Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.

sábado, 19 de mayo de 2018

Prerrogativas del presente: salud


The most poetical thing in the world is not being sick.
G.K. Chesterton, The Man Who Was Thursday: A Nightmare.

Carlos fue hijo de un brujense al que le decían el Hermoso y de una toledana apodada la Loca, ambos de alcurnia: Felipe Archiduque de Austria y Juana I de Castilla. Como tú, como yo, como todos, el niño llegó al mundo desnudo, pero con títulos reales bajo el brazo: nomás de bienvenida, lo hicieron Conde de Flandes. Francisco López de Gómara —el mismo a quien tanto debe la memoria de Hernán Cortés, conquistador de México Tenochtitlán— narra que cuando Carlitos nació, Alejandro VI, el Borgia, despachaba como Sumo Pontífice —“quien celebró jubileo con pocos peregrinos, a causa de [la] guerra y [las] pestilencias…”—; Maximiliano I de Habsburgo, el abuelo paterno del crío, era soberano del Sacro Imperio Romano Germánico —“floreciendo entonces en Alemania las letras y la cristiandad, la que ha perdido casi del todo después de Lutero…”—; mientras que “reinaba[n] en Castilla y en Aragón los Católicos Reyes don Fernando y doña Isabel”, abuelos maternos del aludido churumbel (Anales del Emperador Carlos Quinto; c. 1557-1558). Dadas sus circunstancias de tiempo y espacio, y por herencia, azar y habilidades propias, a Carlos le alcanzaría la vida para ser llamado el César y Su Sacra Cesárea Católica Real Majestad. Esto fue porque logró enseñorearse de las dos enormes organizaciones políticas que regenteaban las familias de sus progenitores. Para que le tocara a Carlos ser el primero en encarnar en una sola persona las coronas de Castilla y Aragón, tuvieron que morir prematuramente cinco príncipes y princesas que le antecedían en derechos sucesorios. Además, fue necesaria la presunta demencia de su madre, o quizá su cordura para hacerse a un lado; como haya sido, a los 17 años se convirtió en Carlos I, Hispaniarum Rex, y cuatro años después también en Carlos V, Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Carlos se converiría así en el último Emperador de Occidente, en el monarca de la cristiandad con el territorio más extenso jamás alcanzado hasta entonces: su reinado abarcaría buena parte de Europa y también todos los territorios ultramarinos conquistados por los españoles, tanto en el norte de África como en el Nuevo Mundo. Pues bien, ¿sabes en dónde nació Carlos, uno de los hombres más poderosos y acaudalados de todos los tiempos?

Carlos V nació en un retrete. El hecho ocurrió en Flandes, en el burgo de Gante, a unos 40 kilómetros al suroeste de Brujas. Avanzaba la madrugada del 25 de febrero, día de San Matías, del año 1500, y sus padres andaban de juerga, en un baile que se celebraba en el Prinsenhof, el palacio de la Corte de los Príncipes. Ha llegado hasta nuestro tiempo el chisme que dice que, a pesar de estar ya en los últimos días del embarazo, la celosa Juana no quería dejar a solas a su apuesto marido, y por eso seguía en el convite cuando, pasadas las tres de la madrugada, sintió cierto malestar, el cual, suponiendo que su origen era digestivo, quiso aliviar en el evacuadero… Para allá se encaminó y minutos después, sin ayuda ni testigos, parió a su primer hijo varón… La reina Isabel fue enterada pocos días después del suceso, y ella apostilló la noticia aventurando una profecía para su nieto recién nacido:

 — Este será el que se lleve las suertes…

Lo fue, en principio porque sobrevivió la insalubre coyuntura de haber sido alumbrado en las asquerosidades de un retrete, de haber llegado al mundo entre inmundicias… De por sí, en condiciones normales de parto, la mortalidad infantil entonces era elevadísima, con tasas próximas al 250 por millar, uno de cada cuatro bebés no llegaba a los cinco años de edad.

Obviemos todo lo que le sucedió a Su Majestad don Carlos entre los dos extremos de su biografía, y vayamos al remate de su eximia vida. El episodio fatal tendrá lugar en el monasterio Yuste, en Extremadura. El hombre estaba decrépito, había abdicado tres años antes, y su organismo “era todo un proceso irreversible de ruina”. Para entonces, por la gota, era tullido, incapaz de andar y casi impedido de manipular con las manos. El primer ataque lo había sufrido a los 28 años, y a lo largo de los siguientes contó “otros dieciséis ramalazos…, cada vez más dolorosos”, en una época en la cual no había ningún tipo de anestesia y los escasísimos remedios analgésicos eran de efectos muy pobres. “¡Duéleme harto!”, se quejaba el desdichado. Además, sufría de hemorroides, y “su falta de dientes le impedía masticar, lo que le provocaba muy laboriosas digestiones”. Con todo, no falleció a causa de la gota ni de sus males intestinales: a Carlos V lo mató un mosquito.

Intensos dolores de cabeza, pesadez, sed, fiebre, escalosfríos, temblorina, delirio… “Eran las fiebres palúdicas que acabarían con su vida. Para ayudar al doctor Mathys acudió desde Valladolid otro antiguo médico del Emperador… Por desgracia, el remedio que le aplicaron fue el tan habitual de la época como demoledor: las sangrías… Carlos V fue debilitándose más y más. Las calenturas arrecian… Poco a poco el enfermo deja paso al moribundo…” (Manuel Fernández Álvarez, Carlos V, el César y el Hombre). Por fin, Carlos murió un 21 de septiembre, día de San Mateo, a la edad de 58 años.

Actualmente, en el país en donde se encuentra Gante, Bélgica, la tasa de mortalidad infantil es de 3.4, la esperanza de vida al nacer alcanza los 81 años, y en cualquier farmacia se pueden conseguir potentes analgésicos especiales para atenuar los dolores causados por la gota, así como medicamentos para curar el paludismo (artemisinina).

sábado, 12 de mayo de 2018

Mentiras y convicciones

Convictions are more dangerous foes of truth than lies.

Friedrich Nietzsche





Si viene usted a contarme que Jorge Bergoglio, mejor conocido como Francisco I, máximo jerarca de la Iglesia católica, hace unos días exigió públicamente que se prohibiera a López Obrador seguir usando su nombre para conseguir votos, y que además declaró que él no podría venir a ayudar a resolver el problema de la violencia en México, antes de mandarlo al diablo —no al Papa, no al Peje, no al país, a usted—, lo primero que yo trataría de averiguar es si usted sabe o no que lo que afirma jamás ha sucedido en la realidad concreta. Yo sé que lo que usted profiere es una mentira, en tanto “cosa que no es verdad” (segunda acepción del vocablo, según la RAE), pero a partir de ello sería equivocado concluir en automático que está mintiendo. ¿Por qué? Porque si usted vio el video que circula por ahí en el que se observa y escucha al Sumo Pontífice decir lo que usted relata, y no se percató de que aquello no era más que un emplaste de sonido, o en otras palabras, si usted no tiene duda acerca de la veracidad de lo que vio y oyó, entonces no estaría viniéndome a quitar el tiempo con una “expresión contraria a lo que sabe, piensa o siente” (primera acepción). Ciertamente, no siempre que se dice algo que no es verdad se miente. ¿O dirían ustedes que si le preguntamos a un infante de cinco años quién le regaló la pelota con la que está jugando, y él responde que fueron los Reyes Magos, el niño miente? ¿Sostendrían que han mentido todos los papas de la historia que han sostenido que los humanos estamos hechos a imagen y semejanza de Dios? Claro, volviendo al caso que nos ocupa, que usted no esté mintiendo cuando propaga que el Papa anda enojado con el Peje no lo eximiría de ser un agente de falsedades y confusión.



La semana pasada el columnista Raymundo Rivapalacio escribió que “en el mundo” se cataloga a AMLO como populista: “La realidad es que así se le cataloga en el mundo” —si bien el enunciado no explicita que la mayoría etiquete así al candidato, eso se entiende, porque si no la afirmación tendría tanta precisión como escribir “La realidad es que en el mundo se cree que la Tierra es plana”, para expresar que hay algunos despistados que eso piensan—. ¿Se cataloga pues en el mundo a López Obrador como populista? Una pequeña acotación demográfica muestra que no, y que, en el mejor de los casos, se cataloga al Peje como populista en lo que Rivapalacio cree que es el mundo. Me temo que a la enorme mayoría de los chinos e indios el tabasqueño y su presunto populismo le tiene sin cuidado, y en China e India viven tres de cada cinco habitantes del planeta. Demos por cierto que los gringos, los brasileños, los rusos y los japoneses piensan que el de Macuspana es populista, si aceptamos que, además de en China e India, en Indonesia, Pakistán, Nigeria, Bangladesh, Filipinas, Egipto y Etiopía el asunto les tiene sin el menor cuidado, resulta que al menos en la mitad del mundo no se cataloga a AMLO de populista. Por otra parte, el problema no es tanto que se le etiquete o no de populista, el problema es qué contenido se le asigna al concepto. Por ejemplo, aquí nomás cruzando la frontera, hace algún tiempo, todavía siendo presidente de su país, Obama enmendó la plana a Peña —quien, con ánimo de golpetear al de Morena, había echado pestes al populismo—, y dijo: “me preocupa la gente…, me preocupan los pobres, supongo que eso me hace un populista”. Sirva lo anterior para apuntar que no estoy de acuerdo con el juicio de Rivapalacio…, pero de eso a decir que miente… Pues no.



El 5 de marzo el candidato panista Ricardo Anaya amenazó que si gana meterá a la cárcel a Peña Nieto. Semanas después, el 27 de abril, en reunión con consejeros de Citibanamex, declaró: “… nuestra coalición es la única que le puede ganar a Andrés Manuel López Obrador. Entonces, yo lo que espero es que haya sensatez, que nos podamos sentar a la mesa a construir. Durante los próximos 65 días que quedan de campaña no me voy a ocupar de andar peleando con el PRI, me voy a ocupar de contrastar con López Obrador, que es a quien tenemos que ganar esta elección…” Luego Leonardo Curzio le preguntó si pediría una cita con Peña para decirle: “A ver, señor, estamos discutiendo el futuro del país, y aquí hay un conjunto de reformas, frente a un señor que no quiere esas reformas. ¿Tú esa cita se la pedirías y hablarías directamente con él?” Anaya doró un poco la píldora, pero al fin respondió: “Yo estoy absolutamente abierto a construir con quienes haya que construir para ganar esta elección…” Curzio quiso rematar: “¿Entonces existe esa posibilidad?” A lo que Anaya respondió: “Digamos que sí”. Como estas palabras las pronunció luego de bajar el micrófono y se escucharon tenuemente, Curzio las repitió riendo: “Digamos que sí”. Todo quedó registrado en notas periodísticas y en un video que pronto se viralizó… Lo curioso fue la reacción de muchos de los correligionarios del panista, quienes negaron que su candidato hubiera abierto la posibilidad de pactar con el PRI —días después Anaya ratificó y negó enfáticamente cualquier posibilidad de alianza; tuvo que hacerlo precisamente porque mucha gente leyó y vió lo que había dicho—. ¿Mintieron o el hecho chocó contra sus convicciones y sencillamente se disipó en la nada?

sábado, 5 de mayo de 2018

Palabras bastardas

Ideology is strong exactly because it is no longer experienced as ideology… We feel free because we lack the very language to articulate our unfreedom.
Slavoj Žižek, In Defense of Lost Causes.


Abundan palabras que, a fuerza de su constante utilización desacertada, ya mutaron de significado. Botón de muestra: bizarro. La gente la emplea como sinónimo de raro o extraño, e incluso de perverso:

— Vi a la Tatis Anaya besándose con un empleado de su tienda.

— ¡Uy, qué bizarro! —opinará la confidente, con lo cual querrá expresar no que el asalariado besucón sea valiente o generoso, es decir, lo que según la RAE significa el adjetivo, sino que la escena le resulta extravagante, extraña, y no precisamente en un sentido loable. El yerro llegó del norte, porque la palabra bizarre en inglés significa, además de valiente (brave), “extraño en forma o apariencia; fantástico; caprichoso; extravagante; grotesco” (traduzco del Webster).



Pululan también palabras sistemáticamente mal empleadas. Por ejemplo, el abuso de literal, no tanto como adjetivo sino como apócope del adverbio correspondiente (literalmente) cunde:

—El lic Luismi de Financieros me mandó a freír espárragos –se queja la señorita Lana, y remata:–, ¡literal!

Si su interlocutor quiere esclarecer la naturaleza de la acusación, entonces debería cuestionar si el licenciado aquel profirió exactamente la misma frase, vocablo a vocablo, o si bien, con esas u otras palabras, le pidió a la dama que se encargara de saltear algunos turiones de la mencionada planta herbácea perenne. Sin embargo, no sería muy recomendable que preguntara: de hacerlo, la aludida señorita seguramente no entendería nada y pondría ojos de plato —no literal, claro, sino figurativamente hablando—, porque lo que ella reclama es que la mandaron a volar, y no literalmente. O sea: ella empleó literal(mente) como su antónimo. 


Hay también algunas palabras a las que, en un momento dado, muchas buenas personas, catapultas por los decires de actores públicos y opinólogos, pueden otorgar un sentido lo suficientemente laxo que termina por destruir toda su riqueza conceptual.

— ¡¿Viste que López Obrador se fue del debate sin despedirse de los demás candidatos?!

— Sí, hombre… Y ellos y ella tan ambles que se mostraron con él durante todo el numerito…

— ¡No seas irónico! Su comportamiento resulta muy preocupante: ¡se vio bien absolutista!

Como para sacar el Diccionario de Ciencias Jurídicas, Políticas y Sociales de Ossorio: — ¿Absolutista? ¿Te refieres al tipo de monarquía en el que el rey estaba por encima de la ley (legibus solutus), puesto que él mismo era la fuente de la que aquella emanaba? ¿Así…, nomás por salirse rapidito?

O quizá ponerse más precisos y citar a Perry Anderson (El Estado absolutista): — ¿Quieres decir que el domingo en el Palacio de Minería el Peje encarnó, nomás por berrinchudo, al “primer sistema estatal internacional en el mundo moderno”? 


También hay conceptos a los que su uso ideológico los ha hecho monstruosos y ahora andan por ahí como poseídos, como si se los hubiera chupado el diablo… Ejemplo: sociedad civil.

El miércoles por la noche, Emilio Álvarez Icaza tuiteó: “AMLO advierte que de ganar las elecciones, ‘no permitirá que el nombramiento del Fiscal Anticorrupción quede en manos de representates de la sociedad civil’. Grave: estamos ante una postura regresiva contraria a la agenda democrática en México”.

A botepronto, contesté, también vía Twitter: “¿El Congreso no es el órgano de representación de la sociedad civil? Tu mensaje es muy mañoso, Emilio; no dices que AMLO propone que sea el Congreso el que seleccione al Fiscal de una terna propuesta por el presidente de la República, quien, a su vez, será elegido por la sociedad civil”.

¿Qué me replicó Álvarez Icaza? Nada, por supuesto —¿podría reclamar que ahora que él es parte de una coalición de partidos políticos no atienda a un simple ciudadano?—. En cambio sí lo hizo, y muy amablemente, Miguel de la Vega Arévalo (@mig_delavega), consultor de organizaciones de la sociedad civil: “La sociedad civil organizada es el espacio de acción pública de los ciudadanos, espacios democráticos para la gobernanza. No niega el Congreso, equilibra poderes con iniciativas ciudadanas”.

A lo cual yo respondí: “OK, de acuerdo. ¿Consideras que organizaciones como Ahora o cualquier otra tengan mayor representación que el Congreso?” [Me refería, a la organización impulsada por Emilio Álvarez].

Miguel Ángel siguió dialogando: “Para nada, ninguna OSC debe existir para representar a nadie en el Congreso. Existen por el derecho humano de la libertad de asociación. Un medio para dar a todo ciudadano voz directa y plural en lo que es interés de todos. Su valor es inmenso para el marco democrático”.

Estuve a punto de rezongar que la voz directa la tiene cualquiera, incluso siendo mudo…, pero el intercambio era serio y propositivo, así que tecleé: “Sería políticamente incorrecto decirte que no estoy de acuerdo… Pero al menos permite que diga que ‘su valor es inmenso para el marco democrático’, más allá de su fuerza retórica, que la tiene, es impreciso”.

Miguel Ángel tomó al toro por los cuernos: “Precisemos entonces. La sociedad civil ha demostrado ser actor relevante en muchos casos para consolidar democracias. Fuera de partidos políticos y gobierno, es una puertaa de acción pública ciudadana para el avance de derechos, de ahí su valor. Aquí y en el mundo”.

¡Albricias! Justo aquí quería llegar: “Por favor lee lo que acabas de escribir: ‘La sociedad civil ha demostrado ser actor relevante en muchos casos para consolidar democracias’. ¡No en muchos casos, en todos! Sin sociedad civil no hay democracia”.

“Totalmente de acuerdo”, concedió Miguel Ángel.

“Luego entonces, el problema es cuando hay determinadas personas y grupos de la sociedad civil que se presentan como La sociedad civil… De ahí ‘la desconfianza del Peje’”.

Sirva el anterior pinponeo para subrayar la conclusión que, ahora, espero parezca boba: ninguna organización de la sociedad civil —lo que llaman sociedad civil— es la sociedad civil.

sábado, 28 de abril de 2018

Stay woke, bitches!

BuzzFeed publicó la semana pasada un video perturbador. 72 segundos. Barack Obama a cuadro: “Estamos entrando en una época en la que nuestros enemigos pueden hacer parecer que cualquier persona ha dicho cualquier cosa en cualquier momento, sin que lo haya dicho. Por ejemplo, pueden hacer que yo diga cosas como…, no sé, ‘Killmonger tenía razón’… o… ‘Ben Carson está en el lugar hundido’… o, qué tal esto: ‘El presidente Trump es una mierda absoluta”. Aunque de las tres afirmaciones seguramente la primera sea la más escandalosa —Killmonger es un supervillano, el antagonista de Pantera Negra—, resulta sorprendente que el expresidente de Estados Unidos externe así como así una opinión de ese calibre —por lo demás predecible— respecto al troglodita mitómano que actualmente despacha en la Casa Blanca. Sigue el video: “Ahora bien, verán, yo nunca diría esas cosas. Al menos no en público. Pero alguien más podría hacerlo, alguien como… Jordan Peele…” Entonces la pantalla se divide en dos: a la izquierda permanece Obama hablando y del lado derecho aparece el susodicho, el comediante, director y guionista Jordan H. Peele… El mensaje continúa y entonces se evidencia que no es el exmandatario el que está hablando, sino una emulación digital, un Obama fake… “Esta es una época peligrosa. Para avanzar, necesitamos ser más cuidadosos respecto a los contenidos de Internet en los que confiamos. Ya va siendo hora de que atendamos nuevas fuentes”. El video —una producción de Jared Sosa y Monkeypaw, escrito por el propio Peele, ganador del Óscar 2018 al mejor guión original, por Get out— termina con una fuerte advertencia: “De cómo sobrevivamos la era de la información dependerá si nos convertimos o no en algún tipo de jodida distopía. Pónganse vivas, perras”.

https://youtu.be/cQ54GDm1eL0

De entrada, la travesura de Peele —hacer de Obama un pelele virtual— me pareció inquietante, quizá porque de inmediato se me ocurrieron varias posibles trastadas de unos contra otros aquí en México: podrían salir algunos que también echen mano de After Effects y Fakeapp, software públicamente accesible, para realizar un video en el que, pongamos, un émulo informático de López Obrador confiese que, en realidad, no son los rusos quienes lo apoyan por abajo del agua, sino el mismísimo Donald Trump, quien le paga para que Morena balcanice el país…: “Cuando yo gane, me voy a quedar con Tabajco y los gringos se quedarán con el norte, ¡ja, ja, ja!” Imagínenlo… ¿Qué impacto tendría? Más allá de que lo odien más feo los que ya lo detestan, aventuro que no haría mella alguna entre los partidarios del Peje. Lo mismo pasaría si Anaya apareciera en un videíto de Facebook revelando que, efectivamente, el negocio de la bodega en Querétaro fue un asunto de lavado… Mientras que las personas que ya lo aborrecen lo abominarían todavía con más ganas, creo que la gran mayoría de la gente que conforma el voto duro del panista/frentista ni así cambiaría de opinión. ¿Y qué tal que alguien produjera un video en el cual un Meade fake saliera a pedir asilo?: “La amnistía que ha ofrecido Andrés Manuel y su dicho en el sentido de que no meterá a la cárcel al presidente Peña me han hecho reflexionar… Dadas las tendencias y ya que yo ni siquiera soy priísta, hoy anuncio dos cosas: mi declinación a la candidatura y mi apoyo a Morena. Sonrían: vamos a ganar”. Igual, no pasaría de que los priístas de cepa pidieran línea a sus jefes: ¿Y ‘ora, licenciado, pa´dónde jalamos?



¿Por qué? Afortunadamente, algunos teóricos que pueden darnos luz… C. Thi Nguyen, profesor de Filosofía en la Universidad del Valle de Utah, explica en un ensayo publicado hace unos días en Aeon: “No es sólo que diferentes personas estén llegando a conclusiones totalmente distintas a partir de la misma evidencia” (ejemplazo local: la entrevista colectiva a AMLO en MilenioTV: para los propejes que la vieron el tabasqueño le puso una sacrosanta bailada a un hatajo de periodistas chayoteros, en tanto que para los pejefóbicos el mismo evento fue una prueba fehaciente de la ignorancia y testarudez del candidato). “Pareciera que las diferentes comunidades intelectuales ya no comparten las mismas creencias fundacionales. Tal vez a nadie le importe más la verdad… Tal vez la lealtad política ha reemplazado las habilidades básicas de pensamiento”. En buena medida, esta catastrófica situación puede explicarse por el desgarramiento del tejido social, aparejado del surgimiento de estructuras comunitarias en las que se excluyen sistemáticamente determinadas fuentes de información, y al interior de las que, en contra parte, se exagera en la confianza que se tiene en los juicios de sus propios miembros. El fenómeno presenta al menos dos caras: echo chambers (cámaras de eco) y epistemic bubble (burbujas epistémicas). En el primer caso, se trata de la situación comunicacional en la que la gente ya no escucha a los del otro bando; en el segundo, la gente no confía en nada de lo que dicen los contrarios.

De por sí ya es cosa de la condición humana eso de solamente ver lo que queremos ver —y viceversa: no ver lo que no queremos ver—, así que ahora con la segmentación ya no de audiencias sino de cosmovisiones, resulta que no es necesario timar a nadie con espantapájaros y peleles virtuales…, ¿para qué? Todo indica que la mayor parte de la gente hoy por hoy tiene el ánimo ocupado más por el enojo. Además, resulta muy difícil, desde lo grotesco, dar risa y espantar al mismo tiempo… Stay woke, bitches.

sábado, 21 de abril de 2018

Era agónica

… cada vez es más claro que el verdadero espejismo es
creer que las cosas podrán continuar tal como están.
Rana Dasgupta


Ventarrones de cambio atruenan por todo el planeta…, y no, no es el optimismo lo que campea… Se percibe inestabilidad por doquier, los chascos acechan, en cada rincón hay un monstruo listo para saltarnos encima… ¿Qué diantres está sucediendo?

La semana pasada The Guardian publicó un ensayo de abrumadora lucidez: The demise of the nation state (La desaparición del Estado Nación*). Su autor, el narrador y ensayista Rana Dasgupta, nació en Canterbury, Inglaterra (1971), estudió en Oxford y en Francia, y vive desde 2001 en Delhi. Echando mano del modelo de Los Cuentos de Canterbury de Chaucer (1400), escribió Tokyo Cancelled (HarperCollins, 2005): trece pasajeros atrapados en un aeropuerto narran sendos relatos, prismas del orbe globalizado. Cinco años después ganó el prestigiadísimo Commonwealth Writers’ Prize for Best Book por su primera novela, Solo (HarperCollins, 2009). Además, publicó el ensayo Capital: A Portrait of Twenty-First-Century Delhi (Canongate, 2014), un inteligente retablo de las fuerzas socioeconómicas internacionales que se entrecruzan la ciudad india.

En su ensayo para The Guardian, Rana Dasgupta sostiene que, con la obsolescencia irremediable del agente político que ha dominado la historia del mundo durante casi cinco siglos, el Estado Nación, estamos transitando la agonía de una gran era —cuyo inicio, según el autor, se remonta a 1648, con la Paz de Westfalia—. Con Trump, en Estados Unidos diariamente son superadas “las fantasías de los novelistas y comediantes más absurdos”; Europa vive, uno tras otro, momentos de colapso del status quo, por no mencionar las situaciones de national nervous breakdown que han significado eventos como el Brexit y el movimiento autonomista de Cataluña. “Postración, desesperanza, el descenso de la efectividad de las viejas formas: estos son los temas de la política en todo el mundo. Por ello, las ‘soluciones’ enérgicas, autoritarias son actualmente tan populares: la distracción bélica (Rusia, Turquía); la ‘purificación’ étnico-religiosa (India, Hungría, Myanmar); el embarnecimiento de los poderes presidenciales y el correspondiente deterioro de los derechos civiles y el Estado de derecho (China, Ruanda, Venezuela, Tailandia, Filipinas…)”. Todo esto ocurre, por supuesto, al interior de los países, y se observa como asuntos locales, entramados por separado en cada historia nacional. Es por ello que descuidamos sus paralelismos. “Cuando hablamos de ‘política’, nos referimos a lo que sucede dentro de los Estados soberanos; todo lo demás es ‘asuntos exteriores’ o ‘relaciones internacionales’, incluso en esta era de integración financiera y tecnológica global. Podemos comprar los mismos productos en todos los países del mundo, todos podemos usar Google y Facebook, pero la vida política, curiosamente, está hecha de material aislado y se mantiene la antigua fe en las fronteras”. ¿Y la dichosa globalización? Todos los países están sometidos a sus fuertes presiones, las mismas que están desarticulando la vida política al interior de todas las fronteras: lo que pasa en los ámbitos nacionales no es un fenómeno aislado porque lo mismo está sucediendo en todos lados. Aquí y allá, puede constatarse el desfallecimiento del Estado Nación: “su incapacidad para resistir las fuerzas compensatorias del siglo XXI y su calamitosa pérdida de influencia… La autoridad política nacional está en declive y, dado que no conocemos otro tipo, esto parece el fin del mundo”. Más todavía: ningún país va a poder ni sustraerse del desconcierto internacional ni superar por sí solo su particular versión de la decadencia.

¿Hay pues un germen patógeno genérico? “En resumen, las estructuras políticas del siglo XX se están ahogando en el océano del siglo XXI de finanzas desreguladas, tecnologías autónomas, militancia religiosa y creciente rivalidad entre las grandes potencias”. Leo y considero que el planteamiento general de Rana Dasgupta empata, desde la perspectiva de la Ciencia Política, con la tesis que defiende, desde la perspectiva de la Economía, Wolfgang Streeck —director emérito del Instituto Max Planck para el estudio de las sociedades— en su libro How Will Capitalism End? (Verso Books, 2016). Mientras que el británico-indio afirma que “el fracaso actual de la autoridad política nacional, después de todo, deriva en gran medida de la pérdida de control sobre los flujos de dinero”, el sociólogo alemán sostiene que el capitalismo no se reduce a gente luchando por obtener ganancias, sino que ha sido también el orden sociopolítico que soporta dicha dinámica económica: “cierta gobernanza, ciertos mecanismos de contención, el corazón social del sistema que se hace responsable de las necesidades de la gente que provee de legitimidad a la organización capitalista de la economía”. Todo eso es lo que está colapsando: el sistema ha ido dinamitando las instituciones que lo autorregulaban, sobre todo, concuerda Streeck, en el contexto del proceso de globalización de los últimos años. Sin ideal de progreso, en tanto oferta y voluntad de desarrollo espiritual y material tanto de los ciudadanos como del país, el poder público se ha ido quedando sin su adjetivo y se sabotea a sí mismo: “el retiro de esta promesa moral en las últimas cuatro décadas ha sido un evento metafísico demoledor…, y ha dejado a la gente hurgando en busca de nuevas cosas en qué creer”. De ese tamaño. Y por eso, Rana Dasgupta reitera que el acabóse no sólo es un asunto de dólares y algoritmos: la debacle del Estado Nación “no es un evento meramente ‘económico’ o ‘tecnológico’. Es un trastorno de la época, que deja a la población destrozada y sin recursos”.

Sorprendentemente, el ensayo cierra dejando ver una luz de esperanza, y no una pequeña ventanita… ¿Cuál? Léan el ensayo, de verdad es un texto extraordinario: The demise of the nation state.


* La traducción del inglés al español es mi responsabilidad.

sábado, 14 de abril de 2018

Frágil realidad


Lo que llamamos realidad es el resultado de la comunicación.
Paul Watzlawick


Boiling frog

Vibra el cel. Es Inés.
— ¿Qué crees? –anda en la calle. Me llama desde una gasolinera. Cosa rara, rarísima, hoy tuvo que usar el auto. Hace ya casi dos meses que no le ponemos combustible— Pedí que le cargaran treinta litros, ¡¿y sabes cuánto fue?! –está furiosa, colérica:– ¡Casi seiscientos pesos, carajo!
 — Pues sí, claro; prácticamente veinte pesos el litro… 
 — ¡Pero no puede ser! ¿Cómo le hace la gente que tiene que usar diario el maldito coche? ¿Cómo se atreven a seguir defendiendo su pinche Reforma?
— … –no sé, no contesto.
— ¡¿Por qué no estamos furiosos todos?!
— …

Coja usted una ranita y échela a un perol con agua caliente: el batracio va a saltar ipso facto. Pero ponga al mismo animalejo en el mismo perol con agua a temperatura ambiente, luego encienda el fuego, bajito, muy bajito…: el anfibio permanecerá ahí mientras el agua llega poco a poco a punto de ebullición: así podrá usted cocinarla viva.


Creeping normality

Hace poco, en un texto para Animal político, Carolina Torreblanca y Pepe Merino se planteaban: “Si alguien le pregunta ‘¿cuántos feminicidios hay en México?’, la única respuesta honesta que usted puede dar es ‘no sé’. Nadie puede saberlo, ni usted, ni el gobernador de su estado, ni el secretario de Gobernación, ni el Procurador General, ni nosotras. Nadie. No existe información suficiente para distinguir con certeza entre el homicidio de una mujer y un feminicidio”. Párrafos más adelante, aventuraban: “Usando nuestra propia estimación, calculamos que al menos 8 mil 913 mujeres en México han sido asesinadas simplemente por ser mujeres entre 2004 y 2016; un promedio de 686 mujeres al año, 57 al mes, casi dos al día”. Según la ONU, durante los últimos diez años han sido asesinadas cerca de 24 mil mujeres; de acuerdo con este organismo, ocurren siete feminicidios al día en nuestro país. No importa que los números sean imprecisos, la barbarie a la que hemos llegado es contundente. Antier, un grupo de estudiantes, menos de un centenar, se reunieron en el jardín de la facultad de Arquitectura de la UNAM, para protestar por el homicidio de Sol Cifuentes y de su madre, Graciela María de la Luz Cifuentes, alumna y docente de dicha institución. Fueron asesinadas el 15 de marzo pasado en su propia casa, en la colonia Santa Rosa Xohiac, en la Ciudad de México: golpeadas, acuchilladas, estranguladas y calcinadas. Sol además fue violada. No hay un solo detenido. Además de sus compañeras en CU, nadie más está protestando. La atrocidad se instalado en la normalidad.

El polifacético científico bostoniano Jared Diamond (1937) ha explicado cómo en apenas unos cuantos siglos, la gente de la Isla de Pascua —“el pedazo de tierra habitable más aislado del mundo”— aniquiló el bosque de palmeras, provocando así la extinción de plantas y animales, lo cual ocasionó que “su compleja sociedad colapsara, hasta llegar al caos y el canibalismo”. Diamond ha empleado el concepto creeping normality para describir una dinámica a lo largo de la cual algunos cambios dramáticos y profundos pueden inscribirse dentro de la normalidad cotidiana para la gente que los está viviendo, si ellos se suscitan de manera paulatina (“Easter's End”; en Discover; agosto, 1995).


Fake news

Alguien echó a volar un mensaje en eso que llamamos “redes sociales”. Una imagen voló por Twitter, youtube e Instagram, pero sobre todo a través de WhatsApp y Facebook. Arriba de una foto en la que se aprecia al Peje y a su esposa —atrás, entre ambos, también aparece Manuel Bartlett—, puede leerse en tres líneas: “Lo que no sabías de la esposa de AMLO / Beatriz Gutiérrez Müller”, y al calce de la fotografía: “Nieta del general Heinrich Müller de la División de la SS y Criminal de Guerra Nazi, conocido como ‘Gestapo Müller”. Bueno, hay de dos: que el supuesto lazo sanguíneo sea cierto o no… ¿Y si lo fuera? ¿En qué convertiría a la señora ser nieta de un genocida? Y en dado caso, ¿cómo quedaría el candidato tabasqueño? En el blog de “Rosario Castellanos de Parker” —quien se presenta a sí misma como “Latino Writer, Journalism, Blogger, Human & Civil Rights Activist, Bilingual Communication”— la cuestión no se argumenta pero sí que se establece: debajo de una fotografía en la cual se ve caminar al temido Führer entre dos enormes filas de soldados nazis que portan estandartes con la suástica, y abajo, en letras negras: “Queremos llegar a estos extremos en México !!”, y a renglón seguido, ya en rojo: “Hitler… AMLO”.

 El viernes, Animal político dedicó una página a tirar el embuste: “Verificado.mx: Beatriz Gutiérrez Müller, esposa de López Obrador, no es nieta de un genocida nazi”. Después de señalar que la imagen/bulo arriba descrita aparece en la página de Facebook Amor por México —en la que por cierto yo jamás la encontré—, se informa: “… el abuelo materno es Adolfo Marcelo Müller Oliphant, no Heinrich Müller”. La nota es mucho más extensa; detalla la historia familiar de Beatriz Gutiérrez, y explica quién fue el nazi aludido, los rumores de que no había muerto en Berlin en 1945 sino que había escapado a Latinoamérica, los informes de la CIA al respecto, en fin… La cuestión es que el tamaño y calidad del trabajo es tal que no corresponde a la de la sandez que desmiente. Horas más tarde, por supuesto, varios periódicos y otros sitios noticiosos publicaban resúmenes de la refutación.

En su libro Fake news, Esteban Illades explica: “una controversia inexistente, pero difundida por todos los medios posibles, es suficiente para que cierta parte de la población dude de la verdad”.

domingo, 8 de abril de 2018

Fake news


A manera de epígrafe:

recuérdese aquella escena de Duck Soup (1933) en la que

Chico (Chicolini) vestido como Groucho Marx (Rufus T. Firefly)

sale debajo de la cama, y Margaret Dumont (Mrs. Teasdale)

al darse la vuelta y verlo le dice sorprendida:

— ¡Su Excelencia!, creí que se había usted ido.

— No, no me he ido.

— Pero lo vi salir con mis propios ojos.

— ¿Y a quién va usted a creerle, a mí o a sus propios ojos?





Cosa rara, hoy voy a recomendarles un libro útil*: Fake news, una nueva realidad, de Esteban Illades (Grijalbo, 2018), un ensayo en el que desde su título se expresa la tesis desarrollada a lo largo de poco más de 150 páginas: “La idea… es mostrar cómo la desinformación, que ha acelerado su paso con los años, ha aumentado desde 2015, cuando Donald Trump anunció su intención de buscar la candidatura del Partido Republicano… Fake news… Una expresión que nos dice que la realidad, en el siglo XXI, se está volviendo falsa.”


¿Un libro útil para quién? De entrada, para todos los maestros y estudiantes del montón de licenciaturas y posgrados de Comunicación que plagan las universidades del país, para quienes que se dedican al periodismo y a la mercadotecnia, para los estudiosos de la Sociología y la Psicología, pero también para politólogos e internacionalistas… En suma, un texto que va a resultar provechoso para cualquier profesional de las disciplinas sociales… Pero no quiero dejar una impresión errónea: si bien se trata de un texto estructurado de manera lógica, pertinentemente documentado, bien escrito y que ofrece explicaciones racionales, no es un trabajo académico; de hecho, estoy seguro que puede procurar valiosas herramientas de entendimiento a ese enorme colectivo que llamábamos el público en general. ¿Tanto?
Bueno, mire, importando poco si usted es abarrotero, bioquímica, ama de casa o músico, poeta o nini, esforzado taquero o candidato plurinominal a las miles del fuero, si usted es de esas personas a las que nomás no le cabe en la cabeza cómo pudo ser que los gringos hayan elegido como su presidente a un megalómano y mega-anómalo, narcisista, bocazas, gárrulo, patán, soez e incivil, zafio, golfo, vulgar, altanero, grotesco y ridículo, chabacano, desvergonzado, macarra, bravucón y pendenciero, depravado, sexista, machista, homófobo, racista, clasista, chovinista, retrógrado y prejuiciado, alevoso, fullero, autoritario, vil, pero sobre todo mitómano desbocado como Donald Trump, entonces el libro de Illades le va a servir. También le vendría bien la lectura de Fake news —el libro, quiero decir— si usted —youtubera con ansias de influencer, adicto al Face o simple ciudadano pasmado ante la creciente desfachatez con que ahora los políticos mienten—  no comprende cómo fue posible que los ingleses decidieran democráticamente echar reversa histórica y salirse de la Unión Europea. Recomiendo el libro no solamente a quienes perciban que el mundo está cambiando demasiado rápido y por lo mismo no lo alcanzan a entenderlo, también —y quizá más— a los inconscientes que se mueven muy impasibles creyendo que las cosas han sido siempre así, o máso, y que no hay nada de qué sorprenderse. Queda claro, ¿no? El texto de Esteban Illades es una guía efectiva para hallarle algunos hilos a la madeja en la que hoy vivimos, así que no insistiré en que se trata de una lectura obligada —más aún después del escándalo de Cambridge Analytica y Facebook, y sobre todo aquí en México, a partir del Jueves Santo, día en el que Channel 4 News dio a conocer que la compañía inglesa anduvo en tratos con el PRI—.


Además de una introducción y un epílogo, Fake news, una nueva realidad se compone de tres apartados. En el primero de ellos, “Un nuevo mundo”, el autor trama una narrativa que ordena la serie de eventos que a lo largo de los últimos tres años ha trastocado totalmente el fenómeno antes conocido como “realidad mediatizada”: el bombazo de Wikileaks al Partido Demócrata; el gobierno ruso, sus hackers y la FSB —sucesora de la KGB—; el ascenso mediático de Alex Jones, sus teorías de conspiración, Infowars y el Ttuther Movement; la historia de Breitbart y Bannon; el uso que ha dado el presidente Trump de su cuenta Twitter para distraer y confundir, Kellyanne Conway y los alternative facts En la segunda parte, Fake news en acción”, Esteban Illades muestra los usos de la mentira sistemática por parte del mandatario norteamericano, su relación con la televisión y el rol de Fox News, la nueva oferta cultural conocida como infotainment, y algunos ejemplos de las consecuencias de la propagación de mentiras a través de la mediósfera… —“una controversia inexistente, pero difundida por todos los medios posibles, es suficiente para que cierta parte de la población dude sobre la verdad”—. La última parte del libro, “En México se llaman noticias”, atiende la situación del negocio del periodismo noticioso en nuestro país. Arranca revisando el pasado reciente, desde el monopolio de la verdad en manos de los noticieros de Televisa, “obsecuentes con el poder”, los pocos casos que lograron algo fuera del redil gubernamental, la situación de la prensa escrita, y la polarización de la situación que hoy vivimos, en la cual la gente termina buscando las noticias que confirmen sus propias creencias —“sesgo de confirmación”— y apertrechada con los suyos en el autoengaño. Si bien el panorama que muestra el libro no es alentador, traza rutas para transitar por este nuevo mundo en donde la realidad se reduce cada día más a eso que cada quien ve diferente.

           



* … no suelo hacerlo porque usualmente comento obras literarias en este espacio, y una novela, por ejemplo, por muy buena que sea, resulta absolutamente inútil, toda vez que no es un medio para alcanzar algo más —ni siquiera una mejor comprensión del mundo—, sino un fin en sí mismo.

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