza telúrica que de inmediato se propagó por la masa continental… Rauda, unos cuantos minutos después llegó a la Ciudad de México, en donde, gracias al sistema de alerta sísmica, muchas personas, entre atemorizadas y escépticas, casi todas empijamadas, ya la esperábamos en la calle. Quizá hubo quienes estaban dormidos y ni siquiera despertaron, seguramente no faltaron los inconscientes y valerosos que no experimentaron ningún tipo de congoja, los que siguieron en lo suyo como si nada, e incluso gente concentrada en algo muy importante o insondablemente absorta en la tele o en un libro o en un cuerpo ajeno…, a saber. Pero supongo que una buena porción de los habitantes de la Zona Metropolitana del Valle de
México (ZMVM), más de veinte millones, vivió algo más que un susto. El temblor tuvo una fuerza y una duración —8.2 grados en la escala de Richter y tres eternos minutos con prolongadísimos cuarenta segundos, respectivamente— que provocó que muchos retrotrajéramos a la avispada conciencia no sólo la memoria de lo sucedido en 1985, sino también una de las obviedades que en el día a día casi todos mantenemos en el olvido: que absolutamente todo es provisional. Mientras el edificio en el que uno vive se mece y el cielo se ilumina por la triboluminiscencia, resulta particularmente propicio reflexionar en el hecho de que la enorme megalópolis mexicana no siempre ha estado aquí, que no siempre estará aquí… 

¿Qué tan vieja es la Ciudad de México? El consenso entre arqueólogos e historiadores señala que, en efecto, México-Tenochtitlán fue fundada sobre un islote en medio del lago de Texcoco en 1325, es decir, no hace mucho tiempo, apenas hace 692 años. Claro, los asentamientos humanos en el territorio que hoy ocupa la CDMX se remontan varias centurias atrás. El doctor Leonardo López Luján explica que “cuando se han hecho excavaciones profundas bajo la Catedral, se han encontrado capas pre-mexicas, es decir, que nos vamos tal vez a épocas toltecas e inclusive podríamos vislumbrar algún nivel teotihuacano, es decir, podríamos pensar que el pasado de la ciudad es más antiguo [que Tenochtitlán], pero sin que fuera una sucesión de ciudades. Tal vez asentamientos muy modestos antes del mexica”. 

Ciertamente, son varios los vestigios que se han localizado en la cuenca de México de pequeñas ocupaciones que deben datarse en milenios … Por ejemplo, apenas en octubre de 2016, investigadores del INAH reportaron el hallazgo, al noreste de la Ciudad de México, del enterramiento de casi 150 individuos —neonatos, recién nacidos, niños, jóvenes y adultos; hombres y mujeres—. En este caso no se trató de una fosa clandestina, sino de sepulturas realizadas hace más de 2,500 años. El descubrimiento ocurrió a unos metros del límite capitalino con el Estado de México, en un terreno ubicado en la ladera sur del Cerro de Zacatenco.
Expresado así, sobre todo para quienes no conozcan la gran urbe, podría dejar la idea de que el paraje se encuentra a las afueras; no es así: el predio en el cual se descubrió el cementerio de la antigua aldea de Zacatenco —la cual fue habitada entre 800 y 500 a.C.— se localiza sobre Acueducto de Guadalupe —es decir, Periférico Norte—, en la esquina con calle Cienfuegos, menos de un kilómetro al norte de la estación Indios Verdes del metro, totalmente rodeado de construcciones. Los vestigios hallados en Zacatenco corresponden al mismo horizonte cultural de los sitios arqueológicos de Tlatilco, El Arbolillo, Tlapacoya y Coapexco; aldeas del Preclásico Temprano y Medio, localizadas todas en la cuenca de México (William T. Sanders, Jeffrey R. Parsons and Robert S. Santley, The basin of Mexico: ecological processes in the evolution of a civilization. New York, Academic Press, 1979).


Sin embargo, el primer gran asentamiento protourbano —Preclásico Tardío— erigido en la cuenca de México fue Cuicuilco, localizado unos 25 kilómetros al sur del cerro de Zacatenco, en lo que en su tiempo era la orilla suroeste del lago de Texcoco. Aquí encontramos las primeras construcciones monumentales en piedra de toda Mesoamérica.
Durante su esplendor, entre 300 y 150 a. C., Cuicuilco era un asentamiento de alrededor de cuarenta mil almas. Hoy el sitio arqueológico se encuentra en el cruce de Periférico Sur e Insurgentes. Las ruinas fueron descubiertas por don Manuel Gamio en 1922; en los tres años posteriores, a sugerencia del propio Gamio, el arqueólogo norteamericano Byron Cummings exploró y restauró el Gran Basamento —la conocida pirámide circular— (Byron Cummings, Cuicuilco and the Archaic Culture of Mexico).

En el caso del enterramiento descubierto en las faldas del Cerro de Zacatenco, la arqueóloga Estibaliz Aguayo afirma que toda esa gente falleció en un corto intervalo: “se trata de un mismo período de inhumación; algo provocó que este lugar fuera usado de forma súbita como zona de enterramiento, incluso en algunos puntos se sobrepusieron entierros…” ¿Qué ocurrió? ¿Cómo explicar tanta mortandad? “Tal vez hubo alguna sequía u otro factor de cambio ambiental”. En cuanto a Cuicuilco, no hay misterio: su destrucción fue causada por la erupción del volcán Xitle, lo cual ocasionó su abandono a partir de una serie de migraciones. El registro arqueológico muestra que mucha gente pudo haberse ido a Teotihuacán, el gran centro urbano del Clásico en el Altiplano Central. Ni en Zacatenco ni en Cuicuilco sonó ninguna alerta.

sábado, 9 de septiembre de 2017

El unicornio y las serpientes

Giulia, hermana menor de Alessandro Farnese, fue la amante más famosa de Rodrigo Borgia, el valenciano que, vuelto Alejandro VI, asumió el Papado de 1492 a 1503. Usando el nombre de Paulo III, a Alessandro también le tocaría ocupar la silla de San Pedro, posición desde la que tendría a bien decretar, el 2 de junio de 1537, la bula Sublimis Deus, en la cual la Iglesia católica reconocía que todos los indios del Nuevo Mundo eran “hombres verdaderos, dotados de alma”, y por ello capaces de vivir en libertad, aunque, establecía “que dichos indios y demás gentes deben ser invitados a abrazar la fe de Cristo a través de la predicación de la Palabra de Dios…” Libres eran, pero que había que meterlos al rebaño.

13 días después de la promulgación de la bula Sublimis Deus, nació Dieguito Durán, en Sevilla. Más o menos seis años después el infante tuvo que haber sido trepado a un barco, puesto que por su recuerdo y propia pluma sabemos que vino a mudar de dentaduras en Texcoco. El chaval llegó con su familia a la naciente Nueva España, y acá se quedó. A los 19 años profesó en el Convento Imperial de Santo Domingo de México, en Temixtitan; ya dominico, se dedicó a evangelizar indios a marchas forzadas. A diferencia de la mayoría de los predicadores ultramarinos, el padre Durán partió de la idea de que para “invitar a abrazar la fe de Cristo” a las gentes de estas tierras, esto es, para cambiarles las creencias, primero era menester averiguar la manera previa que tenían de entenderse en el mundo. Adentrarse en la cosmovisión de los otros nunca es fácil, sobre todo sin la llave maestra, así que, nada maje, Diego aprendió náhuatl. Después de haber pasado unos veinte años en Oaxaca, fue nombrado vicario de una iglesia construida en la ladera sur del Popocatépetl, en Hueyapan; fue ahí en donde, según Agustín Dávila —Historia de la Provincia de Santiago de México—, fray Durán se entregó a la escritura de dos libros: “uno de historia y uno de antiguallas de los indios mexicanos”.
El primero, titulado Historia de las Indias de N. E. y islas de Tierra Firme, permaneció inédito durante casi trescientos años —debió de haber sido redactado alrededor de 1581—, hasta que el mexicano José F. Ramírez realizó en 1867 la edición príncipe. Según puedo leer en el facsímil digital puesto en línea por la Biblioteca Virtual Cervantes, fray Diego Durán cuenta que el segundo arzobispo de México, el lojeño también dominico Alonso de Montúfar, tomó una medida totalmente opuesta a lo que en buena parte de Europa era la tendencia renacentista: mientras allá se desenterraban obras de arte grecolatinas, acá el santo varón ordenó un enterramiento:
… el rey de México Axayácatl… estaba ocupado en labrar la piedra famosa y grande, muy labrada, donde estaban esculpidas las figuras de los meses y años, días y semanas, con tanta curiosidad que era cosa de ver, la cual piedra muchos vimos y alcanzamos en la plaza grande, junto a la acequia, la cual mandó enterrar el Ilmmo. y Rmo. Señor Don fray Alonso de Montufar, dignísimo arzobispo de México de feliz memoria, por los grandes delitos que sobre ella se cometían de muertes.
La “plaza grande” que mienta Durán no es otra que la que actualmente llamamos Plaza de la Constitución, y “la piedra famosa y grande”, la Piedra del Sol; es decir, lo que vox populi se conoce como Zócalo y Calendario Azteca, respectivamente.
El monolito de basalto permaneció sepultado en el corazón simbólico de México hasta que, siendo virrey de la Nueva España el cubano Juan Vicente de Güemes Pacheco de Padilla y Horcasitas, a finales del siglo XVIII, algunos albañiles al mando de José Cosme Damián Ortiz de Castro, arquitecto coatepecano, toparon con él…  En su Descripción histórica y cronológica de las dos piedras que con ocasión del nuevo empedrado que se está formando en la plaza principal de México, se hallaron en ella en el año de 1790, el sabio novohispano Antonio de León y Gama (1735-1802) relata:
Con ocasión… de haberse mandado por el gobierno que se igualase y empedrase la Plaza mayor, y que se hiciesen tarjeas para conducir las aguas por canales subterráneos; estando excavando… el mes de agosto del año inmediato de 1790 se encontró, a muy corta distancia de la superficie de la tierra, una estatua curiosamente labrada en piedra de extraña magnitud, que representa uno de los ídolos que adoraban los indios en tiempos de su gentilidad. Pocos meses habían pasado cuando se halló la otra piedra, mucho mayor de la que antecede, a corta distancia de ella… Sacadas ambas, se condujo la primera a la real universidad, y la segunda se mantuvo algún tiempo en el mismo lugar donde se halló [¡claro, pesa casi 25 toneladas!]; pero ya en su natural situación vertical, pudiendo así registrarse con facilidad todo lo que hay en ella gravado. Luego que yo la vi, quedé lleno de gusto, por haber hallado en ella testimonio fiel que comprobaba lo que a costa de tantos trabajos y estudio tenía escrito sobre el sistema de calendarios mexicanos…
Por la estatua desenterrada podemos conocer las facciones de Coatlicue, la mismísima mamá de Huitzilopochtli, el colibrí zurdo. En cambio, quizá el bello rostro de Giulia Farnese se haya perdido para siempre…, a menos de que, en efecto, tengan razón quienes suponen que es ella la joven que Rafael retrató (1505-1506) en un cuadro en el que se fusiló la composición de la Mona Lisa de Leonardo. La Coatlicue aparece representada con una falda de serpientes, la bella ragazza cargando un unicornio.

sábado, 2 de septiembre de 2017

El fin de la CDMX IV

En las postrimerías del siglo XVI, un tal Cristóbal del Castillo, vecino de la naciente ciudad novohispana de Temixtitan —como lo escribía Cortés—, apuntaba:
Ya hemos dicho de qué suerte se les hizo guerra a los mexicanos a quienes quitaron la vida los españoles, y que no hicieron aprecio de la ida de éstos, y sólo lo que decían era que se habían ido a Tlascala, no se supo si acaso fueron a hacer alguna guerra, y si solamente fueron a guerrear con el fin de amedrentar a las gentes para que los llamaran conquistadores; lo cierto es que no fueron en todas partes inmortales en la guerra: porque todos ciudadanos entraron juntos con ellos por causa del engaño de los mexicanos, porque este engaño lo tomaron todos los vecinos de los contornos para abandonar a los mexicanos cuando estaban los españoles en México. Ningunos ciudadanos los ayudaron a los mexicanos por causa del odio que les tenían.
El relato plantea la caída del Imperio Mexica como producto de una venganza de todos los pueblos aledaños. ¿Quién fue este relator? Adelantemos que no llegó con las huestes provenientes de España, y que, cuando nació, a Cristóbal del Castillo le debieron de haber puesto otro nombre, uno en náhuatl, su lengua materna. 

Tengo aquí una alhaja. Publicado en 1908 en la tipográfica de Salvador Landi, en Florencia, Italia, el libro ostenta un título grandilocuente que conviene transcribir: Fragmentos de la obra general sobre Historia de los Mexicanos escrita en lengua náuatl por Cristóbal del Castillo a finales del siglo XVI, y enseguida de una pleca, en la propia portada el crédito a quien debemos el rescate y la ocasión del tiraje: los tradujo al castellano Francisco del Paso y Troncoso / Director en misión del Museo Nacional de México / en homenaje al XVI Congreso Internacional de Americanistas / que se reunirá en Viena / del 9 al 14 de septiembre de 1908. Pese a su condición de vetusto, puedo pasar sus páginas sin apuro ni cuidados, porque mi ejemplar es una copia digital del que tiene resguardado la biblioteca de la Universidad de Texas en Austin. En su texto introductorio, don Francisco de Borja del Paso y Troncoso (1842-1916) afirma que, con certeza, sólo sabemos que el referido don Cristóbal falleció “octogenario” en 1606, y apoyándose en lo que antes ya había inducido otro erudito, Antonio de León y Gama (1735-1802), sostiene que “pudo ver la primera luz en 1519 o antes”. A partir de ello ya no es necesario darle mucha vuelta a la cuestión del origen étnico de Cristóbal del Castillo: Del Paso y Troncoso cree que quienes sostuvieron que el cronista fue mestizo —como el padre Clavigero— erraron, puesto que el personaje “fue indio de raza pura”. Si la cronología no fuera prueba suficiente, argumenta que basta considerar “la elegancia y pureza de la lengua mexicana escrita por Castillo”, y argumenta: “los mestizos, nacidos de madre india, se reputaban españoles mejor que indios, y si no abandonaban completamente la lengua materna, se explicaban más bien por la lengua del padre”. Ahora, si era indígena, ¿de dónde? ¿Tenochca? El mismo Cristóbal cuenta que “sus padres y abuelos eran tezcucanos”, aunque en una declaración suya que se conserva se llamó a sí mismo “historiador mexicano”. ¿Qué puede colegiarse? Del Paso y Troncoso propone: “todo se puede conciliar admitiendo que procediera de un connubio entre personas de una y otra ciudad [Texcoco y México-Tenochtitlán], o que, siendo tezcucanos los genitores, haya él nacido en la metrópoli mexicana”. Nativo de Texcoco o de la capital del Imperio Mexica, cuando se refiere a los mexicanos Cristóbal Castillo habla de un ellos y no de un nosotros, y se ocupa en dejar testimonio de que los pueblos vecinos les tenían harta ojeriza. Mientras que al final ya solamente peleaban los tlatelolcas codo a codo con los mexicas, el capitán Malinche traía como aliados a guerreros de Tlaxcala, Huexotzinco, Cholula, Chalco, Acolhuacán, Cuauhnáhuac, Cuitláhuac, Mizquic, Coyoacán, Culhuacán y Xochimilco, cuya fuerza naval fue crucial durante el sitio: “Por todos los rumbos nos cercaban los de Xochimilco en sus barcas” —rescata Miguel León Portilla del Códice Florentino en su Visión de los vencidos—. Con todo, el último tlatoani mexica, Cuauhtémoc, sería apresado por los españoles al menos junto a dos jerarcas indios, según puede leerse en la VII relación de Chimalpain: Oquiztzin, señor de Azcapotzalco, y Panitzin, señor de Ecatepec.


Actualmente Ecatepec es un municipio del Estado de México y Xochimilco una de las delegaciones de capital de la República; el primero se encuentra al norte del centro histórico de la Ciudad de México y la segunda al sur. La distancia que media entre ambas comarcas, unos 26 kilómetros, puede hoy transitarse, casi en línea recta, por el Eje 3 Oriente, el cual atraviesa de norte a sur el oriente de la mancha urbana de la Ciudad de México. En el septentrión, en la frontera con Ecatepec, comienza en la esquina de Ing. Eduardo Molina y Río de los Remedios. En el sur, en las inmediaciones de los embarcaderos de Xochimilco, en Cafetales esquina con Periférico Sur. En efecto, el Eje 3 Oriente va cambiando de nomenclatura: primero se llama Eduardo Molina, luego corre por un pequeño tramo de la calzada Ignacio Zaragoza, y luego, antes de convertirse en Avenida Arneses, después Cafetales, lleva el nombre de un gran estudioso del pasado prehispánico de este país: Francisco del Paso y Troncoso.

sábado, 26 de agosto de 2017

El fin de la CDMX III


Es imposible encontrar un día en el calendario dedicado a festejar a la CDMX. No existe una fecha determinada en la que conmemoremos la fundación de la entrañable e insufrible Ciudad de México. Si realmente sintiéramos algún tipo de continuidad respecto a Tenochtitlán, hace unas semanas deberíamos haber celebrado 692 años de existencia; independientemente de la precisión de la que adolece la efeméride, bien podríamos dar por bueno el 20 de junio —los Anales de Tlatelolco señalan el día 1 cipactli de 1325— o cualquier otro día —en su Calendario Cívico 2017, la SEP formaliza que el 13 de marzo de 1325 “Al terminar su peregrinación, los mexicas inician la construcción de lo que sería la Gran Tenochtitlan”, haciendo suyo el dato que aporta Tezozómoc en su Crónica Mexicáyotl—… Pero no: la CDMX no tiene aniversario.

Exceptuando el bachillerato, desde el jardín de niños hasta el doctorado, toda mi formación se la debo a escuelas públicas. Siendo un párvulo, me tocó disfrazarme de pastorcito para conmemorar el natalicio del zapoteca que llegaría a Benemérito de las Américas, honrar el arrojo del Pipila cruzando medio patio con un pedazo de unicel pintado sobre la espalda y hasta ponerme un sombrero descomunal y pegarme unos bigotes zapatistas algún 20 de noviembre, pero nunca participé ni fui testigo de un montaje que recreara el encuentro del islote en el que, encima de un nopal, un águila devoraba a una serpiente. Cursé la primaria durante el sexenio de Echeverría; entonces, el nacionalismo mexicano posrevolucionario presentaba apenas unas leves abolladuras, así que durante los años que pasé en la escuela Profesora María Luisa Calderón Ponce fui obligado a hacer el ridículo en innumerables festivales folclóricos, a gritar “¡Murió por la Patria!” en el pase de lista de los Niños Héroes, a tomar parte varias ocasiones en la batalla de Puebla —unas veces de zacapoaxtla, otras de francés—, a honrar la valentía de Lázaro Cárdenas cuando enfrentó a las compañías petroleras, a participar en una que otra entrada triunfal del Ejército Trigarante y a salir con una mano envuelta en trapos para caracterizar al general Obregón, por no mencionar incontables intervenciones en cantos, bailables, recitales y sketchs organizados para ensalzar héroes y exaltar ciertos episodios de la Independencia, la Reforma y la Revolución Mexicana. Para la SEP, toda nuestra historia cabía perfectamente en esas tres gestas… En cuanto al período prehispánico, que yo recuerde, no pasábamos de evocar algunas mañanas de nublados melancólicos el infausto amor de Romeo-Popocatépetl y Julieta-Iztaccíhuatl, de admirar la precisión del calendario azteca y de declamar algunos versos del rey-poeta Nezahualcóyotl —Amo el canto del zenzontle, pájaro de cuatrocientas voces… etcétera, etcétera…, pero más amo a mi hermano: ¡el hombre!—… Algo era algo… Pero de la Conquista, nada: a ningún vecino de banca se le encomendó jamás personificar al maquiavélico Hernán Cortés que nos engañó haciéndose pasar por Quetzalcóatl, cuantimenos a compañerita alguna le tocó interpretar a la pérfida Malinche y nadie tuvo que memorizar palabras atribuidas a Moctezuma Xocoyotzin… Nada… o casi nada, porque ahora que lo pienso los atormentados pies de Cuauhtémoc salían a colación frecuentemente  —¿O ustedes creen que yo estoy en un lecho de rosas?, rebatían las maestras a la menor provocación—. El punto es que acerca de la debacle de México-Tenochtitlán jamás nos contaron gran cosa. El consabido Cuando-nos-conquistaron-los-españoles… era nada más el introito para justificar el ¡Mueran-los-gachupines! del cura Hidalgo.

“Respecto a la historia de las civilizaciones indígenas de México anteriores a la Conquista, los prejuicios son tan numerosos y grandes, que han contribuido a hacer del interesante pasado prehispánico una relación errónea, fantástica e inadmisible…”, acusaba en su libro Forjando Patria (Porrúa, 1916) Manuel Gamio (1883-1960), entonces Inspector General de Monumentos Arqueológicos de la República y uno de los ideólogos del nuevo nacionalismo. Mi primaria está justo frente al parque Manuel Gamio, en la Banjidal, una colonia ubicada al noroeste de Iztapalapa. Una de las muchas cosas que no me contaron en la primaria sobre la devastación del Imperio Mexica fue que “los pueblos de las chinampas, los de Xochimilco, Churubusco, Mexicaltzingo, Míxquic, Iztapalapa y Coyoacán, que al principio combatieron… a los españoles, y al comienzo del sitio [de Tenochtitlán] continuaban ayudando a la ciudad, acabaron también por darle la espalda y ofrecerse como aliados de los invasores y luchar contra los sitiados” —relata José Luis Martínez en su extraordinario libro Hernán Cortés—. Cuando los españoles y sus aliados llegaron a la Gran Tenochtitlán —noviembre de 1519—, Iztapalapa era gobernado por un hermano de Moctezuma, Cuitláhuac, el mismo que meses más tarde lo sucedería luego de que su pueblo lo matara a pedradas —29/VI/1520—. Cuitláhuac fue el gran tlatoani mexica solamente durante cinco meses —murió de viruela el 25 de noviembre del siguiente año—.
Al arrancar 1521, la rebelión indígena sobre la que venía trepado Cortés ya era un tsunami —contaba no sólo con los guerreros de Tlaxcala, Hujeotzingo, Cholula y Chalco, incluso algunos de Texcoco se había levantado— que, inmisericorde, caería sobre la enferma, famélica y sedienta capital mexica. Se estima que el último tlatoani, el imberbe Cuauhtémoc, logró reunir junto con Tetlepanquétzal, señor de Tacuba-Tlatelolco, y el texcocano Coanócoch, unos trescientos mil hombres. La defensa fue aguerrida, heroica y suicida. A finales de mayo, después de que Cortés logra segar el paso de agua dulce por el acueducto de Chapultepec, el fin de ciudad de los antiguos mexicanos se precipitó… El 13 de agosto de 1521 la CDMX mexica dejaría de existir. Y, por cierto, ese hecho tampoco lo conmemora ya nadie.

martes, 15 de agosto de 2017

El fin de la CDMX II

novedad de hoy y ruina de pasado mañana, enterrada y resucitada cada día
Octavio Paz*


Decrépita y zagala, la avejentada y diligente, la siempre nueva y cada vez más artrítica, la irreconocible e inconfundible Ciudad de México no ha dejado de mutar desde que, atendiendo las instrucciones que le giró en sueños un terrible dios furibundo disfrazado de colibrí, el guía de un hatajo de parias desposeídos y apestados declaró que entonces era por fin el momento de dar por terminado su peregrinaje, y ahí el lugar para comenzar hacer patria: justo encima y a partir de aquel islote sobre el cual un águila posada en un tunal grande y coposo se estaba despachando a una serpiente. Huitzilopochtli les había cumplido.
Pronto va a ser cosa de siete siglos que esto sucedió: de acuerdo al Códice mendocino, en el año II calli, 1325 en el calendario cristiano. Habían transcurrido cuatro ciclos de 52 años desde que partieron de Aztlán los aztecas, quienes luego se llamaron a sí mismos mexicas. La ubicación geográfica precisa del origen norteño de aquel pueblo nahuatlaca es incierta, no así la ironía toponímica con que la memoria y la suerte suelen divertirse: “El Aztlán de los viejos mexicanos, el que hoy llaman Nuevo México”, según dejó escrito don Fernando Alvarado Tezozómoc (c. 1520-1610) en su Crónica mexicáyotl.



la ciudad que nos sueña a todos y que todos hacemos y deshacemos y rehacemos mientras soñamos,
la ciudad que todos soñamos y que cambia sin cesar mientras la soñamos

Octavio Paz


En aquel remoto comienzo, la ciudad era muy muy poco, pero algo mucho más que nada, porque siendo apenas una promesa de futuro rodeada de agua ya tenía un nombre magnífico: como los agarró dormidos, fue el mismísimo Huitzilopochtli quien decidió y a través de un sueño ordenó: “le pongo por nombre Tenuchtitlan”. Así lo narra la Relación del origen de los indios que habitan en la Nueva España según sus historias, en la que se reitera, ¡faltaba más!: “Este nombre tiene hasta hoy esta Ciudad de México, la cual en cuanto fue poblada por los mexicanos se llamó México, que quiere decir ‘Lugar de los mexicanos’”. 

hablo de la ciudad, pastora de siglos, madre que nos engendra
y nos devora, nos inventa y nos olvida
Octavio Paz


La fundación de México-Tenochtitlán -que pudo haber acaecido el 18 de julio de 1327 (Góngora) o nueve años atrás (Anales de Cuauhtitlán) o entre 1314 y 1332 (Códice Vaticano) o el 20 de junio de 1325 (Anales de Tlatelolco)- fue la segunda fundación de México. Los mexicas antes ya habían fundado en falso otro México. La primera ciudad de México, la celeste, fue establecida en Coatepéc, un cerro cercano a Tula. A principios de este siglo XXI, los arqueólogos Eduardo Gelo del Toro y Fernando López Aguilar lograron probar que el mítico cerro de Coatepéc se encuentra en el Valle del Mezquital, en donde todavía hoy en las comunidades que habitan en las cercanías del cerro actualmente conocido como Hualtepec perdura la tradición oral de que “allí iba a ser México”. Pero por un enojo de Huitzilopochtli que no viene a cuento detallar aquí, aquel México llegaría a su fin porque habría de ser secado, de tal suerte que los mexicas tuvieron que abandonarlo para andar a salto de mata otra vez durante otros años, hasta que hallaron el susodicho islote con el nopal en el que el ave de rapiña devoraba a una serpiente. El segundo México fue fundado con un segundo nombre: Tenochtitlán…
Luego, poco menos de doscientos años después, el Imperio Mexica dejaría de existir: “El prendimiento de Cuauhtémoc, último señor de México-Tenochtitlán, y el fin del imperio de los culúas o tenochcas o mexicas o aztecas ocurrió la tarde del martes 13 de agosto de 1521, día de San Hipólito…” (Hernán Cortés, José Luis Martínez). Al último Huey Tlatoani de México-Tenochtitlán lo atraparon en el agua, cunado la canoa en la que trataba de escapar con su familia fue alcanzada por el bergantín piloteado por un español de apellidos García Holguin.



estamos en la ciudad, no podemos salir de ella sin caer en otra,
idéntica aunque sea distinta
Octavio Paz


Cortés y sus aliados indígenas aniquilaron a los mexicas: la población fue exterminada y México-Tenochtitlán destruida. La ciudad dejaría de existir como hasta entonces se conocía. Una vez sitiada la ciudad, para ir cerrando el cerco, Cortés optó por un estratagema con el que fue devastando poco a poco la capital tenochca: “Cada día era un combate, y aunque la ventaja quedaba siempre para los españoles, teniendo que volver a sus campamentos por la noche, la actividad de los mexicanos reparaba… y levantaba nuevos parapetos, con lo que se encontraban los sitiadores en la necesidad de recomenzar cada día la misma obra. Visto esto determinó Cortés establecerse en la ciudad, a medida que… avanzase, y para esto destruir los edificios y cegar las acequias con los escombros…” -relata Lucas Alamán en sus Disertaciones sobre la Historia de la República Mexicana (1844)- “Los auxiliares de los españoles trabajaban con empeño en esta obra de desolación, y los mexicanos viéndolos desde sus trincheras les gritaban: ‘Tirad, tirad nuestras casas; si nosotros venciéremos tendréis que reedificarlas para nosotros, y si el triunfo fuere de los españoles, las levantareis para ellos’”. Y así sería: manos indígenas habrían de erigir la nueva ciudad de México-Tenochtitlán, la novohispana.



* Tomo todos los versos del poema “Hablo de la ciudad”, publicado por Octavio Paz en la edición de septiembre de 1986 de la revista Vuelta.

viernes, 4 de agosto de 2017

El fin de la CDMX I


“El fin de la Ciudad de México”… ¡Vaya título el que Héctor de Mauleón le puso a su columna del miércoles pasado! El tremendismo, claro, surtió efecto. En Twitter fue profusamente circulada, y ya antes del atípico chaparrón de todas las tardes, varias personas me habían recomendado que la leyera. ¡Pues claro!, si el horno no está para bollos: dicho en corto, la flamante CDMX está para llorar. Antes de que comenzaran las lluvias, la contaminación era una catástrofe cotidiana… Y ya que Tláloc se decidió, las trombas, granizadas e inundaciones son azote una tarde en Indios Verdes y al día siguiente en Coapa... Irónicamente, la falta de agua es una mancha que se expande día a día. En cuanto a movilidad, el diagnóstico es anquilosamiento crónico por arteriosclerosis de vías primarias; hay periplos a lo largo de tres cuadras que pueden durar dos horas, las vialidades son hábitat de tianguismo, y desde hace ya al menos un par de años estrenamos los embotellamientos de media noche: aquí el colapso es siempre inminente y el parque vehicular sigue creciendo. Moverse en bicicleta resulta una irresponsabilidad de alto riesgo y el transporte público es un horror, un desafío a las Moiras, el volado vital de todos los días… Robos, asesinatos, violencia callejera… hacen que la seguridad pública sea un fantasma en el que ya nadie en su sano juicio puede creer…
La precarización salvaje del mercado laboral atiza la epidemia de la informalidad. Comercios y servicios se achangarran, los puestos brotan como hongos, el ambulantaje pulula… Luminarias averiadas, baches, coladeras destapadas, basura en las calles, sobrepoblación de perros bravos y cagones… ¿A todo eso se refire De Mauleón? No, ni a nada de esto ni a un sismo venidero… El periodista se enfoca en la expansión de la mancha urbana chilanga: “La tendencia de crecimiento de la Ciudad de México anuncia un futuro de horror. En los próximos 13 años la mancha urbana se seguirá expandiendo…” A partir de su lectura de Tendencias territoriales determinantes del futuro de la Ciudad de México (Centro de Investigación en Geografía y Geomática “Ing. Jorge L. Tamayo” y gobierno de la CDMX, 2016), el columnista resume: “Según el estudio, la Ciudad de México dejará de existir como la conocemos”. La aseveración, así, descontextualizada —aunque también con todo el contexto que usted quiera— es indiscutible: efectivamente, en unos años la Ciudad de México como la conocemos dejará de existir…, aunque también el mes que entra, es más desde mañana mismo dejará de existir como la conocemos, aunque no nos percatemos cabalmente de ello…
Y no sólo la Ciudad de México, también la ciudad de Aguascalientes y Ciudad Acuña y Ciudad Victoria y Celaya, Nueva York y París y Tokio y Roma y Atenas…, todas, porque ninguna permanece inmutable. Un ejemplo: Selçuk, Turquía, ciudad en el que, aunque entonces se llamaba de otra manera, nació hace 2,552 años un tal Heráclito, a quien en vida apodaron el Oscuro —porque “hablaba en términos enigmáticos, cantando como un gallo e injuriando al pueblo”, según su coetáneo Timón (Rodolfo Mondolfo, Heráclito: textos y problemas de su interpretación. Siglo XXI, 1981)—. Como bien se sabe, Heráclito nació en Éfeso, una polis griega localizada en la península de Anatolia, en las proximidades del mar Egeo. Como otros muchos asentamientos de la Antigüedad, Éfeso no fue fundada, sino más bien rebautizada: Apasa se llamó primeramente, o al menos hasta donde los testimonios históricos alcanzan a informar —el registro arqueológico echa la mirada hasta el Neolítico—, mientras fue capital del reino hitita de Arzawa —siglo XIV a. C.—. En el amanecer mítico de Éfeso, se puede creer que la ciudad fue establecida por las Amazonas o bien por el rey Androloco. En cambio la historiografía dicta que la presencia griega comenzó en el período micénico (1500–1400 a. C.), con la llegada a Asia Menor de los aqueos. Siglos más tarde, s. VI a. C., los griegos, tanto los jónicos como los eolios, serían sometidos por el reinado de Lidia, después por los persas para ser parte del imperio aqueménida, y enseguida recuperada por los griegos del otro lado del mar, para ser incorporada a la Liga de Delos, aunque apenas unas décadas porque luego sería recuperada otra vez por los persas, a quienes expulsó Alejandro Magno —él entró a la ciudad en 334 a. C.—, para integrar la polis al imperio macedonio. Continuaría varios siglos en el mundo helenístico, primero, bajo el control seleúcida y después ptolemaico. Pasó entonces con Éfeso lo que correspondía: fue posesión del imperio romano. En 262 fue invadida por los fieros godos y casi destruida por completo. Reconstruida, Éfeso sería luego bizantina y posteriormente otomana —entonces hasta cambió de nombre: Ayaslug—… Hoy se encuentra en la República de Turquía, en la provincia de Esmirna. Pues según Platón, Heráclito de Éfeso declaró que “no se puede entrar dos veces en el mismo río” (Crátilo, 402a), aunque al parecer lo que escribió el Oscuro fue lo siguiente: “en los mismos ríos entramos y no entramos, [pues] somos y no somos [los mismos]”. Ambas versiones vienen a cuento: uno no puede deambular dos veces por la misma ciudad…, porque uno no permanece el mismo y porque la ciudad cambia, y aunque no cambiara sería distinta por el puro hecho de que quienes la habitan y transitan no paran de mutar. La ciudad, cualquier ciudad, dejará de existir como la conocemos…, ineludiblemente.