Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.

sábado, 17 de febrero de 2018

¡Ay, AI!

The mind is the effect, not the cause.
Daniel C. Dennett



Hace unos días se llevó a cabo el Foro Económico Mundial (WEF, por sus siglas en inglés). Indubitablemente me importa un bledo la inmensa mayoría de los supuestos acuerdos que surgieron durante este encuentro de gente monstruosamente adinerada —el execrable 1% de la población de todo el orbe, conformado por los más poderosos, según su propia narrativa— y los políticos que los representan. En cambio, encontré apasionante uno de los paneles de discusión que, como parte del Foro, se organizaron allá en Davos, Suiza…

El 25 de enero se llevó a cabo el diálogo “La evolución de la conciencia”. Amy Bernstein, editora en jefe de la Harvard Business Review, fue la encargada de templar el coloquio, en el que participaron Jodi Halpern, profesora de Bioética y Humanidades Médicas en la Universidad de Berkeley, California; Daniel C. Dennett, profesor de Filosofía en la Universidad de Tufts, y Yuval Noah Harari, profesor de Historia en la Universidad Hebrea de Jerusalén.


De entrada, la moderadora refirió que durante las jornadas del WEF se había podido percibir una fuerte corriente de esperanza desmedida en torno a las bondades de la Inteligencia Artificial (AI, por sus siglas en inglés), a la que, en suma, se ve como una panacea… Después de presentar a los panelistas, arrancó la sesión dando lectura a unas líneas que, según dijo, extrajo de un artículo difundido por la revista Wired, y que le provocaron pesadillas: “Incontables artilugios de AI están siendo fabricados y programados. No sólo serán cada vez más inteligentes, cada vez serán mejores que nosotros y nunca serán como nosotros”. Luego pidió comenzar por donde se debe, intentando establecer un piso conceptual… A ver, ¿qué diablos es la conciencia? Dennett —autor entre otras muchas otras obras de Consciousness Explained (1995) y de From Bacteria to Bach and Back: The Evolution of Minds (2017), su más reciente publicación— tiró a la mesa una aguda síntesis: la conciencia es “la capacidad de final abierto de representar tus propias representaciones, de reflexionar acerca de tus propias reflexiones; y es lo que nos da el poder de imaginar una serie de futuros posibles, a gran detalle, y pensar acerca de ellos”. Por su parte, Yuval Noah Harari —autor del extraordinario libro Sapiens: A Brief History of Humankind (2011)— afirmó que hoy día existe una confusión extendida: nos cuesta distinguir entre inteligencia y conciencia, especialmente cuando se habla de AI. “Inteligencia —discernió— es la habilidad de solucionar problemas”, mientras que “conciencia es la habilidad de sentir cosas, de tener experiencias subjetivas, como amor, odio, miedo, en fin”. El israelí explicó que “la confusión entre inteligencia y conciencia es comprensible porque en el caso de los seres humanos siempre están juntas. Nosotros solucionamos problemas a través de sentimientos, pero en las computadoras pueden presentarse de manera totalmente separada, de tal modo que podemos tener súper inteligencia sin absolutamente nada de conciencia”. Llegado su turno, la psiquiatra Jodi Halpern apuntó que a la gente poco le preocupa la distinción entre conciencia e inteligencia, y más bien se cuestiona por la definición del yo. Restó entonces importancia a las diferencias semánticas que pudieran tener entre los tres dialogantes, y prefirió plantear un dilema, el cual resultó lo suficientemente interesante y provocativo para colocarse desde ese momento en el centro del debate… Relató que ha impartido la cátedra de Ética de la Ciencia a nivel posgrado desde hace más de veinte años, y que siempre, desde que comenzó, les ha hecho la misma pregunta a todos sus alumnos: “Si tuvieras la posibilidad de implantarte un pequeño electrodo en el cerebro que pudiera tomar por ti las mejores decisiones existenciales —con quién casarte, tener o no tener hijos, a qué dedicarte en la vida…—, y asegurar así resultados felices y una mejor vida…, ¿te lo colocarías?” Contó que hacía apenas catorce días había planteado el mismo cuestionamiento a un grupo de jóvenes estudiantes, y el resultado fue el mismo desde que comenzó a realizar el sondeo: todos y cada uno de sus alumnos han contestado que no. Sorprendentemente, enseguida, la doctora Halpern dijo que después de haber investigado más y más acerca de lo que es realmente la AI, creía que sus alumnos están equivocados. “Pienso que yo sí optaría por la implantación del electrodo… Para tomar decisiones inteligentes confío en la AI; para entenderme y transformarme y relacionarme, no”.

No voy a continuar, por ahora, con lo que respondieron los sapientísimos Dennett y Harari. Quisiera anotar que mi respuesta al dilema no habría sido ni si ni no, quiero decir, no en primera instancia. Hubiera pedido opinión al dichoso electrodo; me lo hubiera colocado provisionalmente para preguntarle si me convendría su implantación definitiva, sí o no y por qué… Y claro, aquí se halla todo el meollo del dilema, me parece: el asunto no es tanto si la dichosa AI pueda determinar por nosotros la mejor opción, la cuestión estriba en si le cederemos o no la voluntad para actuar conforme a dicha decisión, y entonces la interrogante se multiplica al menos por dos: la incógnita no sólo es si será posible crear algún día un artefacto AI capaz de realizar dicha tarea —tomar las mejores decisiones existenciales por nosotros—, sino además si el ser humano podría ser modificado de manera tal que transfiera o entregue su voluntad a un ente autónomo, en este caso un electrodo…, porque, claro, a los humanos, las decisiones más inteligentes no son necesariamente las que más nos gustan.

sábado, 10 de febrero de 2018

¡Adiós, Nicanor!

Ni muy listo ni tonto de remate
Fui lo que fui: una mezcla
De vinagre y de aceite de comer
¡Un embutido de ángel y bestia!
Nicanor Parra, Epitafio.




Nicanor Parra llegó al mundo en otra época y falleció hace apenas unos días. Nació en un pueblito de la provincia chilena de Ñuble, San Fabián de Alico, en un año en el cual todavía existía el Imperio Otomano y a la guerra que entonces había comenzado aún nadie la llamaba Primera Guerra Mundial, 1914… Así que la aritmética dicta que el poeta murió con 103 años a cuestas… Afortunados, nosotros; él se nos fue dejando mucho… Por poemario de muestra pongamos Poemas y antipoemas, de 1954 —entonces Nicanor Segundo Parra Sandoval estaba por cumplir 40 años y previamente apenas había publicado un librito, Cancionero sin nombre (1937)—. En estricto desorden permítaseme traer a cuentas el último poema, Soliloquio del individuo, un artefactote textual que bien permite leerse como una Historia Universal, nada más ni nada menos… Arranca:

Yo soy el Individuo.
Primero viví en una roca
(Allí grabé algunas figuras).
Luego busqué un lugar más apropiado

Y uno —ese uno que soy yo— no puede evitar el recuerdo de la hermosa y sabia explicación que escribió Lewis Mumford —La ciudad en la historia (1961)— respecto al lugar de la cueva en la historia de los lugares humanos: “… la caverna le dio al hombre primitivo su primera concepción del espacio arquitectónico, su primero atisbo del poder de un recinto amurallado como medio para intensificar la receptividad espiritual y la exaltación emotiva… […]…  Pero más importante que su uso con fines domésticos fue la función que la caverna desempeñó en el arte y en el ritual”.

Yo soy el Individuo.
Primero tuve que procurarme alimentos,
Buscar peces, pájaros, buscar leña,
(Ya me preocuparía de los demás asuntos).
Hacer una fogata,
Leña, leña, dónde encontrar un poco de leña,
Algo de leña para hacer una fogata.

Y sigo espejeando con Mumford: “El primer requisito necesario para la existencia de una abundante provisión segura de alimentos surgió en el período mesolítico, tal vez hace quince mil años. A esta altura, el arqueólogo comienza a encontrar claras huellas de asentamientos permanentes desde la India hasta la región del Báltico. Se trata de una cultura basada en el aprovechamiento de mariscos y peces, posiblemente también de algas y tubérculos…” Salto varios versos maravillosos y miles y miles de años —nada más para dejarte con las dudas, con la espina clavada para que busques y halles el libro—, para dejar que Nicanor llegue a la Modernidad:

Produje ciencia, verdades inmutables,
Produje tanagras,
Di a luz libros de miles de páginas,
Se me hinchó la cara,
Construí un fonógrafo,
La máquina de coser,
Empezaron a aparecer los primeros automóviles,

Y hablando de Modernidad, el antepenúltimo poema del mismo libro, Los vicios del mundo moderno, una joya de ya más de medio siglo… Un retablo de nuestro tiempo, aquel que Nicanor vivía y atisbaba a medio siglo XX, el mismo que se resiste a trasmutar en otra cosa y por tanto en el que en la actualidad seguimos. El poema inicia perfilando a personajes harto conocidos hoy…, míralos, reconócelos que hasta parecen salidos de cualquiera de los spots con los que a diario nos bombardean:

Los delincuentes modernos
están autorizados para concurrir diariamente
                                                  a parques y jardines.
Provistos de poderosos anteojos y de relojes de bolsillo
Entran a saco en los kioskos favorecidos por la muerte
E instalan sus laboratorios entre los rosales en flor.
Desde allí controlan a fotógrafos y mendigos que
                                 [deambulan por los alrededores
Procurando levantar un pequeño templo a la miseria.
Y si se presenta la oportunidad llegan a poseer
                                 [a un lustrabotas melancólico.

Y luego, versos más adelante, un cabal inventario, atinadísimo, de las depravaciones del mundo/época que nos tocó en suerte:

El automóvil y el cine sonoro,
Las discriminaciones raciales,
El exterminio de los pieles rojas,
Los trucos de la alta banca,
La catástrofe de los ancianos,
El comercio clandestino de blancas realizado por sodomitas internacionales,
El autobombo y la gula,
Las pompas fúnebres,
Los amigos personales de su excelencia,
La exaltación del folklore a categoría del espíritu,
El abuso de los estupefacientes y de la filosofía,
El reblandecimiento de los hombres favorecidos
                                                                   [por la fortuna,
El auto-erotismo y la crueldad sexual,
La exaltación de lo onírico y del subconsciente en desmedro del sentido común,
La confianza exagerada en sueros y vacunas,
El endiosamiento del falo,
La política internacional de piernas abiertas
               [patrocinada por la prensa reaccionaria,
El afán desmedido de poder y de lucro,
La carrera del oro,
La fatídica danza de los dólares,
La especulación y el aborto,
La destrucción de los ídolos,
El desarrollo excesivo de la dietética y
                    [de la psicología pedagógica,
El vicio del baile, del cigarrillo, de los juegos de azar,
Las gotas de sangre que suelen encontrarse entre
                       [las sábanas de los recién desposados,
La locura del mar,
La agorafobia y la claustrofobia,
La desintegración del átomo,
El humorismo sangriento de la teoría de la relatividad,
El delirio de retorno al vientre materno,
El culto de lo exótico,
Los accidentes aeronáuticos,
Las incineraciones, las purgas en masa, la retención
                                                              [de los pasaportes,
Todo esto porque sí, porque produce vértigo,
La interpretación de los sueños
y la difusión de la radiomanía.

Cierro esta invitación a que leas al antipoeta con la estrofa de un poema —Coplas del vino— que hallo en el tercer libro de Parra, La cuenca larga (1958):

Algunos toman por sed
Otros por olvidar deudas
Y yo por ver lagartijas
Y sapos en las estrellas.

¡Salud!

sábado, 3 de febrero de 2018

Porque soy mexicano

Apuesto que también te tocó verlo. Hace unos días, en la sala de prensa de los Golden Globes, una periodista de una agencia noticiosa china cuestionó a Guillermo del Toro:

— Tiene usted la habilidad de ver el lado oscuro de la naturaleza humana; la fantasía y el terror. Pero también es usted una persona alegre y amorosa. ¿Cómo encuentra este balance?

El cineasta respondió de inmediato: I’m mexican… Los subtítulos no arrojaron una traducción literal, sino que agregaron una palabra para dar cuenta de lo que la gesticulación de Del Toro connotaba: Porque soy mexicano. Y, bueno, luego de eso —risas entre los presentes—, el tapatío elaboró una rauda explicación con fuertes reminiscencias pacianas (El laberinto de la soledad) y pixarianas (Coco):

— Nadie ama la vida más que nosotros (los mexicanos) porque estamos conscientes de la muerte. Así que apreciamos la vida estando a un lado del único lugar al que vamos a ir a parar todos. Digamos que cada uno de nosotros en este planeta abordamos un tren cuyo destino final es la muerte… Así que vamos a vivir; vamos a tener belleza, amor y libertad.

Un par de días después, un screenshot se viralizó en Twitter —supongo que también en el imperio del mal del Facebook—: el fotograma de Guillermo del Toro contestando Porque soy mexicano… La gente le adosó a esta imagen cualquier cantidad de enunciados, contundentemente insulsos casi todos: De cualquier cosa me quiero aliviar con tequila / Porque soy mexicano; Le echo salsa valentina a todo / Porque soy mexicano; ¿Por qué te tratas la presión sanguinea tomándote cocacolas? / Porque soy mexicano… Prácticamente ninguno se escapaba de la generalización desfondada y sosa, de modo que más que memes se quedaban en fraseos memos: ¿Por qué me estaciono en doble fila? / Porque soy mexicano; ¿Por qué aunque estés bien enchilado le sigues poniendo picante a los frijoles? / Porque soy mexicano; Hago san lunes… / Porque soy mexicano…  Llegué a ver algunos que, por sí mismos, bien justificarían recomendar a sus creadores una visita al psiquiatra —Oye, ¿y por qué le rompes toditita la madre a tu mejor amigo contra su propio pastel de cumpleaños? / Porque soy mexicano; ¿Por qué te da miedo cuando ves una chancla? / Porque soy mexicano— y otros de plano criptográficos: ¿Por qué tomaste la carabina sin permiso de Ambrosio? / Porque soy mexicano… Sin embargo, en su gran gran mayoría, aquellos tweets no expresaban más que el consabido malinchismo que padecemos: ¿Por qué eres bien huevón? / Porque soy mexicano? / ¿Por qué dejas todo para el último? / Porque soy mexicano / ¿Por qué sigues atascándote de tacos si ya estás muy gordo? / Porque soy mexicano… Algunos mostraban un ensimismamiento que llegaba al ridículo —¿Por qué tienes el cereal arriba del refrigerador? / Porque soy mexicano…, como si fuera una costumbre que nada más se diera en nuestro país—… En otros era evidente una tremenda capacidad para disc-culparse por omisiones propias endosándoselas a una hipotética identidad nacional —No he terminado la tesis en cinco años / Porque soy mexicano; ¿Por qué me quedo dormido en la clase de inglés? / Porque soy mexicano—; en muchos, un agobiante desconocimiento de la heterogeneidad nacional —¿Por qué fríes los tamales? / Porque soy mexicano—, y en general una triste falta de mundo —¿Por qué te paras como loco cuando el avión aterriza y apenas se está estacionando? / Porque soy mexicano—… Incluso, ya al final de la tendencia, no faltaron los ingeniosos que subieron el autorreferencial obligado: ¿Por qué haces memes babosos con la foto de Guillermo del Toro? / Porque soy mexicano.

El carácter del mexicano es una entelequia que muchos y desde hace cientos de años han tratado de abstraer y formular…, y empleo el vocablo entelequia en su segunda acepción, es decir, “cosa irreal, que no puede existir en la realidad” —y antes de que algún lector critique la redundancia (si es irreal obviamente no existe en la realidad), informo que la definición es de la RAE—. Uno de los primeros apuntes que conozco se lo debemos nada menos que al mismísimo inventor del ensayo moderno, Michel Eyquem de Montaigne (1553-1592), quien perfiló a los mexicanos como estoicos y trabajadores: “Es la lección primera que los mexicanos suministran a sus hijos cuando al salir del vientre de las madres van así saludándolos: ‘Hijo, viniste al mundo para pasar trabajos: resiste, sufre y calla’” —Ensayos, “De la experiencia”—. Cinco siglos más tarde, malhora, José Agustín (1946) travesea en su novela De perfil (1966) y hace que la Queta Johonson caracterice muy distinto a Mexicano: “... ¿conoces a mi perro? Es genial. Se llama Mexicano, porque es un perro mexicano, citadino y de la colonia Del Valle, ¿qué más puede pedir un can? Es flojísimo y toda la cosa, devora un kilo y medio de aguayón diario, se lo cocinan las miaus con ajo, cebollas y trozos de zanahoria. Toda la mañana se tira en el jardín a descansar la onda, las moscas le revolotean y Mexicano como si nada...”

Yo más bien creo que el mexicano no existe o existe solamente como “una quimera conceptual”, para usar las palabras de Alan Knight (1946). Por supuesto, el mexicano en tanto personaje existe: es una creencia generalizada entre muchos de los propios mexicanos; sin embargo, esta caricatura no funciona como concepto explicativo de la realidad…, ¡vamos, sirve poco incluso para hacer memes!

miércoles, 31 de enero de 2018

Universales narrativos

De acuerdo al doctor Jerome Bruner (v. Construcción narrativa de la realidad), comparten algunos "universales" los relatos arquetípicos que el ser humano emplea para mediar la percepción de su propia experiencia y luego darle sentido al devenir, de por sí caótico, de los acontecimientos. En concreto se refiere a nueve:



→ 1. LA ESTRUCTURA DE TIEMPO COMETIDO
Cronos no gobierna el tiempo narrativo, lo hace Kairos. En una narración el tiempo no está segmentado por relojes o calendarios, sino por acontecimientos cruciales, al menos principios, medios o finales. En una cronología no hay lugar para la prolepsis y la analepsis, mientras que el orden de la secuencia en que se presentan los acontecimientos en una narración no necesariamente corresponde al orden cronológico de su ocurrencia.


→ 2. LA PARTICULARIDAD GENÉRICA
Cada historia cuenta casos particulaes, pero todas las historias se traman ajustadas a tipos generales de formas de narración, esto es, a géneros. Y de nuevo el dilema: ¿generan los géneros historias específicas o son solamente abstracciones posteriores con las cuales pretendemos categorizar la realidad? Bruner opta por pensar que los géneros generan sus expresiones particulares; y se apoya en dos argumentos: "… ciertas historias, sencillamente, se parecen, se asemejan a versiones de algo más general"; y "… los caracteres y episodios de las historias toman sus significados y son funciones de estructuras narrativas que abarcan más". Cita a Alaister Fowler (Kinds of Literature, Cabridge, 1982): “un género es mucho menos un compartimiento que un contenido”.
Además, Bruner subraya el hecho de que un género no sólo es una forma canónica de realizar un texto, sino también una manera específica de interpretar un texto; esto es, p
or un lado, un género ‘existe’ en el argumento y la forma de narraren de un texto; y por otro, ‘existe’ "en forma de dar sentido a un texto". Así, es factible mediar cualquier realidad a través de cualquier canon de género, lo que implicará la mutación respectiva en su lectura. Recuerdo Melinda and Melinda (Woody Allen, 2004).

Si bien los géneros concretos no son ‘universales’, su existencia sí lo es. ¿Por qué? Porque si no tuviéramos el referente de los géneros, "no sabríamos cómo interpretar una narración" en la medida en la que no dispondríamos de un marco mínimo para formular hipótesis de lectura.

Finalmente, para Bruner, los cuatro grandes géneros, en los que caben todos, son la comedia, la tragedia, la ironía, el romance o novela.


→ 3. LAS ACCIONES TIENEN RAZONES
En una narración, lo que los agentes hacen jamás es por casualidad, sino que "está motivado por creencias, deseos, teorías, valores u otros ‘estados intencionales"; esto es, en las narraciones todo ocurre por una razón, y los esquemas de causalidad nunca explican por sí mismos el acontecer.


→ 4. COMPOSICIÓN HERMENÉUTICA
¿Qué significa una historia? Jamás únicamente algo, siempre son múltiples sus posibles significados. Por ello, el objetivo del análisis hermenéutico de un texto no es dar la última palabra, la exégesis definitiva, sino "aportar una explicación convincente y no contradictoria de lo que significa un relato".


→ 5. CANONICIDAD IMPLÍCITA
"La realidad narrativa del mundo o es canónica o es una desviación de alguna canonicidad implícita".


→ 6. AMBIGÜEDAD DE LA REFERENCIA
"La narración crea o construye su referencia, la ‘realidad’ a la que señala…". No hay por qué pues explicar cómo es que un hombre vomita conejitos (Carta a una señortita de París, de Cortázar) o por qué de pronto toda la humanidad, salvo una mujer, comenzó a perder la vista (Ensayo general de la ceguera, de Saramago).


→ 7. LA CENTRALIDAD DE LA PROBLEMÁTICA
"Los relatos pivotan sobre normas quebrantadas… Eso coloca la ‘problemática’ en el eje de las realidades narrativas".


→ 8. NEGOCIABILIDAD INHERENTE
• “… al escuchar una narración suspendemos la incredulidad…” En la ficción y en la vida real.
• “Tú cuentas tu versión, yo cuento la mía, y sólo en contadas ocasiones necesitamos la litigación para solucionar las diferencias”
• “Es fácil que tomemos las versiones alternativas de un relato con una actitud perspectivista, mucho más que en el caso de los argumentos o comprobaciones”.


→ 9. LA EXTENSIBILIDAD HISTÓRICA DE LA NARRACIÓN
• “Construimos una ´vida´ creando un Yo para conservar la identidad que se despierta al día siguiente siendo prácticamente el mismo. Parecemos ser genios de ‘la historia continuada’… Imponemos coherencia al pasado, lo convertimos en Historia”.


“Vivimos en un mar de relatos y, como el pez que (según el proverbio) será el último en descubrir el agua, tenemos nuestras propias dificultades para entender en qué consiste nadar entre relatos”.

Bruner sostiene que hacemos relatos de manera automática, inconsciente.

Tres antídotos contra la falta de conciencia: contraste, confrontación, metacognición.
“Mientras que el contraste y la confrontación pueden despertar conciencia sobre la relatividad del conocimiento, el objeto de la metacognición es crear formas alternativas de concebir la creación de la realidad”.

sábado, 27 de enero de 2018

Mi ventana indiscreta

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El sociólogo viaja en casa,
con resultados sorprendentes.

Peter Berger





Coartada


Hay un período de la vida durante el cual uno no es, apenas va a ser. Es un trance crítico que resulta más difícil en la medida en la que la indefinición es notoria: ¿Y tú qué vas a ser de grade?, suelen martirizarte entonces los mayores, como si tuvieras acceso a un oráculo. La gente no quiere saber si vas a ser soltero o casado, pobre o clasemediero, borrego o tiburón, amiguero o misántropo, ciudadano modelo o delincuente… No, el cuestionamiento se refiere a cómo pretendes ganarte la vida. Más que inquirir respecto a un futuro predestinado o a una querencia, la duda que te exigen despejar es a qué le tiras… No recuerdo quién fue el primero que me espetó tamaña interrogante, pero me hubiera encantado dejarle el ojo cuadrado respondiéndole: alguien que “se interesa intensa, incesante y descaradamente por las acciones de los seres humanos”. Lástima, jamás tuve ocasión de hacerlo, porque fue hasta los últimos meses de la prepa que leí Invitation to Sociology (1963) de Peter Berger (1929–2017), quien terminó por convencerme respecto a la licenciatura que habría de estudiar:

“El sociólogo… es un hombre que, a pesar suyo, debe escuchar murmuraciones, que se siente tentado a mirar por el ojo de la cerradura, a leer la correspondencia de otras personas y a abrir los armarios cerrados… Quizá algunos niños muertos de curiosidad por espiar a sus tías solteronas en el baño se conviertan en sociólogos empedernidos”.
 


La ventana indiscreta


En 1954 Hitchcock dirigió Rear Window. La película cuenta una historia de misterio: un fotógrafo (James Stewart) harto de permanecer encerrado en casa —tiene una pierna rota—, para distraerse, se dedica fisgonear a sus vecinos, y al parecer ocurre un asesinato. Lo que observa a través de las ventanas lo lleva a plantearse una cascada de interrogantes acerca de la forma en que la gente se relaciona. Debí de haberla visto por primera vez en televisión, siendo un escuincle, algún domingo de “Cine permanencia voluntaria” —XHGC, Canal 5—. Años más tarde, cuando leí el libro de Berger, supe que a la sensación que me provocaba aquel film bien podía entenderse como emoción sociológica.




Pozo ejemplar


Tomo la siguiente historia de un libro de Benjamin Hoff (The Te of Piglet, 1992); la apresurada traducción es propia:

Un hombre cavó un pozo a la orilla del camino. Cuatro años después varios viajeros agradecidos hablaban del Pozo Maravilloso. Pero una noche, un hombre cayó en el pozo y se ahogó. Después de aquello la gente evitaba pasar cerca del Pozo Pavoroso. Posteriormente se supo que el muerto era un ladrón borracho que había salido del camino para evitar ser capturado por una patrulla de vecinos…, sólo para caer en el Pozo Justiciero.




El Pozo Real


El pozo es una metáfora de la realidad, y la pequeña narración expresa saberes muy profundos, intuidos desde hace mucho por el arte y la filosofía pero teorizados por las ciencias sociales hace muy poco. En 1963, Berger y Luckmann publicaron un clásico de la sociología contemporánea: The Social Construction of Reality. A Treatise in the Sociology of Knowledge —la International Sociological Association lo catalogó como el ensayo de sociología más importante del siglo XX—. En la primera oración del libro los autores desembuchan la médula de todo el tratado: “la realidad se construye socialmente y la sociología del conocimiento debe analizar los procesos a través de los cuales esto se produce”. 


En su ensayo What is real?, Jodi O’Brien expresa así el axioma del interaccionismo simbólico: “Las creencias y prácticas culturales incluyen reglas acerca de lo que es real y lo que no es real”. Ahora, ¿cómo es que se construye socialmente la realidad? Por medio de las interacciones, por supuesto: “Aprendemos a ser humanos, y nuestro aprendizaje depende y se logra a través de interacciones con otros humanos… La base del comportamiento significativo es nuestra capacidad para el lenguaje”.




My Rear Window


Habito un edificio que ofrece un laboratorio sociológico; algo parecido a lo que tenía el protagonista de Rear Window. En uno de los departamentos que puedo observar vive una pareja que tuvo un bebé hace pocos meses. Hasta ahora todo ha sido bastante convencional, se ha presentado sólo un comportamiento que me desconcierta… Desde hace unos dos meses, todas las tardes la mamá primeriza sale a pasear a su pequeño en una carriola. Sale del edificio, y sin bajarse de la banqueta, avanza unos cinco, seis metros hacia un lado de la calle, y luego da vuelta de regreso; avanza, pasa de nuevo frente a su vivienda y continúa unos cinco, seis metros, nunca más, y da vuelta otra vez… El ir y venir dura alrededor de veinte minutos, sin alejarse jamás del edificio. Durante toda la rutina ella va interactuando con un objeto que lleva en el toldo de la carriola…: un smartphone. ¿Por qué no llevara al niño al parque que está a un par de cuadras? ¿Miedo a la consabida inseguridad callejera? Durante algunas semanas no aventuré ninguna respuesta…; ahora tengo una hipótesis: no se distancia para no perder la señal del Wifi… Nunca habla con el infante; no le explica que el escándalo que se acaba de oír fue el camión de la basura, que pasaron varios perros o que hoy hace mucho frío… Va atenta a la pequeña pantalla, mientras en el bebé va construyendo un mundo miserable de significados. El futuro no es alentador.


sábado, 20 de enero de 2018

2018: de náufragos y creyentes

With most men, unbelief in one thing
springs from blind belief in another.
Georg Christoph Lichtenberg


Martes: declaración fidedigna
Por una investigación promovida por el gobierno de Chihuahua, poco antes de Navidad un juez dictó prisión preventiva a Alejandro Gutiérrez, ex secretario general adjunto del CEN del PRI, por su probable responsabilidad en el desvío de recursos del patrimonio estatal. Días después, la SHyCP incumplió la entrega pactada de recursos federales a dicha entidad. En entrevista con Carmen Aristegui, el martes de la semana pasada el gobernador de Chihuahua, el bizarro Javier Corral, declaró: “El régimen está agotado, y son capaces ya de todo”.


Alegoría del hombre que no quería ser Viernes
Hace algún tiempo, en medio del océano Pacífico, sucedió que a una embarcación se la llevó el diablo: la violencia de la mar la hundió. Un día después, milagrosamente, con pocas horas de diferencia, dos náufragos fueron arrojados por la corriente a una isla desierta. Fueron los únicos sobrevivientes del infortunio. Desde las primeras semanas resultó indudable para ambos que en la ínsula, aunque muy pequeña, había recursos abundantes, más que suficientes para su sustento. Pasado el pasmo, los dos damnificados suman esfuerzos, comparten recursos, se acompañan… Las rutinas y las jornadas se suceden como las olas de la inmensidad marina que los rodea, hasta que una noche cerrada y silenciosa —tal vez hayan transcurrido varios meses— uno de los hombres despierta violentamente y sin entender qué le duele, qué no lo deja respirar… En unos instantes sale plenamente del sueño, recobra del todo la conciencia, se lleva a las manos al cuello, y no le queda ya ningún margen para no aceptar la aterradora evidencia: su compañero de aventura está tratando de ahorcarlo… Forcejea y consigue liberarse: ¡¿Qué diablos te sucede?! La respuesta es la siguiente: Vas a ser mi esclavo y si no aceptas, te mataré. Él entonces piensa: ¿Qué puedo hacer?, y lo primero que viene a su mente es un libro que leyó hace mucho, RobinsonCrusoe, y se dice que no, que no quiere ser el Viernes de la isla. ¿Entonces, si el otro está dispuesto a todo, a mí qué opciones me quedan? Aceptar la esclavitud o estar dispuesto a todo.


Jueves: el petate del muerto
A media tarde del pasado jueves, el PRI tuiteó: “… una improbable presidencia de López significaría al menos una devaluación del 10 por ciento…” Supongo que deben de estar muy preocupados por el improbable triunfo del tabasqueño, porque desde entonces y durante las horas que siguieron, el líder —es un decir— nacional del ese instituto político —otro decir—, Enrique Ochoa, se dedicó a garlar en donde pudo para propagar la amenaza… ¡Trompetas del Apocalipsis, atronad!: ¡Si gana López habrá devaluación del diez por ciento! Varios medios se sumaron prestos al amatracamiento sistemático de las audiencias. Ya había obscurecido cuando alguien me reenvió un sondeo tuiteado por el conductor de noticieros José Cárdenas: “Victoria de López Obrador devaluaría el peso 10%, advierte el PRI...”, fraseó, y luego abrió cuatro posibles respuestas: “Guerra sucia”, “AMLO es un peligro”, “Miente el PRI”, y “Hay incertidumbre”. No contesté, pero le planteé una pregunta: “Oiga, José, ¿y cuánto se ha devaluado en lo que va del actual sexenio?” Por supuesto, Cárdenas jamás me contestó… Ni falta, unos minutos más tarde el economista Gerardo Esquivel proveyó los datos duros —y apostillaba “Con los números de este sexenio salen a espantar con un 10%”—: 

            Tipo de cambio (pesos por dólar)
            01-Dic-2012: $12.93
            11-Ene-2018: $19.34

 Es decir, el incremento porcentual no ha sido del 10, sino del 49.57% —luego comenzó a circular otra cifra que no sé cómo fue calculada: “67% de devaluación acumulada en lo que va del sexenio”—. Es decir, con la posibilidad del diez por ciento pretenden espantar quienes han sufrido la realidad de una devaluación de 50% o más… ¡Y lo consiguen!, al menos entre quienes han sido aleccionados para detestar a Ya-sabes-quién: para cuando revisé sus resultados, la mayoría de los seguidores de la cuenta de José Cárdenas (36%), opinaban que, en efecto, “AMLO es un peligro”.


En busca del día perdido
Marcel Proust (1871-1922) fue un tipo con una sensibilidad y una capacidad de expresión literaria portentosas. En Por la parte de Swann (1913), la primera entrega de À la recherche du temps perdu, explica algo que las ciencias del comportamiento tardarían varias décadas en formular —me refiero a la Teoría de la Comunicación Humana, desarrollada por Paul Watzlawick (1921-2007)—…; escribe Proust: “Los hechos no penetran en el mundo en el que viven nuestras creencias, no las han hecho nacer ni las destruyen; pueden infligirles los más constantes desmentidos sin debilitarlas, razón por la cual una avalancha de desgracias o enfermedades sin interrupción en una familia no la haría dudar de la bondad de su Dios ni del talento de su médico”. Páginas más adelante, Proust cuenta la forma en la que los allegados a la tía Léonie entendieron el fallecimiento de la mujer, quien llevaba años encamada y quejándose de múltiples dolencias, y cómo el mismo hecho concreto pudo ser interpretado de manera diferente a partir de las creencias previas: la muerte de la tía “había dado la razón a quienes afirmaban que su régimen al debilitarla, acabaría matándola y, en la misma medida, a quienes siempre habían sostenido que no padecía una enfermedad imaginaria sino una orgánica, a cuya evidencia se verían obligados a rendirse los escépticos cuando hubiera sucumbido a ella…” Ciertamente, contados, extraños e infrecuentes son los golpes de realidad que consiguen que la gente tenga que ajustar aunque sea un poco su concepción de la realidad.