Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.

sábado, 20 de enero de 2018

2018: de náufragos y creyentes

With most men, unbelief in one thing
springs from blind belief in another.
Georg Christoph Lichtenberg


Martes: declaración fidedigna
Por una investigación promovida por el gobierno de Chihuahua, poco antes de Navidad un juez dictó prisión preventiva a Alejandro Gutiérrez, ex secretario general adjunto del CEN del PRI, por su probable responsabilidad en el desvío de recursos del patrimonio estatal. Días después, la SHyCP incumplió la entrega pactada de recursos federales a dicha entidad. En entrevista con Carmen Aristegui, el martes de la semana pasada el gobernador de Chihuahua, el bizarro Javier Corral, declaró: “El régimen está agotado, y son capaces ya de todo”.


Alegoría del hombre que no quería ser Viernes
Hace algún tiempo, en medio del océano Pacífico, sucedió que a una embarcación se la llevó el diablo: la violencia de la mar la hundió. Un día después, milagrosamente, con pocas horas de diferencia, dos náufragos fueron arrojados por la corriente a una isla desierta. Fueron los únicos sobrevivientes del infortunio. Desde las primeras semanas resultó indudable para ambos que en la ínsula, aunque muy pequeña, había recursos abundantes, más que suficientes para su sustento. Pasado el pasmo, los dos damnificados suman esfuerzos, comparten recursos, se acompañan… Las rutinas y las jornadas se suceden como las olas de la inmensidad marina que los rodea, hasta que una noche cerrada y silenciosa —tal vez hayan transcurrido varios meses— uno de los hombres despierta violentamente y sin entender qué le duele, qué no lo deja respirar… En unos instantes sale plenamente del sueño, recobra del todo la conciencia, se lleva a las manos al cuello, y no le queda ya ningún margen para no aceptar la aterradora evidencia: su compañero de aventura está tratando de ahorcarlo… Forcejea y consigue liberarse: ¡¿Qué diablos te sucede?! La respuesta es la siguiente: Vas a ser mi esclavo y si no aceptas, te mataré. Él entonces piensa: ¿Qué puedo hacer?, y lo primero que viene a su mente es un libro que leyó hace mucho, RobinsonCrusoe, y se dice que no, que no quiere ser el Viernes de la isla. ¿Entonces, si el otro está dispuesto a todo, a mí qué opciones me quedan? Aceptar la esclavitud o estar dispuesto a todo.


Jueves: el petate del muerto
A media tarde del pasado jueves, el PRI tuiteó: “… una improbable presidencia de López significaría al menos una devaluación del 10 por ciento…” Supongo que deben de estar muy preocupados por el improbable triunfo del tabasqueño, porque desde entonces y durante las horas que siguieron, el líder —es un decir— nacional del ese instituto político —otro decir—, Enrique Ochoa, se dedicó a garlar en donde pudo para propagar la amenaza… ¡Trompetas del Apocalipsis, atronad!: ¡Si gana López habrá devaluación del diez por ciento! Varios medios se sumaron prestos al amatracamiento sistemático de las audiencias. Ya había obscurecido cuando alguien me reenvió un sondeo tuiteado por el conductor de noticieros José Cárdenas: “Victoria de López Obrador devaluaría el peso 10%, advierte el PRI...”, fraseó, y luego abrió cuatro posibles respuestas: “Guerra sucia”, “AMLO es un peligro”, “Miente el PRI”, y “Hay incertidumbre”. No contesté, pero le planteé una pregunta: “Oiga, José, ¿y cuánto se ha devaluado en lo que va del actual sexenio?” Por supuesto, Cárdenas jamás me contestó… Ni falta, unos minutos más tarde el economista Gerardo Esquivel proveyó los datos duros —y apostillaba “Con los números de este sexenio salen a espantar con un 10%”—: 

            Tipo de cambio (pesos por dólar)
            01-Dic-2012: $12.93
            11-Ene-2018: $19.34

 Es decir, el incremento porcentual no ha sido del 10, sino del 49.57% —luego comenzó a circular otra cifra que no sé cómo fue calculada: “67% de devaluación acumulada en lo que va del sexenio”—. Es decir, con la posibilidad del diez por ciento pretenden espantar quienes han sufrido la realidad de una devaluación de 50% o más… ¡Y lo consiguen!, al menos entre quienes han sido aleccionados para detestar a Ya-sabes-quién: para cuando revisé sus resultados, la mayoría de los seguidores de la cuenta de José Cárdenas (36%), opinaban que, en efecto, “AMLO es un peligro”.


En busca del día perdido
Marcel Proust (1871-1922) fue un tipo con una sensibilidad y una capacidad de expresión literaria portentosas. En Por la parte de Swann (1913), la primera entrega de À la recherche du temps perdu, explica algo que las ciencias del comportamiento tardarían varias décadas en formular —me refiero a la Teoría de la Comunicación Humana, desarrollada por Paul Watzlawick (1921-2007)—…; escribe Proust: “Los hechos no penetran en el mundo en el que viven nuestras creencias, no las han hecho nacer ni las destruyen; pueden infligirles los más constantes desmentidos sin debilitarlas, razón por la cual una avalancha de desgracias o enfermedades sin interrupción en una familia no la haría dudar de la bondad de su Dios ni del talento de su médico”. Páginas más adelante, Proust cuenta la forma en la que los allegados a la tía Léonie entendieron el fallecimiento de la mujer, quien llevaba años encamada y quejándose de múltiples dolencias, y cómo el mismo hecho concreto pudo ser interpretado de manera diferente a partir de las creencias previas: la muerte de la tía “había dado la razón a quienes afirmaban que su régimen al debilitarla, acabaría matándola y, en la misma medida, a quienes siempre habían sostenido que no padecía una enfermedad imaginaria sino una orgánica, a cuya evidencia se verían obligados a rendirse los escépticos cuando hubiera sucumbido a ella…” Ciertamente, contados, extraños e infrecuentes son los golpes de realidad que consiguen que la gente tenga que ajustar aunque sea un poco su concepción de la realidad.

sábado, 13 de enero de 2018

La muerte: nada


La palabra más verdadera, más exacta,
más llena de sentido es la palabra 'nada'.
Jules Renard



Jonathan (1942) y Julian (1946) son hermanos. Ambos capricornio, ambos ingleses. Julian es autor de novelas imprescindibles de la literatura contemporánea, como El loro de Flaubert (1984) y El ruido del tiempo (2016), y de otros varios libros divertidísimos como Una historia del mundo en 10 capítulos y medio (1989) y Arthur & George (2005), además de un cuarteto de novelas policiacas —que firmó como Dan Kavanagh—. De Julian Barnes he leído casi todo, por lo que me considero acreditado para afirmar sobre él lo que él mismo dice acerca de otro escritor: “podía ser un mentiroso redomado y un tremendo contador de verdades, al mismo tiempo y en la misma frase”. Por su lado, Jonathan Barnes es un académico especializado en filosofía de la Antigüedad, particularmente la griega; se ha encargado de traducir importantes colecciones, como Presocratic Philosophers (1979) y The Complete Works of Aristotle (1995) —ambos publicados en español por Cátedra—. Julian no ha parado de escribir —en febrero próximo comenzará a circular su más reciente novela, The Only Story—. En cuanto a Jonathan, siendo profesor emérito de las universidades de Oxford, Génova y La Sorbona, sigue dando conferencias y cursos por todo el mundo. En verano de 2012, una de las  UC Berkeley Graduate Council Lectures correspondió al filósofo inglés —se puede encontrar en youtube—; el tema, Death and the Ancient Philosophers. “La muerte es una de esas poquísimas cosas en esta vida de las cuales podemos estar completamente seguros”, afirma, antes de explicar el argumento de los epicúreos acerca de la insignificancia de la muerte… Para los hermanos Barnes, ambos ya de edad avanzada, la muerte es un tema relevante y del cual suelen hablar…

En 2008, Julian Barnes publicó Nada que temer —en nuestro idioma circula con el sello de Anagrama—. No es una novela, pero tampoco es un ensayo; en la clasificación angloparlante se considera un non fiction book, y varios reseñistas lo etiquetan como un libro de memorias. Para despejar la cuestión, basta apuntar que se trata de un gran libro plagado de historias —Julian es ante todo un narrador— y de argumentos, pero en el que no cuenta una historia, sino que pretende compartir lo que un hombre piensa acerca de la muerte, a partir de sus lecturas y del intercambio de experiencias y reflexiones con un filósofo, su propio hermano.

Además de la muerte, en Nada que temer —en efecto, un título que adelanta conclusiones—, hay un tres presencias persistentes: Dios, la religión y el arte de la ficción: “No creo en Dios, pero le echo de menos”, declara el novelista para tirar cuanto antes la primera carta a la mesa, y páginas adelante abunda: “Si me declaré ateo a los veinte y agnóstico a los cincuenta, no es porque entretanto haya adquirido más conocimiento: sólo una mayor conciencia de mi ignorancia”. Con todo, el novelista se permite barajar las posibilidades —“… de las hipótesis obsesivas de los no creyentes: ¿qué pasaría ‘si fuera verdad’…?”—, y no son sólo con dos: con Jules Renard —un escritor francés decimonónico con quien evidentemente se identifica— juega con la contingencia de que Dios exista pero prefiera no tener presencia en nuestro entorno —dice Renard: “Dios no cree en nuestro Dios”, y “Sí, Dios existe, pero no sabe más sobre Él que nosotros”—… (¿y qué tal que Dios no cree que nosotros existamos?).

A lo largo de trescientas páginas, Julian conversa con la presencia de Jonathan y con sus escritores y músicos, no sólo con sus obras, también y sobre todo con sus vidas y formas de morir. Respecto a Montaigne, Flaubert, Renard, Sumerset Maugham… proclama: “Tales artistas —artistas muertos— son mi compañía diaria, pero también mis antepasados. Son mi auténtico linaje. Puede que la descendencia no sea directa ni demostrable —hijo legítimo, y todo eso—, pero de todos modos los reclamo”.

La religión “¿hacía que la gente se comportase mejor? —se pregunta—. A veces; a veces no; creyentes e incrédulos han sido en sus delitos igual de ingeniosos y viles”. Entonces, ¿por qué añoramos tanto la religión? “Porque era una ficción suprema, y es normal sentir una pérdida al cerrar una gran novela”. Una ficción mayúscula, totalizante, que prohibía lecturas alternativas —“la religión tiende al autoritarismo como el capitalismo al monopolio”—. Sin religión, la idea de Dios perdió estructura y en su lugar quedó la oscuridad: “el temor a la muerte sustituye el temor a Dios”.

En Occidente, el siglo XXI lo vivimos no sólo con la ficción suprema desacreditada, también muchos sabemos que la preciada conciencia, la vanagloriada individualidad, no es más que otra ficción: “Yo, o incluso yo, no produzco pensamientos: los pensamientos me producen a mí”, así que “ese ‘yo’ al que tanto apreciamos sólo existe propiamente dicho en la gramática”.

Y, claro, no podía ser de otra forma: reflexionar sobre la muerte desentraña la vida: “Vivimos en gran medida de acuerdo con los postulados de una religión en la que ya no creemos. Vivimos como criaturas dotadas de un puro libre albedrío, a pesar de que los filósofos y los biólogos evolucionistas nos dicen que es en gran parte una ilusión. Vivimos como si la memoria fuese una consigna de equipajes bien construida y atendida por un personal eficiente. Vivimos como si el alma fuera una identidad identificable y ubicable, en vez de una historia que el cerebro se cuenta a sí mismo.” Vivimos como si la muerte no fuera nada…

sábado, 6 de enero de 2018

Un mapa literario de México

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Un curioso planisferio fue posteado la semana pasada por Open culture —por cierto, para la RAE el verbo postear existe en nuestro idioma, pero para ellos no significa publicar algo en un blog, sino “meter los postes de un cercado” y “correr la posta”—. El mapamundi muestra la obra literaria favorita de cada país. El usuario BackForward24 comenzó la tarea y luego, a través de la plataforma Reddit, convocó a un ejercicio global de crowdsourcing —“colaboración abierta distribuida”, según traduce Wikipedia—, por medio del cual se fue decantando el libro más popular de cada nación del orbe, cada uno de los cuales se representa en el mapa con una porción de su portada. Por ejemplo, en Rusia aparece Guerra y paz de Tolstoi; en Gran Bretaña, Grandes esperanzas de Dickens; en Colombia, claro, Cien años de soledad de García Márquez; en Francia, El conde de Montecristo de Dumas; en Argentina, Ficciones de Borges, y en China, El sueño del pabellón rojo de Cao Xueqin…


En nuestro país se impuso Pedro Páramo de Juan Rulfo A partir de este mapamundi se me ocurrió realizar un mapa de México, por entidad federativa, y considerando sólo mis soberanos gustos y recuerdos. El criterio fue simple: seleccioné la obra de un autor oriundo de cada entidad, el primero que me vino con placer a la mente…




Aguascalientes

Los insectos, minúscula farsa que en 1940 escribió y dibujó Francisco Díaz de León (1897-1975) para su amigo Antonio Acevedo Escobedo. Hace justo veinte años, el ICA publicó una bonita edición doble, la primera parte iluminada digitalmente y en la segunda los facsímiles.



Baja California Sur

Al menos en mi biblioteca, este estado es un páramo. Lo siento.



Baja California

Porque parece mentira la verdad nunca se sabe (Tusquets, 1999), novelón del cachanilla Daniel Sada (1953-2011).



Campeche

El relato Paseo de mentiras e incidentes melódicos del mundo irracional de Juan de la Cabada (1899-1986). Este tesorito fue publicado en 1944 por la editorial La Estampa Mexicana, con cuarenta grabados de Leopoldo Méndez. El facsímil está en:




Coahuila

De Julio Torri (1889-1970), De fusilamientos, cuya edición príncipe data de 1940 (La Casa de España en México).



Colima

El poemario de Las ofrendas (1899) de Balbino Dávalos (1866-1951).



Chiapas

De mi buen amigo Marco Aurelio Carballo (1942-2015), su primera novela, Polvos ardientes de la Segunda Calle (Joaquín Mortiz, 1990).



Chihuahua

Del erudito parralense Carlos Montemayor (1947-2010), Guerra en el Paraíso (Diana, México, 1991).



Ciudad de México

La monumental novela Palinuro de México (1977), de don Fernando del Paso (1935). Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos 1982.



Durango

Una novela de José Revueltas (1914-1976): Los muros de agua (1941).



Guanajuato

Una novela con un íncipit perfecto: “La historia que voy a contar empieza una noche en que la policía violó la Constitución”: Dos crímenes (Joaquín Mortiz, 1979), de Jorge Ibargüengoitia (1928-1983).



Guerrero

De entrada, me vino a la cabeza Se está haciendo tarde (final en laguna) (Joaquín Mortiz, 1973), de José Agustín, a quien yo creía acapulqueño, pero resulta que no: aunque fue registrado en el puerto, en realidad nació en Guadalajara, Jalisco. Así que opto por El vampiro de la colonia Roma (Grijalbo, 1979), de Luis Zapata (1951).



Hidalgo

De Efrén Rebolledo (1877-1929), el poemario Joyeles (1907). Luego recordé que Ricardo Garibay (1923-1999) era oriundo de Tulancingo…, pero era demasiado tarde.



Jalisco

La feria (1963), de Juan José Arreola (1918-2001).



Estado de México

El juguete literario de Alberto Chimal (1970), 83 novelas (2010).



Michoacán

Un libro fundacional de la historiografía mexicana: de Luis González y González (1925-2003), Pueblo en vilo. Microhistoria de San José de Gracia (El Colegio de México, 1968).



Morelos

La primera calle de la Soledad (Tierra Adentro, 1993), de Gerardo Horacio Porcayo (1966).



Nayarit

Cuentos y crónicas de Amado Nervo (1870-1919). La edición de la UNAM (Biblioteca del estudiante universitario #35) es fácil de encontrar en línea.



Nuevo León

A botepronto pensé en Alfonso Reyes (1889-1959)…: El plano oblicuo (1920).



Oaxaca

Un ensayo fundamental: La raza cósmica, de José Vasconcelos (1882-1959).



Puebla

De doña Elena Garro (1916-1998), Los recuerdos del porvenir (1963).



Querétaro

Tomochic (1899), de Heriberto Frías (1870-1925), quien relata la insurrección ocurrida en la Sierra Tarahumara.



Quintana Roo

Del chetumaleño Héctor Aguilar Camín (1946), ­su segunda novela, publicada originalmente en 1990 (Cal y Arena): La guerra de Galio.



San Luis Potosí

De Luis González de Alba (1944-2016), Los días y los años (1971).



Sinaloa

La antología de Cuentos completos de Inés Arredondo (1928-1989), publicada por el FCE en 2011.



Sonora

De Gerardo Cornejo (1937-2014), La sierra y el viento (1977).



Tabasco

El enorme poema de José Gorostiza (1901-1973) Muerte sin fin (R. Loera y Chávez, 1939).



Tamaulipas

Del entrañable Rafael Ramírez Heredia (1942-2006), su colección de cuentos El Rayo Macoy (Joaquín Mortiz, 1984).



Tlaxcala

Dodo (Tierra Adentro, 2013), de Karen Villada (1985).



Veracruz

Primero pensé en Sergio Pitol, pero no es veracruzano sino poblano… Entonces, de Emilio Carballido (1925-2008), DF 52 obras en un acto.



Yucatán

La hija del judío (1848-1849), del pionero de la novela histórica en México, Justo Sierra O’Reilly (1814-1961). Hay varias ediciones: la mejor, la de la Universidad Veracruzana; la más fácil de conseguir, la de Porrúa.



Zacatecas

Del valedor Tomás Mojarro (1932), Cañón de Juchipila (FCE, 1960).







Tira marginal

Todo mapa representa un sistema de prejuicios, lo propaga y brinda guía a la comunidad que lo comparte. En este caso, sirva nada más para que el lector lo adecue a sus propios itinerarios.


sábado, 30 de diciembre de 2017

La indiferencia insignificante


En el prólogo a Poesía en movimiento —la antología de Siglo XXI editores, hoy casi canónica—, Octavio Paz se preguntaba refiriéndose al saltillense Julio Torri (1889-1970): “¿Por qué ha escrito tan poco?” Y enseguida se respondía él mismo usando un ramalazo del propio Torri: “Quizá porque ha sentido como nadie el gozo irresistible de perderse, de no ser conocido, de huir”. 

Perderse, no ser conocido, huir requiere no solamente de voluntad, también de fuerza, de sudores, porque precisa movimiento. Para perderse, no ser conocido, huir es necesario cambiar de aires, quitarse el nombre y ponerse otro, trasmutar la apariencia, trocarse la rutina… Joaquín Sabina lo canta así: “partiré de viaje enseguida / a vivir otras vidas, / a probarme otros nombres, / a colarme en el traje y la piel / de todos los hombres / que nunca seré…” No se trata de la misma manera de perderse que describe Kafka (1883-1924) en el siguiente fragmento, párrafo final de sus Consideraciones acerca del pecado, el dolor, la esperanza y el camino verdadero: “No es necesario que salgas de casa. Quédate a tu mesa y escucha. Ni siquiera escuches, espera solamente. Ni siquiera esperes, quédate solo y en silencio. El mundo llegará a ti para hacerse desenmascarar, no puede dejar de hacerlo, se prosternará extático a tus pies.” Tal es el envite al que se aventura el protagonista de Un hombre que duerme, la novela de Georges Perec (Impedimenta, 2012), y epígrafe atinadísimo de la misma. El joven personaje sucumbe al gozo irresistible de perderse, pero no a través del movimiento, sino de su opuesto, la quietud. Un buen día, sin un antedicho qué traer a cuento, un estudiante de Sociología decide no levantarse de la cama, no acude al examen programado y desde entonces se deja ir: “Eres un holgazán, un sonámbulo, una ostra. Las definiciones varían según las horas, según los días, pero el sentido permanece más o menos claro: … no quieres más que durar, no quieres más que la espera y el olvido…”

Georges Perec nació en París en 1936 en el seno de una familia judía de origen polaco y falleció cuatro días antes de cumplir 46 años. Siendo un infante, la barbarie nazi le arrebató a su padre —muerto en el frente días antes de la rendición de Francia— y a su madre —fulminada en Auschwitz—. El pequeño Georges vivió escondido en Villard-de-Lans con unos tíos, quienes durante varios años, por su seguridad, le ocultaron su origen —su apellido, Peretz, cambió a Perec—. Terminada la guerra, Georges, de vuelta en la capital francesa, al igual que el protagonista de Un hombre que duerme, habría de ser estudiante de Sociología, en La Sorbona.

No hay la menor intención de heroísmo en el arrebato del muchacho que opta por dejar de hacer, por no pasar de los movimientos indispensables y permanecer solo en una pequeña habitación, la mayor parte del tiempo dormido: “Aparecerá ante ti, al hilo del tiempo, una vida inmóvil sin crisis, sin desorden: ninguna aspereza, ningún desequilibrio. Minuto tras minuto, hora tras hora, día tras día, estación tras estación, algo que nunca tendrá fin va a comenzar: tu vida vegetal, tu vida anulada”. Tampoco se trata del afán del anacoreta que pretende santificar su existencia a través del martirio: “Tu propósito no es ir desnudo por ahí sino estar vestido sin que eso implique necesariamente afectación o abandono; tu propósito no es dejarte morir de hambre, sino solamente alimentarte”. En un mundo sin celulares, sin internet, sin radio ni televisión, el universitario desertor encuentra en la lectura y en el paseo las mejores estrategias para borrarse a sí mismo. “Caminar incesante, incansable. Caminas como un hombre que llevase maletas invisibles, caminas como un hombre que siguiera a su sombra. Caminar de ciego, de sonámbulo, avanzas a paso mecánico, interminablemente, hasta olvidar que caminas. Flâneur minucioso, nictóbata consumado, ectoplasma que con una sábana flotante pasaría por un fantasma que no asustaría ni a los niños más chicos”. Pronto se ve rodeado de la fauna citadina de los que, como él pretende, se han ido haciendo a un lado o los han hecho a un lado, los marginales: “Los de piel oscura, los de cuellos de camisa raídos, los tartamudos que te cuentan su vida, su cárceles, sus centros de acogida, sus falsos viajes, sus hospitales. Los viejos profesores que quieren reformar la ortografía, los jubilados que creen haber creado un sistema infalible para recuperar los papeles viejos, los estrategas, los astrólogos, las adivinas, los sanadores, los testigos, todos los que viven con sus ideas fijas; los desechos, la chatarra, los monstruos inofensivos y seniles de los que se ríen los camareros…, las viejas arrugadas con abrigo de piel que se ventilan…”

Cerca del final de su personal epopeya por el vacío, el protagonista de la novela descubre el mayor riesgo en el que se ha puesto: “La indiferencia disuelve el lenguaje, enturbia los signos. Eres paciente y no esperas, eres libre y no eliges, estás disponible y nada te moviliza. No pides nada, no exiges nada…” La indiferencia lleva irremediablemente a la insignificancia: “No has aprendido nada, salvo que la soledad no enseña nada, que la indiferencia no enseña nada: era un engaño, una ilusión fascinante y con trampa”. 

Hoy, lamentablemente, para millones de personas resulta más fácil caer en la celada de la indiferencia, pertrechados por cientos de canales de televisión, Netflix, Spotify, el Face… Pero resulta lo mismo: su indiferencia es insignificante.



sábado, 23 de diciembre de 2017

Nube de escombros

Abatido a punta de desencantos diarios, batallando por no caer en la tentación de dejarse ir por el deslizadero de la indolencia, de capa caída, pues, a principios de semana —¡caraja semana!— te fuiste enterando: la nota de El país prometía “un reguero de fogonazos” en el cielo. Trazos luminosos en la bóveda celeste. El causante iba a ser un pajarraco cósmico, “un cometa exhausto”, un asteroide híbrido de unos cinco kilómetros de diámetro, al que, cuando lo descubrieron hace apenas 34 años, le pusieron nombre: (3200) Faetón. El miércoles, casi a media noche, azorado, decidiste darte un respiro y dejar de acechar al mundo por la ventana inconmensurable de tu computadora —Salma denuncia que también fue víctima del monstruoso Weinstein; la Organización para la Cooperación Islámica, que agrupa 57 países con población mayoritariamente musulmana, encara al gringo megalómano y declara a Jerusalén oriental como capital del Estado palestino; la ONU, las comisiones Nacional e Interamericana de Derechos Humanos, los rectores de la UNAM, la U de G y la Ibero piden al Senado de la República no aprobar la Ley de Seguridad Interior; México importará la mitad de los pavos que se consumirán en las próximas cenas navideñas…—. Tímidamente esperanzado, te pones la chamarra más gruesa que encuentras en el clóset y subes a la azotea del edificio… Ojalá te toque alguna salpicadura de la lluvia de estrellas. El frío cala, la noche abraza… Hoy sabemos que Faetón es el responsable de las Gemínidas, la lluvia de meteoros que a mediados de diciembre parece provenir de la constelación de Géminis. En realidad, el fenómeno lo produce una nube de escombros del asteroide. Escombros sobre escombros, piensas.

Ovidio cuenta en Las metamorfosis que Faetón, hijo de la oceánide Clímene y de Helios, personificación divina del Sol, fue un junior con fuertes problemas de autoestima, quien para probar entre sus cuates su alcurnia consiguió que su padre le prometiera un regalo, el que fuera… Desgraciadamente, pidió que Helios le permitiera manejar su carruaje —el astro rey—. Helios trató de disuadir a su vástago de que eso era una locura, sin lograrlo, y como ya lo había prometido… Previsible: Faetón fue incapaz de controlar a los caballos blancos que tiraban el carro ígneo y aquello resultó una hecatombe… El sol sale de su camino y se aleja tanto que nuestro mundo sufre heladas espantosas, y luego, tratando de corregir el rumbo, Faetón se acerca tanto que tatema buena parte del planeta —convierte grandes comarcas de África en desierto y quema la piel de sus pobladores hasta hacerla negra—. Tanto caos provocó que el mismo Zeus tuviera que intervenir: un certero golpe de rayo en el carro desbocado bastó para pararlo y de paso segar la vida de Faetón… El miércoles, en la Ciudad de México, fue como si Faetón siguiera muerto… Si bien el cielo estaba totalmente despejado, las luces de la megalópolis impedían cualquier vista —el nivel de contaminación lumínica que se registra en la capital del país, 16 magnitudes por segundo de arco al cuadrado, es el mismo que presenta Hong Kong, la urbe lumínicamente más contaminada de todo el orbe—, así que te quedas sin lluvia de estrellas.

Al día siguiente, jueves, la ignominia que se veía venir desde hacía ya varios días fue tomando forma. Para colmo, millones y millones de hombres y mujeres tuvimos que recordar que vivimos en una cazuela: la contaminación del aire en la Ciudad de México volvió a alcanzar niveles de injuria. Las dos estaciones de monitoreo localizadas en el municipio mexiquense de Ecatepec, Xalostoc y San Agustín, la segunda a unos cinco kilómetros del sitio en el cual están construyendo el nuevo aeropuerto, comenzaron a reportar niveles preocupantes desde el medio día, y para las cuatro de la tarde, con más de 160 puntos imecas, se declaró la contingencia ambiental.

Y el viernes despiertas y el noticiero confirma el oprobio: el país amaneció peor, con una instrumento legal listo para ser promulgado por el Ejecutivo… Muy temprano, luego de la última votación, los diputados de la aplanadora prianista y sus aliados aplauden, ríen, festejan… Están felices de haber actuado en contra del sentido común, de la opinión de los expertos, de los organismos internacionales, de las ONG, de la sociedad organizada, de la academia… La Ley de Seguridad Interior fue aprobada por ambas cámaras, y con ello dieron paso legal a la militarización de la vida pública de México. Afuera, en la calle, todo parece normal, casi como un día cualquiera.

El parisino George Perec (1936-1982) escribió que “lo que más nos atrae siempre es el suceso, lo insólito, lo extraordinario: escrito a ocho columnas y con grandes titulares. Los trenes sólo comienzan a existir cuando se descarrilan, y entre más muertos halla más importantes se vuelven… Es necesario que detrás de los acontecimientos haya un escándalo, una fisura, un peligro, como si la vida sólo pudiera revelarse atrás de lo espectacular, como si lo convincente, lo significativo, fuera siempre lo anormal: cataclismos históricas o revoluciones históricas, conflictos sociales o escándalos políticos…” (Lo infraordinario. Verdehalago, 2008). Tiene razón… pero en este país no aplica porque aquí lo cotidiano, lo trivial e incluso lo ordinario es precisamente lo que debería resultarnos escandaloso. Como los acontecimientos que tendrían que haber cimbrado la realidad pasan uno tras otro sin motivar cambios, la aspiradora de la rutina los absorbe y ya mañana será otro día…, aunque no pase nada.


sábado, 16 de diciembre de 2017

Gana de engaño


Who are you going to believe,
me or your own eyes?
Groucho Marx


Me resulta despampanante el ansia que mucha gente tiene de ser engañada por los mismos, y con el mismo cuento de siempre. Que conste, no hablo de personas que yo considere destacadamente tontas o ignorantes; de hecho, mi fascinación se acrecienta al observar la descomunal gana que perdura en muchos hombres y muchas mujeres inteligentes, e incluso bien informados, de que les sigan tomando el pelo.

Enfilados fatalmente hacia el próximo proceso electoral organizado para renovar la Presidencia de la República, se nos ha dejado ya venir encima el alud de mensajes con el cual, más que convencer al electorado, se pretende apabullarlo. Y no tengo en mente a todos los emisores; me refiero particularmente a quienes pretenden persuadirnos de que solamente hay un camino correcto, el del continuismo. Por ejemplo, escuché a Vicente Fox hacer precoz campaña en favor de quien será candidato del PRI, el señor Meade —ya a nadie sorprende el proselitismo priísta del expresidente que había jurado sacar a las víboras y tepocatas de Los Pinos—. En un video —para Milenio, but of course—, el expanista alega lo de siempre: que un cambio drástico sería para México, más que peligroso, de plano apocalíptico, y que en cambio hay que cuidar a toda costa el status quo, en el que estamos a todo dar: “traemos trayectoria, traemos rumbo, sabemos a dónde vamos como país… La economía está más fuerte que nunca, las variables fundamentales de la economía están sólidas”. Es decir, ya saben, que la dichosa macroeconomía está bien bonita, sanota, pita y pita y caminando…​ ¿Y por qué? Ah, pues porque los tecnócratas sí son funcionarios que están muy bien preparados y son honestos —la coda—. Lamentabilísimamente, los datos duros no muestran eso, más bien lo opuesto: la inflación, estampida de búfalos despavoridos, repunta como no lo había hecho en 16 años; durante este año, el monto de las reservas internacionales decreció; con todo y la Reforma Energética, México es el país de la OCDE en donde cuesta más caro el gas, la gasolina y la electricidad; Pemex no producía tan poco desde 1990 y alcanzó una proporción histórica de combustibles importados (más de 76% en octubre); la deuda externa se disparó a la mitad del PIB; el peso ha sufrido una fuerte depreciación frente al dólar; los salarios han perdido y siguen perdiendo poder adquisitivo, y siete de cada diez hogares no ahorran; el dinero es mucho más caro, y la economía crece a un mediocre 2% anual, muy lejos del 5% prometido… En fin, ni tiene caso abundar ni es mi propósito ahora echarle sal a las heridas. La cuestión aquí es tratar de responder la siguiente duda: ¿cómo es que siendo evidente que las cosas no están como se dice hegemónicamente que están  tanta gente siga creyendo en tal discurso, incluso a pesar de lo que su percepción cotidiana y directa les señala?

La respuesta que más me cuadra se la debo a un gran pensador austriaco-estadounidense, Paul Watzlawick (1921-2007). Pilar de la Teoría de la Comunicación Humana —desarrollada a partir de la Teoría de la Información iniciada por Claude Shannon (1916-2001), la antropología de Gregory Bateson (1904-1980) y la epistemología constructivista—, Watzlawick sostiene y demuestra que la realidad no es la existencia per se, sino un producto: “lo que llamamos realidad es resultado de la comunicación”. El planteamiento es constructivista. En el ámbito de la Sociología tiene su expresión clásica en la teoría desarrollada por Peter L. Berger (1929-2017) y Thomas Luckmann (1927-2016) —en La construcción social de la realidad (1966) establecen que la realidad es un constructo social—. Paul Watzlawick, apuntalado tanto en años de trabajo como psicoterapeuta como en la filología, explica que la comunicación no es la forma que tenemos de referir la realidad, de describirla y de informar a los otros acerca de ella, sino el proceso por medio del cual, interactuando, construimos la realidad. Los procesos de comunicación, obviamente, son colectivos, sociales, de tal suerte que la realidad es necesariamente resultado de un proceso social. Su primer axioma de la comunicación humana establece que, puesto que todo comportamiento es una forma de comunicación, “es imposible no comunicarse”, de tal suerte que constantemente estamos construyendo la realidad. Dicho de otra manera, en todo momento estamos metiéndole mano al constructo social que asumimos como lo real, de ahí que en la medida en la que la comunicación sea más intensa el constructo pierde solidez y los individuos certidumbre, seguridad. Por eso, “el desvencijado andamiaje de nuestras cotidianas percepciones de la realidad es, propiamente hablando, ilusorio, y… no hacemos sino repararlo y apuntalarlo de continuo… [y aquí viene lo importante] …, incluso al alto precio de tener que distorsionar los hechos para que no contradigan a nuestro concepto de realidad, en vez de hacer lo contrario, es decir, en vez de acomodar nuestra concepción del mundo a los hechos incontrovertibles” (Paul Watzlawick, ¿Es real la realidad? Heder, 1979).

Más allá de indicadores y estadísticas, diariamente percibimos hechos incontrovertibles que desmienten el discurso hegemónico propagado por los medios; sin embargo, mucha gente no alcanza a remodelar a partir de ellos su concepción de la realidad, prefiere deformarlos, amoldarlos o incluso soslayarlos con tal de no romper los débiles hilos del tejido social con los que todavía la comunidad se sostiene. La gana de ser engañados responde al terror de quedarse solo, aislado. De ahí la importancia de los medios alternativos, sobre todo los que se transmiten vía web, toda vez que están posibilitando la construcción social de una realidad distinta.

@gcastroibarra