Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.

martes, 15 de agosto de 2017

El fin de la CDMX II

novedad de hoy y ruina de pasado mañana, enterrada y resucitada cada día
Octavio Paz*


Decrépita y zagala, la avejentada y diligente, la siempre nueva y cada vez más artrítica, la irreconocible e inconfundible Ciudad de México no ha dejado de mutar desde que, atendiendo las instrucciones que le giró en sueños un terrible dios furibundo disfrazado de colibrí, el guía de un hatajo de parias desposeídos y apestados declaró que entonces era por fin el momento de dar por terminado su peregrinaje, y ahí el lugar para comenzar hacer patria: justo encima y a partir de aquel islote sobre el cual un águila posada en un tunal grande y coposo se estaba despachando a una serpiente. Huitzilopochtli les había cumplido.
Pronto va a ser cosa de siete siglos que esto sucedió: de acuerdo al Códice mendocino, en el año II calli, 1325 en el calendario cristiano. Habían transcurrido cuatro ciclos de 52 años desde que partieron de Aztlán los aztecas, quienes luego se llamaron a sí mismos mexicas. La ubicación geográfica precisa del origen norteño de aquel pueblo nahuatlaca es incierta, no así la ironía toponímica con que la memoria y la suerte suelen divertirse: “El Aztlán de los viejos mexicanos, el que hoy llaman Nuevo México”, según dejó escrito don Fernando Alvarado Tezozómoc (c. 1520-1610) en su Crónica mexicáyotl.



la ciudad que nos sueña a todos y que todos hacemos y deshacemos y rehacemos mientras soñamos,
la ciudad que todos soñamos y que cambia sin cesar mientras la soñamos

Octavio Paz


En aquel remoto comienzo, la ciudad era muy muy poco, pero algo mucho más que nada, porque siendo apenas una promesa de futuro rodeada de agua ya tenía un nombre magnífico: como los agarró dormidos, fue el mismísimo Huitzilopochtli quien decidió y a través de un sueño ordenó: “le pongo por nombre Tenuchtitlan”. Así lo narra la Relación del origen de los indios que habitan en la Nueva España según sus historias, en la que se reitera, ¡faltaba más!: “Este nombre tiene hasta hoy esta Ciudad de México, la cual en cuanto fue poblada por los mexicanos se llamó México, que quiere decir ‘Lugar de los mexicanos’”. 

hablo de la ciudad, pastora de siglos, madre que nos engendra
y nos devora, nos inventa y nos olvida
Octavio Paz


La fundación de México-Tenochtitlán -que pudo haber acaecido el 18 de julio de 1327 (Góngora) o nueve años atrás (Anales de Cuauhtitlán) o entre 1314 y 1332 (Códice Vaticano) o el 20 de junio de 1325 (Anales de Tlatelolco)- fue la segunda fundación de México. Los mexicas antes ya habían fundado en falso otro México. La primera ciudad de México, la celeste, fue establecida en Coatepéc, un cerro cercano a Tula. A principios de este siglo XXI, los arqueólogos Eduardo Gelo del Toro y Fernando López Aguilar lograron probar que el mítico cerro de Coatepéc se encuentra en el Valle del Mezquital, en donde todavía hoy en las comunidades que habitan en las cercanías del cerro actualmente conocido como Hualtepec perdura la tradición oral de que “allí iba a ser México”. Pero por un enojo de Huitzilopochtli que no viene a cuento detallar aquí, aquel México llegaría a su fin porque habría de ser secado, de tal suerte que los mexicas tuvieron que abandonarlo para andar a salto de mata otra vez durante otros años, hasta que hallaron el susodicho islote con el nopal en el que el ave de rapiña devoraba a una serpiente. El segundo México fue fundado con un segundo nombre: Tenochtitlán…
Luego, poco menos de doscientos años después, el Imperio Mexica dejaría de existir: “El prendimiento de Cuauhtémoc, último señor de México-Tenochtitlán, y el fin del imperio de los culúas o tenochcas o mexicas o aztecas ocurrió la tarde del martes 13 de agosto de 1521, día de San Hipólito…” (Hernán Cortés, José Luis Martínez). Al último Huey Tlatoani de México-Tenochtitlán lo atraparon en el agua, cunado la canoa en la que trataba de escapar con su familia fue alcanzada por el bergantín piloteado por un español de apellidos García Holguin.



estamos en la ciudad, no podemos salir de ella sin caer en otra,
idéntica aunque sea distinta
Octavio Paz


Cortés y sus aliados indígenas aniquilaron a los mexicas: la población fue exterminada y México-Tenochtitlán destruida. La ciudad dejaría de existir como hasta entonces se conocía. Una vez sitiada la ciudad, para ir cerrando el cerco, Cortés optó por un estratagema con el que fue devastando poco a poco la capital tenochca: “Cada día era un combate, y aunque la ventaja quedaba siempre para los españoles, teniendo que volver a sus campamentos por la noche, la actividad de los mexicanos reparaba… y levantaba nuevos parapetos, con lo que se encontraban los sitiadores en la necesidad de recomenzar cada día la misma obra. Visto esto determinó Cortés establecerse en la ciudad, a medida que… avanzase, y para esto destruir los edificios y cegar las acequias con los escombros…” -relata Lucas Alamán en sus Disertaciones sobre la Historia de la República Mexicana (1844)- “Los auxiliares de los españoles trabajaban con empeño en esta obra de desolación, y los mexicanos viéndolos desde sus trincheras les gritaban: ‘Tirad, tirad nuestras casas; si nosotros venciéremos tendréis que reedificarlas para nosotros, y si el triunfo fuere de los españoles, las levantareis para ellos’”. Y así sería: manos indígenas habrían de erigir la nueva ciudad de México-Tenochtitlán, la novohispana.



* Tomo todos los versos del poema “Hablo de la ciudad”, publicado por Octavio Paz en la edición de septiembre de 1986 de la revista Vuelta.

viernes, 4 de agosto de 2017

El fin de la CDMX I


“El fin de la Ciudad de México”… ¡Vaya título el que Héctor de Mauleón le puso a su columna del miércoles pasado! El tremendismo, claro, surtió efecto. En Twitter fue profusamente circulada, y ya antes del atípico chaparrón de todas las tardes, varias personas me habían recomendado que la leyera. ¡Pues claro!, si el horno no está para bollos: dicho en corto, la flamante CDMX está para llorar. Antes de que comenzaran las lluvias, la contaminación era una catástrofe cotidiana… Y ya que Tláloc se decidió, las trombas, granizadas e inundaciones son azote una tarde en Indios Verdes y al día siguiente en Coapa... Irónicamente, la falta de agua es una mancha que se expande día a día. En cuanto a movilidad, el diagnóstico es anquilosamiento crónico por arteriosclerosis de vías primarias; hay periplos a lo largo de tres cuadras que pueden durar dos horas, las vialidades son hábitat de tianguismo, y desde hace ya al menos un par de años estrenamos los embotellamientos de media noche: aquí el colapso es siempre inminente y el parque vehicular sigue creciendo. Moverse en bicicleta resulta una irresponsabilidad de alto riesgo y el transporte público es un horror, un desafío a las Moiras, el volado vital de todos los días… Robos, asesinatos, violencia callejera… hacen que la seguridad pública sea un fantasma en el que ya nadie en su sano juicio puede creer…
La precarización salvaje del mercado laboral atiza la epidemia de la informalidad. Comercios y servicios se achangarran, los puestos brotan como hongos, el ambulantaje pulula… Luminarias averiadas, baches, coladeras destapadas, basura en las calles, sobrepoblación de perros bravos y cagones… ¿A todo eso se refire De Mauleón? No, ni a nada de esto ni a un sismo venidero… El periodista se enfoca en la expansión de la mancha urbana chilanga: “La tendencia de crecimiento de la Ciudad de México anuncia un futuro de horror. En los próximos 13 años la mancha urbana se seguirá expandiendo…” A partir de su lectura de Tendencias territoriales determinantes del futuro de la Ciudad de México (Centro de Investigación en Geografía y Geomática “Ing. Jorge L. Tamayo” y gobierno de la CDMX, 2016), el columnista resume: “Según el estudio, la Ciudad de México dejará de existir como la conocemos”. La aseveración, así, descontextualizada —aunque también con todo el contexto que usted quiera— es indiscutible: efectivamente, en unos años la Ciudad de México como la conocemos dejará de existir…, aunque también el mes que entra, es más desde mañana mismo dejará de existir como la conocemos, aunque no nos percatemos cabalmente de ello…
Y no sólo la Ciudad de México, también la ciudad de Aguascalientes y Ciudad Acuña y Ciudad Victoria y Celaya, Nueva York y París y Tokio y Roma y Atenas…, todas, porque ninguna permanece inmutable. Un ejemplo: Selçuk, Turquía, ciudad en el que, aunque entonces se llamaba de otra manera, nació hace 2,552 años un tal Heráclito, a quien en vida apodaron el Oscuro —porque “hablaba en términos enigmáticos, cantando como un gallo e injuriando al pueblo”, según su coetáneo Timón (Rodolfo Mondolfo, Heráclito: textos y problemas de su interpretación. Siglo XXI, 1981)—. Como bien se sabe, Heráclito nació en Éfeso, una polis griega localizada en la península de Anatolia, en las proximidades del mar Egeo. Como otros muchos asentamientos de la Antigüedad, Éfeso no fue fundada, sino más bien rebautizada: Apasa se llamó primeramente, o al menos hasta donde los testimonios históricos alcanzan a informar —el registro arqueológico echa la mirada hasta el Neolítico—, mientras fue capital del reino hitita de Arzawa —siglo XIV a. C.—. En el amanecer mítico de Éfeso, se puede creer que la ciudad fue establecida por las Amazonas o bien por el rey Androloco. En cambio la historiografía dicta que la presencia griega comenzó en el período micénico (1500–1400 a. C.), con la llegada a Asia Menor de los aqueos. Siglos más tarde, s. VI a. C., los griegos, tanto los jónicos como los eolios, serían sometidos por el reinado de Lidia, después por los persas para ser parte del imperio aqueménida, y enseguida recuperada por los griegos del otro lado del mar, para ser incorporada a la Liga de Delos, aunque apenas unas décadas porque luego sería recuperada otra vez por los persas, a quienes expulsó Alejandro Magno —él entró a la ciudad en 334 a. C.—, para integrar la polis al imperio macedonio. Continuaría varios siglos en el mundo helenístico, primero, bajo el control seleúcida y después ptolemaico. Pasó entonces con Éfeso lo que correspondía: fue posesión del imperio romano. En 262 fue invadida por los fieros godos y casi destruida por completo. Reconstruida, Éfeso sería luego bizantina y posteriormente otomana —entonces hasta cambió de nombre: Ayaslug—… Hoy se encuentra en la República de Turquía, en la provincia de Esmirna. Pues según Platón, Heráclito de Éfeso declaró que “no se puede entrar dos veces en el mismo río” (Crátilo, 402a), aunque al parecer lo que escribió el Oscuro fue lo siguiente: “en los mismos ríos entramos y no entramos, [pues] somos y no somos [los mismos]”. Ambas versiones vienen a cuento: uno no puede deambular dos veces por la misma ciudad…, porque uno no permanece el mismo y porque la ciudad cambia, y aunque no cambiara sería distinta por el puro hecho de que quienes la habitan y transitan no paran de mutar. La ciudad, cualquier ciudad, dejará de existir como la conocemos…, ineludiblemente. 

viernes, 28 de julio de 2017

Gadgets y hartura

A JAIR, por la recomendación.


El 16 de agosto de 1964, Isaac Asimov (1920-1992) publicó algunas predicciones en The New York Times. En una nota que tituló Visit to the World's Fair of 2014, el escritor norteamericano nacido en suelo soviético daba a conocer cómo imaginaba que sería el mundo medio siglo después. En general, apostaba porque los artilugios tecnológicos —curiosamente empleaba el vocablo gadgetry, es decir, un montón de gadgets— “continuarán descargando a la humanidad del trabajo tedioso”. Y aunque entre tedio y aburrimiento hay una relación de sinonimia casi perfecta, Asimov alertaba: “La humanidad sufrirá gravemente de la enfermedad del aburrimiento...” Pronosticaba, pues, una paradoja: que en el futuro la tecnología aminoraría el tedio y que el futuro sería aburrido. El bioquímico y autor de cientos de libros de ciencia ficción y de divulgación científica, a todas luces, le dio en el clavo…  Eso sí: no fue el primero en atisbar lo que se nos venía encima.

Gracias a la película de Carlos Carrera con guion de Vicente Leñero, es muy famoso el argumento de la novela O Crime do Padre Amaro; sin embargo, su autor es poco conocido en México:
José Maria Eça de Queirós, a quien, si tuviéramos que guardarlo en un cajón, habría que echarlo en uno con el rótulo “REALISMO NATURALISMO DECIMONÓNICO”. El escritor, quien nació junto al mar, en la ciudad portuguesa de Póvoa de Varzim (1845), ha sido valorado como el mejor novelista de su país, laurel que seguramente nadie le escatimaría hasta hoy de no haber transitado por este mundo un tal José Saramago. La cortedad de su vida —la tuberculosis lo mató antes de que cumpliera 55 años— no impidió que Eça de Queirós publicara un buen bonche de novelas, relatos y crónicas. Acabo de leer un volumen en el que se compilan todas sus narraciones breves, Cuentos completos (Siruela, 2004). Entre las 17 historias incluidas, Civilização —inicialmente publicado por entregas durante octubre de 1892 en el diario Gazeta de Notícias de Río de Janeiro—, un magnífico cuento que sería la semilla de la novela A cidade e as serras, publicada en forma póstuma en 1901. El protagonista, un afortunado:
Un lindo río, murmurante y transparente, con un lecho muy liso de arena muy blanca, reflejando apenas pedazos lustrosos de un cielo de verano o ramajes siempre verdes y de buen aroma, no ofrecería, a aquel que lo descendiese en una barca llena de almohadones y de champán helado, más dulzura y facilidades de las que la vida ofrecería a mi camarada Jacinto.
Acaudalado, rodeado de amigos y bienaventurado en amores, el hombre era, según el narrador de la historia, “el más complejamente civilizado, o, mejor dicho, aquel que se había provisto de la más vasta suma de civilización material, ornamental e intelectual”. Vivía en un palacio, estudiaba las enseñanzas filosóficas de Shopenhauer, organizaba tertulias y disponía de una opulenta biblioteca —25 mil volúmenes con “todas las obras esenciales de la inteligencia… e incluso de la estupidez”—. La descripción que hace Eça de Queirós del “gabinete de trabajo” de Jacinto, el corazón de la morada, no se acoquina frente a los textos más imaginativos de Julio Verne:
Su silla, grave y abacial, de cuero…, alrededor de ella pendían numerosos tubos acústicos, que… parecían serpientes adormecidas y suspensas en un viejo muro de finca. ¡Nunca recuerdo sin asombro su mesa, toda recubierta de sagaces y sutiles instrumentos para cortar papel, numerar páginas, pegar estampillas, afilar lápices, raspar enmiendas, imprimir fechas, derretir lacre, encintar documentos, sellar cuentas! Unos de níquel, unos de acero, relucientes y fríos… Él consideraba que todos eran indispensables…, así como los treinta y cinco diccionarios, y los manuales, y las enciclopedias, y las guías, y los directorios, atestando una estantería aislada, alta, en forma de torre, que silenciosamente giraba sobre su pedestal y a la que yo le había puesto el Farol.
Y luego, lo que “más completamente le imprimía a aquel gabinete un portentoso carácter civilizado”: la gadgetry, “los grandes aparatos, facilitadores del pensamiento”:
… la máquina de escribir, los autocopistas, el telégrafo Morse, el fonógrafo, el teléfono, el teatrófono, y aun otros, todos con metales brillantes, todos con largos hilos. Constantemente sones cortos y secos tintineaban en el aire templado de aquel santuario. ¡Tic, tic, tic! ¡Dlin, dlin, dlin! ¡Crac, crac, crac!... Era mi amigo comunicándose. 
Además de todos estos dispositivos en los que se prefiguran las maravillas multimedia disponibles hoy en cualquier smartphone, Jacinto, un metrosexual adelantado, disponía de un bien surtido arsenal para socorrer “las operaciones de alindamiento”: peines y cepillos especiales, paños, grifos, vaporizadores, fuentes… Con todo, el treintañero, sano y rico, bien querido e inteligente, apertrechado de cultura y dueño de los más desarrolladas invenciones de su siglo, vivía en un “bostezo perpetuo y vago”. En concordancia con lo que Asimov prevería casi un siglo después, Eça de Queirós cuenta que el hipercivilizado Jacinto sufría de aburrimiento salvaje:
¡Era doloroso testimoniar el hastío con el que él, para apuntar una dirección, tomaba el lápiz neumático, su pluma eléctrica, o, para avisar al cochero, cogía el tubo del teléfono!… Claramente, la vida era para Jacinto un cansancio: o por laboriosa y difícil, o por poco interesante y hueca.
El diagnóstico más atinado del mal que aquejaba al protagonista de Civilización lo aporta Grilo, su fiel sirviente: “Su Excelencia sufría de hartura”.

Asimov, recio ateo, no creía que nada nos espera después de la muerte, así que no temía las eternas penas del infierno… En dado caso, pensaba que “el aburrimiento del cielo sería aún peor”. 

sábado, 22 de julio de 2017

Chilangos sí, mexicas nel

Sábado Distrito Federal

Llegar al centro, atravesarlo, es un desmoche
Un hormiguero no tiene tanto animal
Chava Flores, Sábado Distrito Federal

El viernes 29 de enero del año pasado se promulgó la reforma por la cual, desde el siguiente día, el sábado 30, el Distrito Federal dejó de existir. El camaleónico y docto don Porfirio Alejandro Muñoz Ledo y Lazo de la Vega es en buena media uno de los responsables de que el DF haya desaparecido. El aún Comisionado para la Reforma Política del Gobierno de la Ciudad de México, a quien habrá que felicitar el próximo domingo 23 por su cumpleaños 84, no sólo es un fénix, también ha sido y sigue siendo un incansable petrel, un ave de las tempestades: ahora, hace unos días, Muñoz Ledo lanzó al ágora una propuesta que, para pronto, yo califico como desacertada.



— Defeños ya no somos porque ya se acabó el Distrito Federal… –planteó. Un hecho incontrovertible, ciertamente. Pero, ¿de ello se desprende que más de ocho millones de personas nos hemos quedado de la noche a la mañana sin gentilicio?


La centenaria Ciudad de México

Mi ciudad es chinampa
en un lago escondido
Guadalupe Trigo

Llevamos añales sin un gentilicio específico para la Ciudad de México y nadie lo había echado de menos. Con capitalinos y defeños ahí la íbamos pasando, aunque aquellos eran adjetivos adjetivos; lo sustantivo ha sido la relación con la Ciudad de México. Porque salir con que en los albores del siglo XXI “se logró la creación de la Ciudad de México” podrá ser una consigna demagógica redituable, pero es un despropósito histórico. Ni como realidad ni como etiqueta puede afirmarse que la Ciudad de México sea una creación contemporánea. “Ciudad de México” es un topónimo de uso común, popular y generalizado desde hace casi cinco siglos. Ya así se le llamaba desde la Conquista. Ni siquiera es novedad como nomenclatura oficial: en 1928, Obregón impulsó la reforma de la cual se derivaría la Ley Orgánica del Distrito y de los Territorios Federales, conforme a la que el Distrito Federal quedó integrado por trece delegaciones y un Departamento Central, cuya  cabecera era, precisamente, la Ciudad de México —tal demarcación habría de desaparecer en 1970 y de ella habrían de surgir las delegaciones Cuauhtémoc, Miguel Hidalgo, Benito Juárez y Venustiano Carranza—. Pero el entrañable DF es cosa del pasado.


La Ciudad de México es ahora una de las 32 entidades federativas del país. En otras palabras, la circunscripción que antes se llamaba Distrito Federal cambió de nombre por el de Ciudad de México. Localizado en la subprovincia fisiográfica de Lagos y Volcanes de Anáhuac, se trata de un territorio enclavado mayoritariamente en la subcuenca de los Lagos de Zumpango y Texcoco. Con todo, aquí nadie se asume como anahuaquense ni texcocano ni zumpanguense.

La entidad 32 tiene una extensión de poco menos de 1,500 kilómetros cuadrados —no alcanza el 0.1% del territorio continental del país—, y resulta que actualmente no todo el territorio de la hoy Ciudad de México está ocupado por la Ciudad de México: prácticamente la mitad del polígono de la entidad no corresponde a la mancha urbana (47%, de acuerdo al Censo de 2010), aunque eso sí, prácticamente todos sus habitantes somos urbanos, citadinos.

Ni mexicas ni tenochcas

Los mexicanos no somos descendientes de los mexicanos,
sino de los pueblos que se sumaron a Cortés
para derrotarlos.
Somos un país con un nombre hecho de nostalgia y culpa.
Álvaro Enrigue, Muerte súbita.

Dado que defeños ya no somos, y puesto que según él capitalinos no alcanza y chilangos no sirve, don Porfirio sugirió mexicas como gentilicio aplicable a la gente de la Ciudad de México: “Yo creo que deberíamos rendir homenaje a nuestros ancestros, a la tribu que llegó a esta ciudad para erigir una gran civilización, a los mexicas”… La propuesta me parece descabellada. Va en corto mi alegato.

México es un nombre importado. Lo trajo un pueblo que, hacia el siglo XIII de nuestra era, llegó supuestamente del norte. “Según los relatos, al estar en Aztlan eran aztecas o aztatecas. Durante la peregrinación cambian a mexicas, conforme a lo que les indica su dios Huitzilopochtli. Al llegar a Tenochtitlan y fundar su ciudad se les denomina tenochcas” (Eduardo Matos Moctezuma, Tenochtitlan. FCE, 2006). Los mexicas eran el grupo nahuatlaca hegemónico cuando llegaron los españoles, y fueron el pueblo derrotado por la gran coalición de reinos mesoamericanos organizada por Cortés. Prácticamente fue una guerra de exterminio, de tal manera que llamar “nuestros ancestros” a los mexicas no es preciso: efectivamente, los mexicanos somos producto del mestizaje, pero no entre ibéricos y fantasmas. En dado caso, sería más certero que nos llamáramos tlaxcaltecas o tezcocanos. 

México-Tenochtitlan fue fundada en 1325 y conquistada en 1521; existió durante 196 años. Como ciudad capital del Virreinato de la Nueva España alcanzó tres siglos de existencia (1521-1821). Así que adoptar el gentilicio de tenochcas tampoco parece ser lo más conveniente.

El país se llama México por la Ciudad de México, y el gentilicio para todos es mexicanos. En cambio, según la RAE, para los naturales de la capital de la República el vocablo que nos toca es mexiqueño. A diferencia del horrible mexiquense que sí usa la gente del Estado de México, no conozco a nadie que se diga mexiqueño o se refiera como tal a un capitalino… Ahora, lo más apropiado, mexicopolitanos, resulta un tanto artificioso y dudo que llegara a emplearse. ¿Qué queda? Lo más sencillo: chilangos.



sábado, 15 de julio de 2017

Todos mienten

Dios nos cubrió el cerebro con un cráneo
para que nadie mire en su interior.
¿Cómo se podría vivir sabiendo lo que el otro piensa?
Isaac Bashevis Singer


2:40 am: el insomnio volvió a ganar el pleito. Suspiras. Te levantas de la cama y, tratando de no hacer ruido, caminas al living. Prendes un cigarro. Prendes la computadora… Abres Chrome. Tecleas: “cómo le hago para…”, así, sin el signo de interrogación que abra la pregunta que no necesitarás cerrar antes de que Google complete la oración con las cinco búsquedas más frecuentes…:
… descargar música… recuperar mi cuenta de facebook… descargar videos… dormir… sacar mi rfc
Desplazas el cursor a la penúltima opción. Cliqueas.

Minutos antes, la vecina del departamento 8, también insomne, escribió en la barra de búsqueda: “me siento…” Los algoritmos de Google terminaron de inmediato el enunciado: 
… triste… sola… mal… tan sola
La gente busca guía en internet para resolver todo tipo de inquietudes, desde las más generales hasta las más específicas. ¿Cuáles son las consultas más frecuentes relacionadas con, pongamos por caso, la circunstancia de ser ciudadano de este país? Para averiguarlo, basta digitar “soy mexicano y…”:
… quiero trabajar en Canadá… quiero trabajar en Australia… quiero vivir en España… quiero vivir en Argentina
La diáspora como la esperanza generalizada; el anhelo nacional, salir corriendo… 

En la introducción a su libro Everybody Lies: What the Internet Can Tell Us About Who We Really Are (Harper Collins, 2017), Seth Stephens-Davidowitz afirma: “El poder de los datos de Google es que la gente le cuenta al gigantesco motor de búsqueda cosas que no le diría a nadie más”. Cierto, e ipso facto desde la inmensidad del llamado big data es posible desplegar un espejo que nos destapuja a todos. “Después de googolear sobre la NFL y música rap, un hombre se toma un momento para preguntar en el motor de búsqueda: ‘¿Es normal soñar que uno besa a otros hombres?’” La búsqueda queda registrada. Ningún otro mecanismo tiene tal poder. Por ejemplo, esto es lo que los internautas en México han googoleado últimamente, al formular el planteamiento práctico “quiero saber cómo…”: 
… hacer el amor… tú te fijes en mí… hacer un pacto con la san de la muerte… hacer bien el amor… hacer un testamento
En su prólogo a Everybody Lies, el prestigiadísimo doctor Steven Pinker sostiene que ninguno de los métodos de los que dispone hoy la ciencia —tiempos de reacción, dilatación de la pupila, neuroimágenes funcionales, electrodos implantados, etcétera— proven una visión franca de la mente. “Si nos concentramos en medidas que son fácilmente cuantificables, como el tiempo de reacción a las palabras, o la respuesta de la piel a las imágenes, podemos generar estadísticas, pero apenas hemos rasguñado la textura compleja de cognición. Las metodologías más sofisticadas de neuroimagen pueden mostrarnos cómo un pensamiento se extiende en el espacio tridimensional, pero no pueden decirnos en qué consiste”. Por lado, el psicólogo experimental especializado en procesos de cognición y lenguaje acepta que indagar por medio del diálogo nunca alcanza: “las proposiciones en toda su enmarañada gloria multidimensional son muy difíciles de analizar para un científico”. Además, ¿a cuánta gente habría que entrevistar?, ¿de qué tamaño es una muestra realmente representativa?  En contraste, el doctor Pinker se manifiesta entusiasta respecto a los hallazgos en la www: “Este libro aborda un método totalmente nuevo para estudiar la mente humana. La big data de internet y otras reacciones en línea… permiten un vistazo sin precedentes en la psique de las personas”. Everybody Lies… ofrece un panorama actualizado de las potencialidades alucinantes que la vida en línea nos depara: “En la privacidad de sus teclados, las personas confiesan las cosas más extrañas, a veces (como en los sitios de citas o las búsquedas de asesoramiento profesional) porque tienen consecuencias reales, otras veces precisamente porque no tienen consecuencias: la gente puede desahogarse de algún deseo o temor sin que otra persona real reaccione con consternación o peor”.

Como Pinker —“una y otra vez mis ideas preconcebidas sobre mi país y mi especie fueron revueltas”—, no paro de asombrarme. Un botón de muestra, acabo de realizar una pequeña exploración: a partir de su condición de edad, ¿sobre qué googlea la gente? Enseguida, solamente las primeras tres búsquedas:

Tengo


Tengo

15 años y
quiero trabajar

28 años y
nunca he tenido novio
me mide 10 cm

no tengo novio
quiero bahar de peso

tengo arrugas
16 años y
quiero trabajar

29 años y
nunca he tenido novia
quiero tener relaciones

no tengo novia
me mide 12 cm

nunca he trabajado
17 años y
quiero trabajar

30 años y
nunca he tenido novio
nunca he tenido novia

no tengo novia
no se me para

no tengo nada
18 años y
nunca he tenido novia

31 años y

no tengo novio
quiero una tarjeta de crédito

soy virgen
nunca he tenido novio un he besado

me siento vieja
19 años y
nunca he tenido novia

32 años y
no tengo cartilla militar
nunca he tenido relaciones

nunca he trabajado
no me sale barba

quiero bajar de peso
20 años y
nunca he tenido novio

33 años y
no tengo novia
tengo cuerpo de niña

me siento viejo
tengo canas

no sé qué hacer con mi vida
21 años y
nunca he tenido novio

34 años y
vivo con mis padres
no se me para

me siento vieja
me duele el corazón

quiero embarazarme
22 años y
nunca he tenido novio

35 años y
tengo acné
soy virgen

quiero embarazarme
no tengo novia

no se me para
23 años y
nunca he tenido novio

36 años y
estoy embarazada
mis padres me controlan

no sé que hacer con mi vida
tengo arrugas en los ojos

quiero estudiar
24 años y
nunca he tenido novia

37 años y
estoy embarazada
me dicen señora

me siento vieja
me siento viejo

no puedo quedar embarazada
25 años y
nunca he tenido novio

38 años y
estoy embarazada
quiero estudiar

me siento muy cansada
nunca he tenido relaciones

quiero embarazarme
26 años y
nunca he tenido novio

39 años y
estoy embarazada
me dicen señora

no me baja la regla
vivo con mis padres

quiero embarazarme
27 años y
nunca he tenido novio

40 años y
no puedo bajar de peso
no tengo novio

nunca he tenido novio
no se me para

quiero estudiar






Psicólogos, ¡a un lado! Sociólogos, a trabajar que hay mucha tela de donde cortar.