Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.

sábado, 14 de octubre de 2017

Ciudad de cristal

Impuntuales, los dos llegaron al mismo tiempo. Si alguno de ellos hubiera consultado su celular —ninguno usa reloj— habría advertido que estaban presentándose cuarenta y dos minutos después de la hora acordada. La coyuntura resulta anómala ya que ambos son gente reputada como formal y respetuosa de las agendas, la propia y las de los demás. Más raro aun, nadie ofreció disculpas. Enseguida de un saludo raudo y sobrio, entraron juntos a la cafetería. No había nadie haciendo fila. Embetunado de una amabilidad ramplona que rayaba en la grosería, un sonriente efebo les dio la bienvenida.

— ¿Qué van a tomar, amigos?

Al menos no los llamó chicos. Ye pidió un expreso americano.

— ¿Tamaño?

— Grande…, es decir, venti.

— Igual para mí –dijo O.

Cada quien pagó su consumo. Sin hablar, aguardaron sus bebidas en la barra. Luego otearon por un lugar en donde sentarse… Nada, el sito estaba atestado.

— ¿Afuera?

— Afuera.

O y Ye salieron para instalarse en la única mesa desocupada. Tragos a sus sendos vasos desechables… Dejaron pasar un par de minutos, tal vez para aclimatarse al fatigado fragor que la gente acomodada en el resto de las mesas provocaba, una estridencia más bien apagada, sin risas, interrumpida constantemente por esquirlas de silencio… La tristeza sigue instalada en la ciudad, pudo pensar cualquiera de ellos. O también: mucha gente sigue con el ánimo agrietado, sin resanar…

— ¡…! —suspiró alguno de ellos, quizá ambos. 

— El terremoto del 19 de septiembre…

— ¿Cuál?

— ¿Cómo que cuál? Pues el que ocurrió aquí, en la Ciudad de México.

— Sí, pero a cuál te refieres…, ¿al temblor o al sismo?

— ¿…?

— Al mañanero del 19 de septiembre todo mundo le llama temblor, y al que sucedió 32 años después, exactamente el mismo día, pero a las 13:14 horas, le llamamos sismo.

— Ya… El temblor de 1985. El sismo de 2017.

— Ajá.

— Ok. Entonces me refiero al sismo…

— Te refieres pues al del martes de hace dos semanas, no al del jueves de finales del siglo pasado.

— Sí. El sismo del martes 19 de septiembre de 2017 me sorprendió mientras leía una novela de Paul Auster –en sincronizado movimiento, los dos levantan su café y beben. Por la cabeza de uno y otro pasa un pensamiento fugaz: ¡’uta, qué fuerte estuvo!

— …

— …

— ¿Qué novela de Auster? ¿La nueva? 1234 se llama, ¿no?

— No, 4321. Pero no, la nueva no, más bien la más vieja, la primera…

— ¿La más vieja? The Invention of Solitude, de 1982.

— Esa es su primera obra narrativa…, pero no es una novela, es un libro autobiográfico.


— Entonces Squeeze Play. Ésa sí es novela y también fue publicada en 1982.

— Correcto: es novela, y previa a la que estaba yo leyendo cuando empezó a temblar…, pero considera que no la firma Paul Auster, sino…

— Bueno, sí: Paul Benjamin, un sobrenombre, un pseudónimo… De acuerdo, entonces… Déjame pensar… ¡Ya: qué inapropiado resulta que el 19 de septiembre te haya pillado en la Ciudad de México leyendo City of Glass!

— Así fue… Ciudad de cristal

— ¿Pero ya la habías leído, no?

— Pues yo creía que sí.

— ¿…?

— Es que la traía confundida con The Brooklyn Follies.

— Esa es mucho más reciente: 2005.

— Y Ciudad de cristal es la primera novela de La trilogía de Nueva York.

— Ojo: la primera edición es de 1985.

— Sí, pero preferiría no subrayar eso…

— Ok, a un lado cualquier coincidencia telúrica… Entonces nos quedamos en que es la primera novela que Paul Auster firmó como Paul Auster…

— Y en la que aparece un personaje que se llama, precisamente, Paul Auster.

— Bueno, en estricto sentido, no. Recuerdo que en la novela hay dos personajes que se llaman Paul Auster: un detective, que nunca aparece...

— Claro…, el detective y el escritor.

— ¿El escritor que se hace pasar por el detective?

— No, no, no… Está Paul Auster, el detective al que buscan por teléfono; Paul Auster, el escritor, y además otro escritor, Daniel Quinn…

— Ya recuerdo: Quinn es otro escritor, el protagonista de la novela, el que se hace pasar por Paul Auster, el investigador privado.

— En efecto: Quinn, aunque sus libros no los firmaba con su verdadero nombre, sino como William Wilson.

— Novelas de misterio, ¿no? 

— Sí, protagonizadas por su detective narrador, un tal Max Work.

— A ver…, Quinn se hacía pasar por William Wilson para escribir novelas en las que, en primera persona, Max Work relata sus aventuras. 

— O Wilson poseía a Quinn para que escribiera como si fuera Work.

— También, aunque Wilson termina siendo el menos real: más allá del pen name, era una especie de médium para que Quinn conectara con Work.

— Claro, Quinn es el verdadero escritor.

— ¿Verdadero? Quinn es un personaje. En Ciudad de cristal Paul Auster narra la historia de Quinn, quien se hace pasar por Paul Auster, el detective, y además conoce a Paul Auster, el escritor.

— ¿Y qué caso tiene?

— ¿Qué caso tiene escribir una novela en la que uno mismo aparezca como personaje?

— No, ¿qué caso tiene Paul Auster, el detective?

— Ah, ya… Bueno, al parecer su trabajo es socorrer a Peter Stillman, evitar que lo maten.

— ¿Que lo mate quién?

— Peter Stillman… Recuerda: Paul Auster es contratado por Peter Stillman hijo, aunque en realidad quien paga es la esposa, para que siga a Peter Stillman padre, puesto que teme que quiera matarlo.

— Ajá, un posible filicidio.

— Pero no te cuento más… Si no te acuerdas, léela de nuevo…

— Ajá…, el próximo terremoto…

— … que caiga en 19 de septiembre.

Agotada el asunto, se acabaron su café, se levantaron y se fueron…, simultáneamente.

sábado, 7 de octubre de 2017

1985 – 2017

People leave traces of themselves
where they feel most comfortable, most worthwhile. 
Haruki Murakami, Dance Dance Dance.


Hace mucho mucho tiempo, en Aguascalientes, me enteré de la existencia de El Unicornio. Estoy hablando del siglo pasado y acabábamos de llegar. Éramos cientos y cientos de chilangos descentralizados, recién desempacados en el Altiplano. Defeñas y defeños nostálgicos, todavía con el tonito bien marcado, mano. Apenas comenzábamos a explorar los nuevos recovecos, los tejesymanejes de la vida en un lugar en donde sí se respetaba la cuaresma, se dormía la siesta y daba tiempo de mucho, y en el que todo estaba cerca, aunque aquel todo no era el todo al que estábamos acostumbrados: por ejemplo, no había tacos al pastor ni puestos de quesadillas de flor de calabaza ni recauderías en donde vendieran verdolagas ni huitlacoche. Hallamos otras carencias y también nos topamos con hallazgos sorprendentes, como la proximidad de El Muerto y las explosiones de color en el cielo… Me tocó llegar con la segunda oleada de trabajadores del INEGI: aún no terminaban de construir el edificio sede y la mayoría de nosotros vivíamos en el Ojocaliente, un fraccionamiento que se encontraba en los confines de la ciudad y a donde a los taxistas no les gustaba llegar, los aguamieleros circulaban en burro por las obras a medio acabar y los fines de semana no era extraño oír a alguien cantando Sábado Distrito Federal

Corría 1988, y el mundo era otro mundo: Reagan comandaba la Guerra de las Galaxias desde Washington, porque, efectivamente, la URSS era aún una realidad territorial e ideológica que tenía expresiones por todos lados, como que ese mismo año se jugó la Eurocopa en Alemania Occidental, es decir, la mitad de Alemania. En octubre, Gorbachov fue elegido presidente del Sóviet Supremo y acá, en diciembre, Salinas llegó a Los Pinos… Nadie hablaba del cambio climático aunque sin saberlo ya estábamos en el Antropoceno, para la mayoría las computadoras eran objetos de uso súper especializado y la alta tecnología hogareña no pasaba de una videocasetera VHS. Los noventa se vislumbraban con esperanza —el primer escaño del Billboard en 1988 fue para Faith de George Michael—, aunque en México la palabra crisis seguía siendo sinónimo de vida diaria. Del Mundial del 86 habíamos salido con una superstición que durante mucho tiempo cargaríamos en el lomo como un tumor, como una pecaminosa certeza colectiva: los mexicanos no sabemos meter penales, porque a la hora de la hora nos da miedo ganar, nos arrugamos. El terremoto de 1985, propulsor de la diasporita chilanga —nuestro humilde éxodo fue para el pantagruélico DeFectuoso lo que un pelo a un gato—, seguía en la memoria de todos. Entonces Aguascalientes era una entidad gobernada por un ingeniero geógrafo a quien cualquiera podía saludar de mano en la calle, uno llegaba al Campestre por el Camino a Las Trojes porque faltaban varios descalabros para que Colosio fuera un mártir revolucionario institucional, a los aguascalentenses les importaba un rábano el fut y todavía menos si ganaba o perdía el Necaxa, no había ni un Sanborns y los videoclubs de barrio proliferaban como piratas en el Caribe dieciochesco… En aquella época remota, en el horizonte de la oferta de consumo simbólico los capítulos de La Tremenda Corte eran garbanzos de a libra, y la cafetería/librería Excélsior en El Parián, un oasis. Ahí alguien, quizá el propio Fernando Rivera o quizá el Choco o un maestro gringo de la UAA con el que ahí llegué a jugar ajedrez o Esquer o el Ginger, me dijo que El Unicornio salía los domingos con El Sol del Centro

— Lo dirige Jesús Gómez Serrano, el historiador. Lo encuentras en el Archivo Histórico del Municipio.

De Gómez Serrano yo ya había leído Aguascalientes, imperio de los Guggenheim (Colección SEP/80, 1982). No recuerdo si el libro incluía o no una semblanza en la que se señalara la fecha de nacimiento del autor, pero, si así era, o no la había leído o no la registré, porque cuando fui a buscarlo al viejo edificio en la calle Juan de Montoro yo esperaba que iba a tener que lidiar con un respetable provecto, tal vez medio sordo y cegatón. Error: la afable persona que me atendió escuchaba y veía perfectamente bien, y si no era un mozalbete, estaba entonces todavía a varias décadas de la tercera edad. Casi no conversamos: si yo quería publicar algo en El Unicornio, había que llevárselo y punto, él lo sometería al Consejo Editorial. Días después entregué mi primera colaboración y la publicaron. Andado el sendero, lo recorrí varias veces, aprovechando la generosidad de Jesús y su banda. Ensayitos, cuentos y luego, emulando una tradición decimonónica, la publicación por entregas, en las páginas tabloides de aquel suplemento cultural salió a la luz una novela que había comenzado a escribir poco antes de acometer la aventura del destierro voluntario, Ojalá estuvieras aquí. Meses después, en 1990, el texto sería publicado como libro, en una coedición de Claves Latinoamericanas —sello editorial fundado por Raúl Macín— y el Instituto Politécnico Nacional.

En Ojalá estuvieras aquí narro algunos hechos verídicamente ficticios que ocurren en torno al terremoto que sacudió a la Ciudad de México el 19 de septiembre de 1985. Catapultado por el terremoto que acabamos de sufrir, exactamente el mismo día, y dado que el librito ya no se consigue, realicé una apresurada edición digital para compartirla vía web. El gran sismo sucedió 32 años después y me encontró de vuelta en la Ciudad de México. Otra vez lo voy a poder contar.






Coda

Creíamos que estábamos muy mal; tembló y se evidenció que estamos peor. Corrupción, negligencia, ineficiencia, impunidad…

jueves, 28 de septiembre de 2017

Dos del 19 de septiembre

El terremoto lo agarró comiendo tlacoyos. Como casi todos los martes, Pablo pidió uno de frijoles y uno de habas, los dos con quelites y salsa verde. Había llegado al tianguis con María poquito después de la una de la tarde, porque habían acordado salir a almorzar treinta minutos después de la hora habitual, por aquello del relajito del simulacro de las once. Bastante hartos de la rutina, ambos hablaron poco. A las 13:14 ella estaba dándole una feliz mordida a una quesadilla de chicharrón con queso, y él se hallaba a medio trago de sidral; entonces los banquitos blancos de plástico en los que estaban sentados pegaron un brinco. Voltearon a verse a los ojos y mirándose sintieron la sacudida… La fuerza del primer fustazo en el piso provocó un instante de silencio y una quietud contrastante: ¡encantados! Miradas fijas en el limitadísimo horizonte que permite la ciudad, alientos contenidos, Jesúses en la boca… ¿Está temblando?, la miserable duda con que todos trataron de enfrentar la telúrica evidencia. ¿Hoy? ¡No, no puede ser!, reclamó la voz interior que dijo exactamente lo mismo en millones y millones de cerebros a lo largo y ancho de la Ciudad de México, reclamo inútil porque una fracción de segundo después la intensidad de los jaloneos no dejó ya ningún espacio a la incredulidad: las marchantitas soltaron las bolsas del mandado, el taquero dejó caer la tortilla y su cucharón en la enorme olla de moronga, las tres señoras que atendían el puesto dejaron la masa y los hongos y los sesos y las quecas…, los comelones botaron sus fritangas, el de los jugos saltó la mesa de su puesto y ya nadie esperó el cambio… 

— ¡Síestátemblando!

Los dos se levantaron y a tropezones se arrimaron al centro de la calle con un apuro aletargado por el zarandeo y desesperante, buscando el refugio del descampado, el cobijo del cielo abierto, él y ella y ellos y ellas y todos los que estaban en el tianguis, y la gente que por ahí pasaba… Los autos detuvieron el paso, y el cablerío, el semáforo, los árboles, los postes, los edificios comenzaron a bailar… Sólo entonces se dejó oír la alarma: ¡Alerta sísmica! ¡Alerta sísmica! ¡Alerta sísmica!…

— ¡Cuidado! —gritó María al mismo tiempo que empujó a Pablo con ambas manos… El trozo de edificio pasó rozándole la cabeza antes de caer seco sobre el pavimento. El sismo todavía duró unas cuantas perpetuidades extras, segundos más que suficientes para poder saberse vivo y sorprenderse, para imaginarse el horror que deberían de estar pasando sus compañeros en el octavo piso, para caer en la cuenta de que en México todas las leyes de probabilidad tienen el mismo valor que el resto de las leyes, ¡carajo, justo hoy, 19 de septiembre! 

*

Javier Indiana, arquitecto egresado hace poco tiempo de la UNAM (FES Acatlán), tiene la fortuna de no estar desempleado o subempleado, más incluso: tiene surte de formar parte de la economía formal. Trabaja para una empresa constructora, de esas que están plagando la Ciudad de México de edificios de departamentos. Son como hongos venenosos. Especulación financiera, ausencia absoluta de planeación urbana, construcciones al vapor, explotación del personal… Indiana es responsable de una obra que su empresa está erigiendo en la colonia Condesa. El martes tenía que ir a las oficinas a arreglar algunos pendientes administrativos y el sismo lo pescó bajo tierra: … en el metro, te digo que yo iba en el metro, de ahí de Constituyentes a Auditorio, se paró en seco casi casi… un poquito más allá de la mitad del trayecto, el convoy, el tren, y pude escuchar cómo se oía la estructura de afuera, o sea, se oía cruch, cruch, cruch… Y dije no, ¡no mames!, en donde esto se caiga ya chingó a su madre aquí, aquí me va a cargar… La verdad es que fue impactante, impactante de verdad… Ese día no pudo llegar a la obra en la Condesa; se quedó atrapado casi una hora en el vagón y después resultó imposible llegar: la ciudad era un caos. A la mañana siguiente se presentó a trabajar. Para entonces, ya había pasado por varios edificios colapsados. Dos horas más tarde despachó a todos los albañiles a su casa y él se fue caminando a la esquina de Laredo y Amsterdam, en donde en lugar del edificio de departamentos ahora había un macabro pastel de cemento, varillas y vida cercenada… No habría de salir de ahí sino 46 horas después. Sin descanso, participó durante todo ese tiempo en las labores de rescate… Pudo sacar a una señora que abrazaba a su perro, ambos muertos. En el sitio web de la UNAM pueden leerse los perfiles de profesionista de todas las carreras; en el caso de la licenciatura que estudió Javier Indiana, a la letra dice: El arquitecto es el profesional que, con sentido humanista y formación interdisciplinaria, dirige su hacer a la satisfacción de las necesidades del hábitat de la sociedad política y civil, respondiendo a la realidad del contexto y circunstancia histórica en que vive, dominando la ciencia y la técnica para edificar los espacios que crea, y administrando eficientemente los recursos que le confían.

*

Quiero creer que el martes el país nos quiso obligar a un despertar. Quiero entender que el martes el país quiso sacudirse la lacra. Espero que el zarandeo también haya sido de conciencias.

viernes, 22 de septiembre de 2017

México asolado

Más o menos hace mil años, fueron conminados por su dios patrono a emprender un largo y penoso andar hacia el sur. Partieron de una isla blanca, “el lugar de las garzas”, en donde, según relata Fernando Alvarado Tezozómoc (c. 1525-1610), habían vivido durante mucho tiempo: “… se hallaban radicados, esparcidos allá en Aztlán, los chichimecas, los aztecas, durante 1014 años, según resulta del cómputo anual de los ancianos; y entonces se vinieron a pie para acá” (Crónica mexicáyotl, 1598). En algún momento del éxodo, su dios tribal, Huitzilopochtli, decide que cambiarán, además de residencia, también de apelativo: “Ahora ya no será vuestro nombre el de aztecas, vosotros seréis mexicas, y allí les embijó las orejas” (Códice Aubin, 1576). Mexicas ya y ya con las orejas embijadas —es decir, teñidas con bija o achiote—, vinieron a erigir su ciudad capital en un insignificante islote situado en medio del “lago de la Luna, el Meztliapan, como se llamaba esotéricamente el lago de Texcoco”…, claro, insignificante hasta el momento preciso en que un ave regia, el águila representante de un colibrí zurdo, el fiero Huitzilopochtli, se posó sobre un nopal para devorar una serpiente. “Allí, donde fue arrojado el corazón del primer sacrificado, allí debía brotar el árbol espinoso, el árbol del sacrificio, que representa el lugar de las espinas, Huitztlampa, la tierra del Sol…” (Alfonso Caso. El pueblo del Sol. FCE, 1953). Así que después de andar a salto de mata por la cuenca de México durante unos 150 años, en 1325 aquellos parias peregrinos decidieron fundar Tenochtitlán. Tendría que pasar otra centuria para que los mexicas, antes aztecas o aztatecas, a partir de entonces también tenochcas, comenzaran su historial imperialista: no sería sino hasta 1428 que conseguirán liberarse del yugo tepenaca de Azcapotzalco, y además, en alianza con Tetzcuco y Tlacopan, someterlo. El centro hegemónico de la cuenca pasó a México-Tenochtitlán, y ahí no se detuvieron sus afanes belicosos: “El pueblo azteca, como todo pueblo imperialista, tuvo siempre una excusa para justificar sus conquistas, para extender el dominio de la ciudad-estado Tenochtitlán —explica Antonio Caso—, y convertir al rey de México en el rey del mundo, Cem-Anáhuac tlatoani, y a México-Tenochtitlán en la capital del Imperio que titulaban CemAnáhuac tenochca tlalpan, es decir ‘el mundo, tierra tenochca’”. De la expansión del poderío del pueblo elegido por Huitzilopochtli dependía la continuidad del mundo: sus conquistas, y los tributos y los sacrificios correspondientes, eran indispensables para que el sol siguiera dando vida. El empuje mitológico resultó a todas luces funcional: cien años después, cuando Cortés azuzó y comandó la rebelión indígena que lo destruiría, el imperio que había comenzado en un yermo islote que ningún otro pueblo reclamaba, el Colhúa-Mexica, alcanzaba las dos costas y había sometido a pueblos más adelantados. La mitología dispensó una coartada simbólica a los aguerridos tenochcas, legitimando, tanto frente a los hombres como ante las divinidades, su marcha imperialista: para ello, conectaron su identidad con la gente de Tula (600-1165) y su cosmogonía con los colosos de Teotihuacán (100-750): “las dos ciudades que precedieron a los mexicas… sirvieron para que éstos las tomaran como referencia inmediata en su relación con lo divino y con la grandeza humana” (Eduardo Matos. Tenochtitlán. FCE, 2006).

Los mexicas creían que Teotihuacán, la misteriosa ciudad en ruinas, había sido edificada por gigantes. De por sí eso ya era un portento, aunque era lo de menos: lo trascendente era que en aquella ciudad los dioses habían creado el sol del maíz, el sol del hombre nahua, su sol: el Quinto Sol, porque antes de ello, se habían sucedido ya cuatro, uno a uno: cuatro eras, cuatro mundos distintos con sendos tipos de gente. Conocemos el mito cosmogónico de los antiguos mexicanos gracias a una serie de documentos testimoniales, entre ellos, el más antiguo y quizá el más importante, la Piedra del Sol. La llamada Leyenda de los Soles es referida también en otros monumentos, en códices e informes de indígenas y religiosos. Destacan la Historia de los Mexicanos por sus Pinturas (c. 1533), el Manuscrito de 1558, el Códice Vaticano (copia hecha en 1563 de uno anterior), los Anales de Cuauhtitlán, la Sumaria relación y la Historia chichimeca de Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, y la Historia de Tlaxcala de Muñoz Camargo. Si bien en lo fundamental cuentan lo mismo, presentan algunas diferencias entre sí en el orden de las eras, los cataclismos y las mutaciones que causaron. Roberto Moreno y de los Arcos (1943-1996) elaboró un lectura integradora de todas las fuentes —“Los cinco soles cosmogónicos”. Estudios de cultura náhuatl. UNAM. V. 7, 1967—, según la cual el orden de los Soles sería el siguiente: Tierra, Viento, Fuego, Agua y Movimiento, regidos por los dioses y colores Tezcaltipoca/negro, Quetzalcóatl/blanco, Tlalocatecuhtli/rojo, Chalchiuhtlicue/amarillo y, otra vez, Quetzalcóatl/¿verde?, respectivamente. Al final del primer Sol, Nahui-Océlotl, a los gigantes se los comieron los tigres; cuando terminó Nahui-Ehécatl, los hombres mutaron en monos; la siguiente era, la de Nahui-Quiáhuitl, concluyó y la gente se transformó en aves; la cuarta época, la de Nahui-Atl, acabó y la humanidad se volvió un cardumen inmenso de peces, y el Quinto Sol, el de los mexicas, habría de finalizar con la destrucción total a causa de horrorosos terremotos… El acabose del mundo de los mexicas desembarcó en Yucatán y luego de costear hasta la tierra de los totonacos avanzó tierra adentro hacia el Altiplano; conforme se fue acercando a la gran Tenochtitlán fue ganando fuerza, alimentándose con el encono de los pueblos subyugados.

No sé si México viva hoy un Sexto o Séptimo Sol…, siento en cambio que vive asolado, y que nos urge cambiar de mundo.

sábado, 16 de septiembre de 2017

Alerta en la cuenca

A story has no beginning or end:
arbitrarily one chooses that moment of experience
from which to look back or from which to look ahead. 
Graham Greene, The End of the Affair.



Hace tres días —jueves 7 de septiembre—, justo a las once de la noche con 49 minutos y 18 segundos, a 58 kilómetros de profundidad en un punto localizado a 133 kilómetros al suroeste de Pijijiapan, Chiapas, se desató una fuerza telúrica que de inmediato se propagó por la masa continental… Rauda, unos cuantos minutos después llegó a la Ciudad de México, en donde, gracias al sistema de alerta sísmica, muchas personas, entre atemorizadas y escépticas, casi todas empijamadas, ya la esperábamos en la calle. Quizá hubo quienes estaban dormidos y ni siquiera despertaron, seguramente no faltaron los inconscientes y valerosos que no experimentaron ningún tipo de congoja, los que siguieron en lo suyo como si nada, e incluso gente concentrada en algo muy importante o insondablemente absorta en la tele o en un libro o en un cuerpo ajeno…, a saber. Pero supongo que una buena porción de los habitantes de la Zona Metropolitana del Valle de
México (ZMVM), más de veinte millones, vivió algo más que un susto. El temblor tuvo una fuerza y una duración —8.2 grados en la escala de Richter y tres eternos minutos con prolongadísimos cuarenta segundos, respectivamente— que provocó que muchos retrotrajéramos a la avispada conciencia no sólo la memoria de lo sucedido en 1985, sino también una de las obviedades que en el día a día casi todos mantenemos en el olvido: que absolutamente todo es provisional. Mientras el edificio en el que uno vive se mece y el cielo se ilumina por la triboluminiscencia, resulta particularmente propicio reflexionar en el hecho de que la enorme megalópolis mexicana no siempre ha estado aquí, que no siempre estará aquí… 

¿Qué tan vieja es la Ciudad de México? El consenso entre arqueólogos e historiadores señala que, en efecto, México-Tenochtitlán fue fundada sobre un islote en medio del lago de Texcoco en 1325, es decir, no hace mucho tiempo, apenas hace 692 años. Claro, los asentamientos humanos en el territorio que hoy ocupa la CDMX se remontan varias centurias atrás. El doctor Leonardo López Luján explica que “cuando se han hecho excavaciones profundas bajo la Catedral, se han encontrado capas pre-mexicas, es decir, que nos vamos tal vez a épocas toltecas e inclusive podríamos vislumbrar algún nivel teotihuacano, es decir, podríamos pensar que el pasado de la ciudad es más antiguo [que Tenochtitlán], pero sin que fuera una sucesión de ciudades. Tal vez asentamientos muy modestos antes del mexica”. 

Ciertamente, son varios los vestigios que se han localizado en la cuenca de México de pequeñas ocupaciones que deben datarse en milenios … Por ejemplo, apenas en octubre de 2016, investigadores del INAH reportaron el hallazgo, al noreste de la Ciudad de México, del enterramiento de casi 150 individuos —neonatos, recién nacidos, niños, jóvenes y adultos; hombres y mujeres—. En este caso no se trató de una fosa clandestina, sino de sepulturas realizadas hace más de 2,500 años. El descubrimiento ocurrió a unos metros del límite capitalino con el Estado de México, en un terreno ubicado en la ladera sur del Cerro de Zacatenco.
Expresado así, sobre todo para quienes no conozcan la gran urbe, podría dejar la idea de que el paraje se encuentra a las afueras; no es así: el predio en el cual se descubrió el cementerio de la antigua aldea de Zacatenco —la cual fue habitada entre 800 y 500 a.C.— se localiza sobre Acueducto de Guadalupe —es decir, Periférico Norte—, en la esquina con calle Cienfuegos, menos de un kilómetro al norte de la estación Indios Verdes del metro, totalmente rodeado de construcciones. Los vestigios hallados en Zacatenco corresponden al mismo horizonte cultural de los sitios arqueológicos de Tlatilco, El Arbolillo, Tlapacoya y Coapexco; aldeas del Preclásico Temprano y Medio, localizadas todas en la cuenca de México (William T. Sanders, Jeffrey R. Parsons and Robert S. Santley, The basin of Mexico: ecological processes in the evolution of a civilization. New York, Academic Press, 1979).


Sin embargo, el primer gran asentamiento protourbano —Preclásico Tardío— erigido en la cuenca de México fue Cuicuilco, localizado unos 25 kilómetros al sur del cerro de Zacatenco, en lo que en su tiempo era la orilla suroeste del lago de Texcoco. Aquí encontramos las primeras construcciones monumentales en piedra de toda Mesoamérica.
Durante su esplendor, entre 300 y 150 a. C., Cuicuilco era un asentamiento de alrededor de cuarenta mil almas. Hoy el sitio arqueológico se encuentra en el cruce de Periférico Sur e Insurgentes. Las ruinas fueron descubiertas por don Manuel Gamio en 1922; en los tres años posteriores, a sugerencia del propio Gamio, el arqueólogo norteamericano Byron Cummings exploró y restauró el Gran Basamento —la conocida pirámide circular— (Byron Cummings, Cuicuilco and the Archaic Culture of Mexico).

En el caso del enterramiento descubierto en las faldas del Cerro de Zacatenco, la arqueóloga Estibaliz Aguayo afirma que toda esa gente falleció en un corto intervalo: “se trata de un mismo período de inhumación; algo provocó que este lugar fuera usado de forma súbita como zona de enterramiento, incluso en algunos puntos se sobrepusieron entierros…” ¿Qué ocurrió? ¿Cómo explicar tanta mortandad? “Tal vez hubo alguna sequía u otro factor de cambio ambiental”. En cuanto a Cuicuilco, no hay misterio: su destrucción fue causada por la erupción del volcán Xitle, lo cual ocasionó su abandono a partir de una serie de migraciones. El registro arqueológico muestra que mucha gente pudo haberse ido a Teotihuacán, el gran centro urbano del Clásico en el Altiplano Central. Ni en Zacatenco ni en Cuicuilco sonó ninguna alerta.

sábado, 9 de septiembre de 2017

El unicornio y las serpientes

Giulia, hermana menor de Alessandro Farnese, fue la amante más famosa de Rodrigo Borgia, el valenciano que, vuelto Alejandro VI, asumió el Papado de 1492 a 1503. Usando el nombre de Paulo III, a Alessandro también le tocaría ocupar la silla de San Pedro, posición desde la que tendría a bien decretar, el 2 de junio de 1537, la bula Sublimis Deus, en la cual la Iglesia católica reconocía que todos los indios del Nuevo Mundo eran “hombres verdaderos, dotados de alma”, y por ello capaces de vivir en libertad, aunque, establecía “que dichos indios y demás gentes deben ser invitados a abrazar la fe de Cristo a través de la predicación de la Palabra de Dios…” Libres eran, pero que había que meterlos al rebaño.

13 días después de la promulgación de la bula Sublimis Deus, nació Dieguito Durán, en Sevilla. Más o menos seis años después el infante tuvo que haber sido trepado a un barco, puesto que por su recuerdo y propia pluma sabemos que vino a mudar de dentaduras en Texcoco. El chaval llegó con su familia a la naciente Nueva España, y acá se quedó. A los 19 años profesó en el Convento Imperial de Santo Domingo de México, en Temixtitan; ya dominico, se dedicó a evangelizar indios a marchas forzadas. A diferencia de la mayoría de los predicadores ultramarinos, el padre Durán partió de la idea de que para “invitar a abrazar la fe de Cristo” a las gentes de estas tierras, esto es, para cambiarles las creencias, primero era menester averiguar la manera previa que tenían de entenderse en el mundo. Adentrarse en la cosmovisión de los otros nunca es fácil, sobre todo sin la llave maestra, así que, nada maje, Diego aprendió náhuatl. Después de haber pasado unos veinte años en Oaxaca, fue nombrado vicario de una iglesia construida en la ladera sur del Popocatépetl, en Hueyapan; fue ahí en donde, según Agustín Dávila —Historia de la Provincia de Santiago de México—, fray Durán se entregó a la escritura de dos libros: “uno de historia y uno de antiguallas de los indios mexicanos”.
El primero, titulado Historia de las Indias de N. E. y islas de Tierra Firme, permaneció inédito durante casi trescientos años —debió de haber sido redactado alrededor de 1581—, hasta que el mexicano José F. Ramírez realizó en 1867 la edición príncipe. Según puedo leer en el facsímil digital puesto en línea por la Biblioteca Virtual Cervantes, fray Diego Durán cuenta que el segundo arzobispo de México, el lojeño también dominico Alonso de Montúfar, tomó una medida totalmente opuesta a lo que en buena parte de Europa era la tendencia renacentista: mientras allá se desenterraban obras de arte grecolatinas, acá el santo varón ordenó un enterramiento:
… el rey de México Axayácatl… estaba ocupado en labrar la piedra famosa y grande, muy labrada, donde estaban esculpidas las figuras de los meses y años, días y semanas, con tanta curiosidad que era cosa de ver, la cual piedra muchos vimos y alcanzamos en la plaza grande, junto a la acequia, la cual mandó enterrar el Ilmmo. y Rmo. Señor Don fray Alonso de Montufar, dignísimo arzobispo de México de feliz memoria, por los grandes delitos que sobre ella se cometían de muertes.
La “plaza grande” que mienta Durán no es otra que la que actualmente llamamos Plaza de la Constitución, y “la piedra famosa y grande”, la Piedra del Sol; es decir, lo que vox populi se conoce como Zócalo y Calendario Azteca, respectivamente.
El monolito de basalto permaneció sepultado en el corazón simbólico de México hasta que, siendo virrey de la Nueva España el cubano Juan Vicente de Güemes Pacheco de Padilla y Horcasitas, a finales del siglo XVIII, algunos albañiles al mando de José Cosme Damián Ortiz de Castro, arquitecto coatepecano, toparon con él…  En su Descripción histórica y cronológica de las dos piedras que con ocasión del nuevo empedrado que se está formando en la plaza principal de México, se hallaron en ella en el año de 1790, el sabio novohispano Antonio de León y Gama (1735-1802) relata:
Con ocasión… de haberse mandado por el gobierno que se igualase y empedrase la Plaza mayor, y que se hiciesen tarjeas para conducir las aguas por canales subterráneos; estando excavando… el mes de agosto del año inmediato de 1790 se encontró, a muy corta distancia de la superficie de la tierra, una estatua curiosamente labrada en piedra de extraña magnitud, que representa uno de los ídolos que adoraban los indios en tiempos de su gentilidad. Pocos meses habían pasado cuando se halló la otra piedra, mucho mayor de la que antecede, a corta distancia de ella… Sacadas ambas, se condujo la primera a la real universidad, y la segunda se mantuvo algún tiempo en el mismo lugar donde se halló [¡claro, pesa casi 25 toneladas!]; pero ya en su natural situación vertical, pudiendo así registrarse con facilidad todo lo que hay en ella gravado. Luego que yo la vi, quedé lleno de gusto, por haber hallado en ella testimonio fiel que comprobaba lo que a costa de tantos trabajos y estudio tenía escrito sobre el sistema de calendarios mexicanos…
Por la estatua desenterrada podemos conocer las facciones de Coatlicue, la mismísima mamá de Huitzilopochtli, el colibrí zurdo. En cambio, quizá el bello rostro de Giulia Farnese se haya perdido para siempre…, a menos de que, en efecto, tengan razón quienes suponen que es ella la joven que Rafael retrató (1505-1506) en un cuadro en el que se fusiló la composición de la Mona Lisa de Leonardo. La Coatlicue aparece representada con una falda de serpientes, la bella ragazza cargando un unicornio.

sábado, 2 de septiembre de 2017

El fin de la CDMX IV

En las postrimerías del siglo XVI, un tal Cristóbal del Castillo, vecino de la naciente ciudad novohispana de Temixtitan —como lo escribía Cortés—, apuntaba:
Ya hemos dicho de qué suerte se les hizo guerra a los mexicanos a quienes quitaron la vida los españoles, y que no hicieron aprecio de la ida de éstos, y sólo lo que decían era que se habían ido a Tlascala, no se supo si acaso fueron a hacer alguna guerra, y si solamente fueron a guerrear con el fin de amedrentar a las gentes para que los llamaran conquistadores; lo cierto es que no fueron en todas partes inmortales en la guerra: porque todos ciudadanos entraron juntos con ellos por causa del engaño de los mexicanos, porque este engaño lo tomaron todos los vecinos de los contornos para abandonar a los mexicanos cuando estaban los españoles en México. Ningunos ciudadanos los ayudaron a los mexicanos por causa del odio que les tenían.
El relato plantea la caída del Imperio Mexica como producto de una venganza de todos los pueblos aledaños. ¿Quién fue este relator? Adelantemos que no llegó con las huestes provenientes de España, y que, cuando nació, a Cristóbal del Castillo le debieron de haber puesto otro nombre, uno en náhuatl, su lengua materna. 

Tengo aquí una alhaja. Publicado en 1908 en la tipográfica de Salvador Landi, en Florencia, Italia, el libro ostenta un título grandilocuente que conviene transcribir: Fragmentos de la obra general sobre Historia de los Mexicanos escrita en lengua náuatl por Cristóbal del Castillo a finales del siglo XVI, y enseguida de una pleca, en la propia portada el crédito a quien debemos el rescate y la ocasión del tiraje: los tradujo al castellano Francisco del Paso y Troncoso / Director en misión del Museo Nacional de México / en homenaje al XVI Congreso Internacional de Americanistas / que se reunirá en Viena / del 9 al 14 de septiembre de 1908. Pese a su condición de vetusto, puedo pasar sus páginas sin apuro ni cuidados, porque mi ejemplar es una copia digital del que tiene resguardado la biblioteca de la Universidad de Texas en Austin. En su texto introductorio, don Francisco de Borja del Paso y Troncoso (1842-1916) afirma que, con certeza, sólo sabemos que el referido don Cristóbal falleció “octogenario” en 1606, y apoyándose en lo que antes ya había inducido otro erudito, Antonio de León y Gama (1735-1802), sostiene que “pudo ver la primera luz en 1519 o antes”. A partir de ello ya no es necesario darle mucha vuelta a la cuestión del origen étnico de Cristóbal del Castillo: Del Paso y Troncoso cree que quienes sostuvieron que el cronista fue mestizo —como el padre Clavigero— erraron, puesto que el personaje “fue indio de raza pura”. Si la cronología no fuera prueba suficiente, argumenta que basta considerar “la elegancia y pureza de la lengua mexicana escrita por Castillo”, y argumenta: “los mestizos, nacidos de madre india, se reputaban españoles mejor que indios, y si no abandonaban completamente la lengua materna, se explicaban más bien por la lengua del padre”. Ahora, si era indígena, ¿de dónde? ¿Tenochca? El mismo Cristóbal cuenta que “sus padres y abuelos eran tezcucanos”, aunque en una declaración suya que se conserva se llamó a sí mismo “historiador mexicano”. ¿Qué puede colegiarse? Del Paso y Troncoso propone: “todo se puede conciliar admitiendo que procediera de un connubio entre personas de una y otra ciudad [Texcoco y México-Tenochtitlán], o que, siendo tezcucanos los genitores, haya él nacido en la metrópoli mexicana”. Nativo de Texcoco o de la capital del Imperio Mexica, cuando se refiere a los mexicanos Cristóbal Castillo habla de un ellos y no de un nosotros, y se ocupa en dejar testimonio de que los pueblos vecinos les tenían harta ojeriza. Mientras que al final ya solamente peleaban los tlatelolcas codo a codo con los mexicas, el capitán Malinche traía como aliados a guerreros de Tlaxcala, Huexotzinco, Cholula, Chalco, Acolhuacán, Cuauhnáhuac, Cuitláhuac, Mizquic, Coyoacán, Culhuacán y Xochimilco, cuya fuerza naval fue crucial durante el sitio: “Por todos los rumbos nos cercaban los de Xochimilco en sus barcas” —rescata Miguel León Portilla del Códice Florentino en su Visión de los vencidos—. Con todo, el último tlatoani mexica, Cuauhtémoc, sería apresado por los españoles al menos junto a dos jerarcas indios, según puede leerse en la VII relación de Chimalpain: Oquiztzin, señor de Azcapotzalco, y Panitzin, señor de Ecatepec.


Actualmente Ecatepec es un municipio del Estado de México y Xochimilco una de las delegaciones de capital de la República; el primero se encuentra al norte del centro histórico de la Ciudad de México y la segunda al sur. La distancia que media entre ambas comarcas, unos 26 kilómetros, puede hoy transitarse, casi en línea recta, por el Eje 3 Oriente, el cual atraviesa de norte a sur el oriente de la mancha urbana de la Ciudad de México. En el septentrión, en la frontera con Ecatepec, comienza en la esquina de Ing. Eduardo Molina y Río de los Remedios. En el sur, en las inmediaciones de los embarcaderos de Xochimilco, en Cafetales esquina con Periférico Sur. En efecto, el Eje 3 Oriente va cambiando de nomenclatura: primero se llama Eduardo Molina, luego corre por un pequeño tramo de la calzada Ignacio Zaragoza, y luego, antes de convertirse en Avenida Arneses, después Cafetales, lleva el nombre de un gran estudioso del pasado prehispánico de este país: Francisco del Paso y Troncoso.